La loca del muñeco— By Aida S. González

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Para algunos era la loca del muñeco
Para los que le tenían un poco de afecto era Chabelita
Y es que Isabel reunía algunos síntomas de lo que la gente considera locura:
no le importaba lo que dijeran de ella, era tanta su indiferencia que parecía que ni se daba cuenta de lo que murmuraban. No hablaba con nadie, ni los veía tampoco.
Y por si eso fuera poco, caminaba vestida de gala y en tacones por las calles con una muñeca de trapo apretujada en el pecho.
Exageré cuando dije que no hablaba ni veía a nadie, sí hablaba con su muñeca y la veía, pero solo a ella, no tenía ojos para nada más.
Un buen samaritano se la había puesto en las manos en el momento justo y preciso, a partir de ese  día  fue solamente la loca del muñeco; tranquila y apacible…inofensiva.
Treinta y seis años atrás las cosas se veían distintas. Isabel era una joven hermosa, recién casada con un hombre trece años mayor, ella estaba enamorada, él… él estaba orgulloso de tener una mujer joven y bonita. Aunque no resultó ser lo que ella esperaba, al menos no la golpeaba; no era cariñoso ni atento, pero no la maltrataba  ni se acostaba con otras mujeres; eso se decía cuando la desolación la asediaba.
Del trabajo se iba para la casa y de la casa al trabajo. Bebía con los amigos todos los fines de semana, pero al menos lo hacía en la casa, no se iba de parranda. La culpaba por no tener hijos, pero la aceptaba así, a medias, media mujer, aunque el quería hijos,  se conformaba.
Él decidía que ropa podía usar, él mismo le compraba los vestidos, le gustaba verla elegante siempre y no era juego, se ponía de mal humor si la veía guandaja y le gritaba, luego se metía en un hermetismo que a ella le dolía mucho, por eso cada mañana se peinaba, se maquillaba y se ponía lindos vestidos para que él la viera bonita, incluso antes de irse a trabajar …siempre bonita.
Los sábados que llegaban los amigos ella usaba vestidos provocativos, y tacones altos, así lo deseaba él y ella obedecía, servía las botanas y las bebidas, limpiaba el desorden que ya pasados de copas pudieran hacer. Hasta que no quedara ninguno ella podía irse a descansar. Era la vida que le había tocado vivir y ella lo aceptaba, además lo amaba profundamente. No se podía decir que era infeliz, pero tampoco feliz, aún cuando el hecho de no poder ser madre, de no poder darle un hijo a su marido la trastornaba.
En las horas en que la iglesia estaba sola, Isabel visitaba a la Virgen para pedirle un hijo, para que intercediera por ella ante Dios y por compasión le diera un hijo, era todo lo que pedía.  Diez años de visitas constantes a la iglesia  y cientos de veladoras, al fin sus rezos fueron escuchados. Nació Lucia, una preciosa niña sana y regordeta. Con torta bajo el brazo, él estaba tan feliz que canceló las juergas los fines de semana, la nena necesitaba tranquilidad, todo lo que fuera por ella era poco, se desvivía tanto por ella que le había dado tregua a su mujer, ya podía dejar de usar tacones, ya podía dedicarse a la niña más que a él, hasta le perdonaba si no estaba la cena a tiempo. Era tanta la felicidad que a Isabel le entraban miedos nocturnos, miedos inútiles  que ella espantaba con rezos y veladoras, luego entonces podía dormir.
Faltaban tres días para que Lucia  cumpliera seis meses cuando despertó con fiebre muy alta, los doctores dijeron que era meningitis, no daban muchas esperanzas y la pequeña murió ese mismo día.
Él salió del hospital sin decir nada, salió del pueblo y desapareció, como si nunca hubiera existido, a ella se la llevaron sus padres a vivir con ellos, con su mente nublada por el dolor, no había lugar para la razón en su cerebro.  Perdida en la inconsciencia se aferraba a la muñeca que para calmar los gritos espantosos de dolor que amenazaban con reventar su garganta, le pusieron en sus manos y le hicieron creer que era su hija y ella quiso con el alma creerlo y así fue como al fin pudo sosegarse.
Cada mañana que su mamá la llamaba para almorzar, ella llagaba al comedor con Lucia en brazos. Vestida  elegantemente, en tacones y maquillada, pedía que pusieran un plato para él, porque llegaría en cualquier momento. Se volvió una rutina, un ritual, el plato vacío en la mesa, y ella esperándolo vestida con su mejor ropa. Hablaba con su pequeña de su padre, de lo importante que era estar bonitas  cuando llegara del trabajo y la mecía en sus brazos sentada en su silla.

Los años pasaron por su cuerpo, pero no fue así con su mente. Y cuando estaba por cumplir los sesenta y tantos, tocaron a la puerta… era él…viejo, cansado, acabado, irreconocible, apenas podía sostenerse por si solo, suplicó verla, por última vez, era un deseo de un desahuciado, solo por eso lo dejaron entrar, no podían negarle el último deseo a un moribundo. Se arrodilló en frente de ella y le suplicó perdón, ella negaba conocerlo, el lloraba como un niño mientras le suplicaba recordarlo – no se quien es usted – le dijo- váyase de mi casa, yo no lo conozco- apretaba con fuerza a su muñeca y lo veía con fría indiferencia. Fueron inútiles todos sus ruegos, todo el esfuerzo por él por hacerla recordar, ella seguía repitiendo que no lo conocía. Retrocedió  para su recámara, balbuceó una disculpa, su hija estaba cansada y tenía que dormirla, le dio la espalda y lo dejó ahí, de rodillas, con la cara hundida en su pecho, más muerto que vivo.
A la mañana siguiente como todas las mañanas a la hora del almuerzo, llegó Isabel con Lucia en brazos, vestía aún su ropa de dormir, su pelo desordenado y su cara al natural, arrastrando las pantuflas se sentó a comer sin pedir el plato de comida para él. Más tarde salió descalza a pasear a su hija.  Y como todos los días se sentó en su silla y le cantó canciones de cuna.
Y a partir de ese día nunca más volvió a mencionarlo.

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Ha publicado en los blogs de El País, Le Monde, Clarín. Ha editado 16 libros disponibles en Amazon y otras plataformas.

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