viernes, julio 3 2026

CONSTANTINO by Antonio Toribios

8 de diciembre.

Constantino era futbolista y tornero. La afición local le conocía por Tate y en el taller le llamaban Tino. Sin embargo, Sabina, su madre, se refería siempre a él como Constante, fundiendo así vocativo y epíteto, como solo una madre sabe hacer sin necesidad de estudiar morfosintaxis.

Y es que si hubiera que asignar a Tate una virtud, esta sería la constancia. A pesar de su corta talla, era uno de esos futbolistas voluntariosos que sudan la camiseta, intentan regates imposibles y roban balones aun a los contrarios más voluminosos, con riesgo para su integridad.

No era menos constante Tino en el campo de la fresa, siendo sus piezas las más apreciadas por su perfección y preciso acabado; “verdaderas obras de arte”, a decir de Sofronio, el encargado.

Así transcurrió durante años la vida de Constante; entre el chirriante ruido de las máquinas, los días de labor, y las imprecaciones del público los domingos, en embarrados campos de tercera regional. Fuera de esto, dividía su tiempo entre entrenamientos y atenciones para con su madre, lo que no le dejaba mucho espacio para el amor carnal. Conoció a una tal Hidra en un guateque y a una Inmaculada en un cursillo de cristiandad, pero sus caracteres tan antagónicos lo desanimaron de seguir buscando entre el amplio abanico intermedio.

La muerte de Sabina deja a Constante desarbolado. Tate languidece al compás de su decadencia física. El primor de Tino acaba en el sumidero de la regulación de empleo. Constante se encierra entonces en casa y apenas sí se le ve comprando libros y material de escritura en la papelería del barrio. Muchos especulan con que dedicó sus últimos años a escribir unas memorias extremadamente detalladas. Otros hablan de una novela río que habría de desbancar a los mayores hitos del género. Nunca lo sabremos con certeza, pues jamás se ha encontrado vestigio alguno.


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