domingo, julio 5 2026

HERENCIAS by José Luís Serrano Cantarín

“Debajo de todos estos papeles, dicen que existe una mesa” decía, bueno: me decía mi abuela cada vez que entraba en lo que fue el despacho de un médico rural –su marido- y que en aquel ahora ocupaba yo con toda la carga semántica de verbo. A veces me he vestido de santa indignación cuando alguien me ha llamado desordenado y le he respondido “¿acaso está al tanto vuesa merced de cuantos modos de orden pueden usarse? ¿me dirá, por favor, qué presunciones asisten a vuecencia para afirmar que incumplo el que aquí impera? …  “vete a hacer puñetas” sin vuesa merced ni nada es la respuesta más recibida como seguro que ya habrás imaginado.

Sí. Lo soy. Convencionalmente hablando lo soy pero a nadie daño si no es a mí cuando pierdo tiempo buscando algo. Y no sé si tenéis razón, al menos no os la discutiré pero es que soy así. Está en mi índole y, sin préstamos, pago el peaje.

Ahora mismo, si os describo mi mesa (que sigue siendo la de mi abuelo, nadie me discutió la propiedad, me la quedé y la uso) os diré que hay dos pantallas de un mismo ordenador que es con el que trabajo más otra que pertenece a un segundo aparato donde ya sólo quedan películas y música. Dos teclados que a veces confundo y pulso en uno lo que quiero ejecutar en el otro: no funciona, nunca funciona. Hay un bote con canillas de hilo y agujas porque me acabo -ayer- de reparar un pantalón, un Dremel con broca de medio milímetro, dos cuadernos con apuntes, un gráfico con acordes para piano, un par de partituras, tres motorcillos de los que uso en las maquetas, la taza –vacía por poco tiempo- del café, el dispensador de Netreen que ya sé que es una marca pero si escribo edulcorante de aspartamo voy  quedar como un redicho presuntuoso. El inventario continúa con un frasco de agua oxigenada que tiene, a modo de collar, un rollo de cinta de carrocero, un bote de tres en uno, un destornillador, la calculadora y una lupa de buen aumento. ¿Nombré el teléfono? También está además de un grabador portátil. Y la última adquisición:  entre el bajo de la primera balda y la parte alta de una de las pantallas he puesto una tabla con ranuras donde albergar lapiceros, bolis y, en las más anchas, los rotufosforitos: Me lo he hecho por hartazgo de lápices errantes o puede que para dedicárselo al próximo que me llame desordenado, que todo es posible. Item más: Como no tengo almohadilla, y Dios me libre de tan ominosa presencia, los ratones de ambos ordenadores circulan sobre un periódico –de hace un mes o así- que cambio cuando pierde eficacia.

A la derecha casi que prefiero no mirar pero allá va: sobre la silla a juego con la mesa –y no la uso- hay una caja con libros que aún no he entregado, una bolsa de pan de molde, otra con nueces y avellanas, un par de latas de atún y como medio kilo de mandarinas.

Si levanto la vista,  una estantería justo encima de las pantallas, donde he colocado (sí, colocado, ubicado, emplazado, dispuesto) lo que necesito con más frecuencia: los dos tomos de la edición 2001 del Drae, amén de otros diccionarios temáticos –incluido el Diccionario de diablo de Bierce, dos manuales de gramática además de una de francés y su correspondiente diccionario.  El Gran diccionario múltiple de citas, que tanto me ayudó cuando escribía los discursos de aquel… de aquel. Y otro más: el de sinónimos y antónimos, tan consultado. Completa el bodegón un corcho donde dejo notas, post-it, papelitos con adhesivo ligero para dejar mensajes quiero decir y similares, pero ahí rige otro orden.

Os ahorraré la descripción del paisaje al salir de la estancia entre otras cosas porque es una habitación a medio construir. Tendrá algunos muebles buenos (que me estoy haciendo) una cama  escamoteable y un armario que no lo parecerá donde ahora sólo guardo la guitarra en su estuche. He construido un mueble con tablero abatible  sobre el que aparece el piano electrónico que me compré hace un par de años y del que ya, sudor mediante, empiezo a disfrutar. Queda un espacio reservado a un mueble con vitrina que fue de mis abuelos y traeré en su momento para que albergue esas cosas que, por mor del tiempo, sin otra honra conocida que el simple permanecer, han mutado en entrañable objeto.

No puedo saber a qué obedece semejante comportamiento ordenatorio por mi parte. No hay, hasta donde saber he podido, antecedentes familiares en tal modo de acomodar la heterogénea pléyade de objetos de que me auxilio en mis necesidades. Ningún pariente estudioso de genealogías me ha informado de antecesor alguno de quien pudiera haber heredado la costumbre o la predisposición al menos. Médicos, militares, administradores… todos ellos provistos de facultades para el orden convencional (el normal, vamos, el práctico) de sus cosas.

Claro que vaya usted a saber. Me ha venido a la memoria un profesor agustino de apellido eslavo que, aunque no me dio clase, alcancé a ver por los pasillos  y hacia quien el  cuadro docente al completo manifestaba admiración por sus saberes y aficiones y ponderaban como mérito que entrar en sus estancias era toda una experiencia porque junto a libros abiertos de sabios de la antigüedad, cuadernos con notas sobre los mismos, algunos blocks de dibujo, una acuarela reciente y un violín a medio hacer, podíase ver alguno terminado en su vitrina además de partituras para el instrumento y otras de gregoriano… Y no digo yo qué, pero a saber si tal cúmulo de virtudes, a ojos de mentores y su prédica, no se constituyeron en modelo a seguir y adeude yo el orden de mis posesiones a tanto elogio de aquel cosmos por parte de mis instructores. Y es que uno recibe insospechadas herencias de imposible renuncia. Al menos no están sujetas a tributo dinerario, que no sé qué es peor.

Enedelá:  Hasta este texto no había usado la posibilidad de dejar un texto  cruzado con una raya para tacharlo. Es más, pensaba que quién puede necesitar, para qué… ya ves tú.


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