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LA VERDADERA HISTORIA DE CASTAÑITO, EL ILUSTRADO (II Parte)by Juanmaría G. Campal

Pintura de Miquel Barceló
I parte publicada: el 12 de abril 2023  en Masticadores España.   II parte.   No quiero que pienses que te apunté el desplante, Pablito, me dijo a más de un mes don Ramón en el patio de la fábrica pañera donde yo seguía yendo a esperar a padre por si lo hubieran bajado directamente al tajo, para destajos. A la esperanza del mucho trabajo se amarraba mi madre. No quiero que lo pienses, aunque estuvo mal. Delante de la gente, Pablito, cada uno en su sitio, que si no luego hay malos entenderes. Y ya ves que vuelven los ríos a sus cauces. Esto me lo decía dándome golpecitos en la cabeza, en la nuca. De ahí paso su mano al hombro para soltarme, para que veas que soy de bien, te he metido en la terna del festival de vísperas. Torearás el día siete, con otro de Salamanca y uno de Badajoz. Afánate, no me dejes mal, que habrá mucha autoridad. ¿Sabe si padre podrá estar para las fiestas, don Ramón?, me salió del alma. ¡Pablito! Que yo no me meto en política, hijo. Si se hubiera estado quieto y callado... Hubiese sido igual, pensé para mis adentros, oyéndole pero sin escucharle ya más. Agradecí con respeto y marché entre medio alegre y medio triste. Ya veía yo que la alegría de madre no sería completa.   Hasta el día, víspera de la Virgen, fui nervio puro. Torero del aire y de algún amigo que se prestó a cornúpeto. Madre preparó lo mejor que pudo un pantalón que quería ser campero. Un chaleco que del abuelo usara padre, y al que hubo de meterle de ancho y entallar, me campeó la figura. La camisa de fiestas relucía. De un vestido de mis hermanas se le acoplaron encajes de pechera. La gorra de padre, la de ferias, completaba la silla. No me quise ni probar nada hasta la hora, no me creyera y me creciese en falso.   Lloró madre, consolada de hijas, al verme salir para El Castañar. Si tu padre te viera, sollozaba. No agobies al chico, madre, que precisa de todo el sentido para enfrentarse bien y salir henchido, rezonglaron llorosas mis hermanas. Yo me hice el hombre, le lancé un beso, y rehusé el abrazo que el cuerpo me pedía. No hubo distancia. En nada estuvimos en la plaza, que aún sólo se habitaba de monos y civiles. Porque los amigos que había de meter de rondón no sobresaliesen, esperamos al mayoral bajo los castaños de la venta que hay pegando. Llegó en el coche de don Ramón, que también traía al nuevo alcalde. Nos acercamos. Traes tres, Pablito, se quejó el mayoral por mis amigos. Cuando ya humillaba yo incapaz de selección, me salvó don Ramón con su, es que pesa el Ilustrado, José, no seas pejiguera, deja a los chicos. Nos dejó. Entramos. Me tocó el tercero. Quise irme a ver al bicho, pero los amigos me lo impidieron, parlándome de costumbres y suertes. Paseé lo mejor que pude, la verdad, atolondrado. A los dos primeros los miré con atención, pero no los vi. Era todo como niebla, como que el bufar de los bichos alborotase las arenas. Me llegó la hora. ¡Madre mía, que esto es cierto! O levantaba la tarde o me hundía. En el pueblo de uno o es todo o es nada. No hay medias tientas. Salió el morlaco, todo fuerza, zaino, soberano. Él corriendo, yo mirando. Él creciendo, yo menguando. Hambre y miedo, miedo y hambre, me apretaron. No tanteé. Ni me acordé. Solté capa, y sin pensarlo, ¡bicho, bicho! Él arrancado, yo clavado. Yo sólo quiero burlarlo, que ya me veo embrocado. Y el capote se afarola, y no hay dolor en el cuerpo, y la plaza grita ¡ole! Me desenclavo y me enhilo, y cito, y espero, y viene, y acomete, y lance, y remate afarolado. ¡Ay! ¡Cómo sentí la paleta! No era yo. Era imposible. Ni al aire le había dado aquellos lances. Ni te muevas, me dijo el mayoral, estás en la querencia. Me recargué revolero, la verdad, pero es que el animal ni una sola vez me tardeó. Más pastueño que el tentado me salió. Cuando lo esperaba para otra verónica, oí: a cambiar, Pablito, a cambiar, no busques más. Debió de ser el mayoral. ¡Qué regalo de lance me hiciste, Sequito! ¡Qué regalo! Cómo aplaudía la plaza. Que fue entonces cuando la oí, que hasta ahí nada de nada. Cejé. Cambió el tercio. De garapullos y palitroques se encargaron los del salmantino, el único que se hacía acompañar. Casi hay hule con el que te pareó de sobaquillo por confiar al cuartear. Herido estabas ya y más noble me acudías. Me dejaste hacer bien hasta el nuevo sonar de clarín. Arrimé la capa al burladero, recogí la muleta. Estaba ciego. ¡Brinda, brinda! Me fui a la presidencia. Allí estaba el todo Béjar. Allí don Ramón. Allí la España nueva, la vieja. Don Ramón me enfrentó la mirada. Yo, por la distancia, sin desmerecer a la presidencia podía fijársela. Sabía que lo esperaba. Pero