miércoles, mayo 13 2026

VOCABULARIO FLUIDO by Francisco Javier Fernández

Abrí el grifo y dejé que las palabras fluyeran antes comenzar a embeberme de ellas. El mando estaba en la posición de frío, pero pronto vi que el léxico acumulado en su cañería nada tenía que ver con la baja temperatura.

Las primeras en salir fueron: arda, arde,  arder, ardiente, ardor… Dejé fluir el liquido elemento esperando que atempera saliera girando como si descendiera una escalera de caracol. Cuando llegó el primer vocablo con la letra b, supe que era el momento de colocar el vaso bajo el chorro. Unos segundos y la acristalada vasija se llenó de expresiones. Estaba: baalita, baba, babel, bable, bacán, bacana, bacanal,  baceta, badila…y muchas otras más hasta llegar a bambú.

 Feliz miré aquel mar de sabiduría constreñido en un minúsculo espacio. Cuando me percaté que dos extraños términos flotaban en aquella alfabética organización: barítono y repanocha.

El primero me sorprendió, no por estar allí, lejos del normal fluir de palabras ordenadas, sino porque me preguntaba en qué raro momento un vórtice o borbotón lo había lanzado fuera de su lugar, mezclándolo con los primeros vocablos de la b. Pero el segundo, que flotaba en el centro del vaso sin interaccionar con el resto, libre de cualquier fuerza gravitatoria, era el gran enigma de la sabiduría acumulada.

Durante unos segundos, minutos, estuve observando aquella locución libre y radical. Quería ver  cómo se comportaba, si su densidad le llevaba hacia la superficie o le hundía al fondo o si tenía voluntad propia y tomaba sus decisiones ajeno al discurrir normal del diccionario del que había salido.

Pronto saqué tres conclusiones: la primera, que su movimiento era de arriba abajo; la segunda, que no era rítmico, ya que si en él encontraba otra palabra flotando en su camino, lo detenía y luego continuaba; y por último, que paraba siempre unos instantes en la superficie, como un gran mamífero marino que necesitase de aire para vivir en su medio.

Ante esta anormalidad, pensé en cogerlo con una cuchara en el momento de su necesaria inspiración, meterlo en un recipiente y luego llevarlo al depósito de donde había venido. Aunque luego recapacité, al ver que existía el riesgo de retirar con él otras palabras, ya que en ese punto era donde más densidad de vocabulario había, que hacía que repanocha tuviese a veces grandes dificultades para tomar su ración de oxigeno, y pillar en un descuido a bacetao babatel que tanta atención levantaban en mí.

También se me ocurrió ir tomando sorbo a sorbo, desde la superficie, la sopa letras que había, o ponerla en un plato y cucharada a cucharada ir segregando a la anarquista, pero aquello lo visualizaba como eterno y yo estaba ansioso por saciar mi sed de conocimientos.

Decidí hacer lo que tenía en mente desde el momento en que abría el grifo y con gran dolor por mi parte, ya que esto significaba el fin de la aventura equinoccial del Lope de Aguirre del léxico, de un solo golpe de muñeca consumir en mi boca todo el líquido.

Durante un segundo sentí en mi lengua el sabor dulce de la sabiduría, luego tragué lentamente y finalmente, fue la repanocha.


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