domingo, julio 5 2026

EL MONO QUE HAY EN MÍ by Esther Bajo

Dice el antropólogo Bermúdez de Castro, que para ser monos, somos bastante pacíficos: “Juntas a gente que no se conoce, que no son del mismo grupo ni familia y nos llevamos bien todos. Hay violencia, sí, pero lo normal es la tolerancia. Si viniéramos de los ángeles, esto sería una mierda, pero ¡venimos del mono!”. Él lo achaca a que, al contrario de lo que decía Darwin, en nuestra especie no son los machos los que compiten por llevarse a la más guapa, sino que son las hembras las que eligen y eligen a los más pacíficos para que no les den un guantazo a sus hijos (eso lo digo yo, pero su teoría es más o menos así). Esa “autodomesticación” (yo lo llamaría civilización) nos hace un poco más tontos –“Las especies domésticas tienen menos cerebro que sus antepasados salvajes; un perro, por ejemplo, tiene mucho menos cerebro que un lobo”-, pero más tranquilos. “En Atapuerca –explica- hemos visto que ha habido violencia para aburrir. Pero hemos conseguido suprimirla dentro del grupo. Y, sin embargo, somos muy excluyentes con otros grupos. En Atapuerca tenemos las dos caras de la moneda: tenemos cuidados, cariño, tolerancia, cooperación dentro del grupo y lucha a muerte, asesinato y canibalismo con los otros grupos”. Ése, al parecer, es el retrato de nuestra especie y temo que podremos constatarlo en las próximas Elecciones Europeas, que se están planteando como un plebiscito sobre: ¿echamos a los extranjeros, a los que no son de nuestro grupo, aunque eso sea condenarlos a la miseria, la persecución o la muerte? Me pregunto si es eso, quizá, lo que llaman “identidad” y necesidad de “preservar nuestra identidad”: comportarnos como los monos que fuimos.

Leyendo estos días la prensa pienso, más que nunca, que nos falta dar ese paso adelante en la evolución en la que consigamos, no sólo ser respetuosos con los miembros de nuestro propio grupo, sino con los grupos ajenos. Las relaciones internacionales se formulan en términos de partidos de fútbol: no se piensa en la paz, sino en la victoria; se apela al orgullo y al resentimiento como razones de Estado, no a la lógica. Mucho se ha escrito sobre que los alemanes dieron su apoyo a Hitler porque se sentían humillados por las condiciones que les impusieron los aliados tras la II Guerra Mundial. Ahora, en Rusia, Putin masacra Ucrania apelando a la humillación que supuso el derrumbe de la Unión Soviética, lo que hace pensar que no sólo se conformaría con “recuperar” Ucrania. Israel justifica un genocidio de extrema crueldad contra el pueblo palestino porque el ataque sorpresa de Hamas fue “una de las mayores humillaciones de nuestra historia” para un país que se jactaba de sus armas y su servicio de espionaje. Así que esto es cuestión de orgullo: se identifica un agravio sobre el que hay que salvar al grupo (patria, raza o clase social), se persuade a la gente de que puede ganar para mantener su moral alta y la victoria (nunca la paz) se convierte en el único objetivo, el que hay que conseguir cueste lo que cueste, cueste las vidas que cuesten. Si la victoria tarda en llegar y crece el desinterés, se prende un nuevo fuego que lo reavive y haga de nuevo rugir a la hinchada.

Incluso las alianzas se hacen con fines belicosos: Rusia-Irán-Siria-Corea; la OTAN y sus nuevos miembros, los BRICS (China, Brasil, India, Sudáfrica). Estados Unidos va por libre: como miembro más destacado de la OTAN, en principio está del lado de Europa (cada vez más irrelevante, gracias, sobre todo, a la demoledora campaña antieuropea de la ultraderecha), pero si gana Trump… bueno, al menos según Galbraith, “los republicanos quieren que gane Putin. Consideran que la crueldad y la represión del régimen de Putin son características admirables que Estados Unidos debería emular. Apoyan a un aprendiz de dictador en el país y simpatizan con dictadores de verdad en el extranjero”. Y luego están los mercenarios, que en algunos casos, como el tristemente famoso Grupo Wagner y sus empresas asociadas, son ya auténticos Estados “nacidos para matar”, con dos armas: las armas de guerra y las de manipulación masiva; es decir, la llamada guerra híbrida. Por un lado, miles de mercenarios saquean el continente africano mientras otros miles se dedican a crear noticias falsas (el propio Ywvgeny Prigozhin lo reconoció a Der Spiegel y se atribuyó haber llevado a Trump a la Casa Blanca). El sistema de desinformación es el siguiente: los falsos opinadores retuitean durante un tiempo mensajes de grandes empresas mediáticas que les den apariencia de seriedad y van, al tiempo, lanzando mensajes al servicio de sus clientes, hasta que un número elevado de personas ya no es capaz de distinguir entre realidad y falsedad y el déspota de turno puede fácilmente difundir sus mensajes.

A menudo les digo a mis hijas que tenemos suerte por ser una generación que no ha conocido la guerra. Lo cierto es que ya no pongo la mano en el fuego ni por ellas ni por mi nieto. Mi generación, que ha vivido la caída del muro de Berlín, la reunificación europea, los atentados del 11 de septiembre y del 11 de marzo, las décadas de guerra en Irak y Afganistán, la mayor crisis financiera conocida, la pandemia del coronavirus… ve ahora, con sorpresa y espanto, la guerra en un país europeo, la llegada al propio corazón de Europa de la llamada Internacional Autoritaria y las amenazas que, cada día, lanza Rusia. Es hora de reflexionar seriamente sobre la necesidad de paz, que no de victoria; o de reflexionar, y punto.

Volviendo a la ciencia, parece que nuestra especie ha evolucionado gracias a los trozos de ADN perdidos; que es la información genética que se ha ido perdiendo la que nos ha servido para regular el sistema neurológico y la cognición, concretamente 10.032 piezas de ADN. Confiemos en que nuestro genoma siga desprendiéndose de esos trocitos que nos distancian de los monos.

Esther Bajo


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