llevaba, memoria encendida, un fuego dentro que me quemaba. Me desgorré y lo más fuerte que pude grité, para que bien me oyesen más que nada: Buenas Tardes. Con su permiso, señor presidente, voy a brindar la muerte de su toro al pueblo. A los que llenan la plaza y a los que más me gustara, al maestro y a mi padre... y al alcalde y a todos los que hoy nos faltan. Hubo silencio. Todo silencio. Silencio y frío. Me di la media vuelta y me fui a centrar en la arena. ¡Ea, niño! ¡Así se habla!, se oyó alto y claro, pero como de tapado, y empezaron los aplausos y voceríos desde los tendidos, a los que, más por disimulo que por aprobación, se sumaron tarde los principales, que los cesaron pronto al ver la gorrilla arenarse con acierto. Me dispuse a la faena. Querencioso, Sequito, aguantabas lances de entretenimiento al resto de la terna y al mayoral, que así son las cosas de poca monta. Desde el mismo medio me hice contigo que, generoso, acudiste. A todos nos debió atacar la conciencia del brindis. A unos para mal, por el miedo. A otros para peor, por el poder ciego. Sucedí derechazos y naturales. Te dejabas ligar, noble, Sequito, que rematabas bien las series, tanto por trincherazos como por trincherillas. Te los dejabas dar templados. Oliendo engaño, sin tocar. Yo te lo dejaba puesto, para ligar, para que no aflojases en el deseo de alcance. ¡Ay, Sequito! Con qué lealtad pasabas cerca al cite sin desplazar. Justo hueco de cuartos traseros. No éramos toro y torero. Éramos toreo. Se me rompió el alma al aviso. Y me supiste avisado y me mandaste dos varetazos para cegarme el sentido y que no me complicase con la espada. Allá nos fuimos. Tú a tu querencia, yo a por el acero. Derechazo, natural y te quedaste, abreviando la eternidad, cuadrado. No hubo más aliño. Encampanaste, como diciendo, abrevia. Pensé el volapié. Humillaste. Tomaste engaño. Estoqueé. Embebido, me miraste. Doblaste. Tú a mis pies, muriéndote. Yo, soberbio, amándote, como sólo sabe hacerlo y sufrirlo un hombre, un torero. Temblabas. Temblaba. Tembló la plaza a nuestro temblor. Quedaste entero. Nada tuyo de lo que me pedían dieron los que podían. Sí hubo olés, aplausos, botas, flores y guapezas en la vuelta al ruedo que me pidieron y dieron ellos, los míos, los nuestros. Yo atolondrado, ciego de gloria, desmemoriado. Más de los que me trajeron a la plaza, me llevaron a casa. Mientras todos relataban, yo a madre abrazaba. No sé de dónde habían salido, pero había pastas y había vino. Aseado yo, tranquila madre, comenzaba a asentarse la casa cuando llegaron el mayoral y el matarife. Señora, buen torero nos ha dado, le dijo a madre don José, en tono y cadencia suficiente como para que mío fuera el presente, y cogió aquí la palabra el jifero que se había retrasado, digamos, Pablito, que te traigo lo que la plaza te ha dado. Abrió sobre la mesa una talega de saco que, amén de otras carnes, traía tus dos orejas, Sequito, y tu rabo. Volvió a escuchar madre lo ya antes relatado, pero con más acierto ahora, por ser de voz de maestrazgo. Al irse, en el abrazo, entre palmadas, me susurró don José, no festejes mucho hoy, Pablito, que tienen enfado. Y el matarife bromeó en alto, Pablito, mañana es otro día, a retirar temprano. Avisado, y aunque en la fiesta central habría triunfado, no me salí del barrio. Protestaron al principio los amigos, pero luego hubo agrado. Bebimos, cantamos, hubo silencios, hubo recuerdos, hubo rabias, retiramos. Era la noche, noche. Ciega la noche cuando llegaron. Redoble de motores, punteos de pasos, palmas para la puerta, ayes, silencios, miedos humanos. El agravio: ¡vamos, Castañito!, ¡ven a brindarnos”, ¡ven a ilustrarnos! Ventanas ciegas. Gritos silenciados. Camión repleto. Paseo de espanto. Yo tembloroso. A una de tus orejas, Sequito, agarrado. Carretera incierta, griterío de cánticos. Empujados. Agolpados. Insultados. Malas memorias, odios, cosas y casos no recordados. Ruido de órdenes. En el camino, refulgen estrellas de muerte, caos de disparos, que alumbran demonios azules de maldad encorreados. En la cuneta gritos, ayes, vivas. De rabia, de dolor, de vida... Ya no hay miedo. Ya la muerte se ha enseñoreado. Ya somos sólo carne amasijada. Rojo el rocío se espanta. ¡Ay, Sequito! Espérame, que ya viene... VIII Premio Club Taurino Mazzantini de relato taurino Llodio, 2001 y publicado en “Textos al aire”, Editorial Akron, narrativa, 2010.        

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1 Comments

  • Aunque en auxilio al lector haya tenido que asistirme del Cossío, a cites de pluma, en los medios me has puesto desde los primeros lances.
    Con el punto final: entre admiraciones y de cuatro letras. Contiene la eñe.
    ¡¡¡¡TO RE RO TO RE RO!!!!

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