Apenas recordaba el pasado mes de julio, fatídico verano relegado al olvido en su memoria.
Aquel angosto camino entre polvo y zarzales donde algunos hombres y mujeres o tal vez seres etéreos, pues nunca se identificaron, recogieron su cuerpo preso en un laberinto sin salida.
Ataviados de vestiduras blancas. portaban sendas espléndidas alas. Apenas alzaron la voz, hablaban con delicadeza y con cariñosos gestos, no dudaron en trasladarla a otro lugar.
Desnudaron su cuerpo enmarañado de zarzas convertidas en ensangrentadas heridas, donde hallaron un corazón magullado con profundas espinas incrustadas. Causaron inexorable dolor y sangre derramada a borbotones.
Sollozaba desconsolada ante constante dolor, deseaba irse con la muerte hacia un lugar desconocido donde sufrir no fuese prioridad.
Acomodada en la habitación del silencio aislada del mundo, reinaba la serenidad acunada por la calma, rodeada de encomiables cuidados. Se restableció lentamente de sus puntos de sutura y heridas que fueron cicatrizándose paulatinamente.
El latido perdido de su corazón cobró intensidad, adquirió fuerza a medida que su recuperación fue un hecho.
Desde entonces llevaba tatuada dos alas en su espalda. Homenaje a quien le prestó ayuda en difíciles condiciones.
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