Te conocí y, de pronto, mi pecho se convirtió en un incendio. No fue un encuentro, fue una colisión. Ahora sé que amar es que el alma vibre con una frecuencia salvaje, justo antes de que el primer roce nos reduzca a cenizas.
Cuando tu piel —áspera, cálida, electrizante— choca contra la mía, el mundo exterior se desintegra. Me pierdo en el relieve de tus músculos, en la forma en que tus manos, grandes y posesivas, reclaman la curva de mi cadera como si fuera un territorio conquistado. Siento el calor que emana de ti, una promesa de fuego que me obliga a arquearme, buscando fundirme en tu estructura, sin espacio para el aire entre nosotros.Te tengo frente a mí, y eres el eclipse que borra mi razón. Contigo la vergüenza es un concepto arcaico; mis prejuicios caen al suelo junto con mi ropa, dejando solo el deseo en estado puro. Me dejo arropar por tu pasión, esa que huele a deseo y a tormenta. No hay preguntas, porque tus ojos me responden con una urgencia que acelera mi pulso hasta el delirio.
Nos reconocemos en el sudor, en los gemidos ahogados y en esa libertad absoluta de ser, por fin, vulnerables y feroces al mismo tiempo. Aquí no hay miedos, solo la arquitectura de dos cuerpos que saben que nacieron para encajar a la perfección.
Cuando tu piel —áspera, cálida, electrizante— choca contra la mía, el mundo exterior se desintegra. Me pierdo en el relieve de tus músculos, en la forma en que tus manos, grandes y posesivas, reclaman la curva de mi cadera como si fuera un territorio conquistado. Siento el calor que emana de ti, una promesa de fuego que me obliga a arquearme, buscando fundirme en tu estructura, sin espacio para el aire entre nosotros.Te tengo frente a mí, y eres el eclipse que borra mi razón. Contigo la vergüenza es un concepto arcaico; mis prejuicios caen al suelo junto con mi ropa, dejando solo el deseo en estado puro. Me dejo arropar por tu pasión, esa que huele a deseo y a tormenta. No hay preguntas, porque tus ojos me responden con una urgencia que acelera mi pulso hasta el delirio.
Nos reconocemos en el sudor, en los gemidos ahogados y en esa libertad absoluta de ser, por fin, vulnerables y feroces al mismo tiempo. Aquí no hay miedos, solo la arquitectura de dos cuerpos que saben que nacieron para encajar a la perfección.
Sin secretos. Sin armaduras. Solo la verdad desnuda de dos seres que se devoran para sentirse vivos. Es un amor que no pide permiso, una entrega donde el sexo es el lenguaje y el placer es el altar. Quiero morir así, consumida por esta hoguera que hemos encendido, donde cada caricia es un verso y cada embestida es una confesión.
En este caos de sábanas y susurros, me doy cuenta de que no hace falta nada más: lo tengo todo mientras te tenga ardiendo dentro de mí.
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