¡Detente, instante!
Esther Bajo
“Vivo y no sé hasta cuándo. Moriré y no sé cuándo. Voy, pero no sé hacia dónde. Me maravilla estar tan alegre”. Se trata de una anotación que dejó en la cubierta de un libro el clérigo Martinus Von Biberach, allá por el siglo XV. El aguafiestas de Lutero le dio la vuelta en un sermón: “Vivo hasta que Dios quiera, moriré cuando Dios quiera, voy y sé perfectamente dónde. Me pregunto por qué estoy triste”. Pero me quedo, claramente, con la versión original. Ese lúcido clérigo, del que poco se sabe, sabía muchísimo. Sabía, por ejemplo, que la alegría no procede de lo ajeno a uno mismo y es lo único que puede compensar la incertidumbre del vivir y la conciencia de ser mortal.
La alegría, como la felicidad, no es algo que dependa de los demás ni pueda imponerse, cosa que a la industria le importa un pimiento, pues la ha convertido en su mejor baza mercantil. Los políticos intentan vender libertad, entendida ésta de muy diferentes maneras porque, tramposamente, evitan añadir el “de…” y es muy diferente, por ejemplo, la libertad de expresión que la libertad de mercado, la libertad de prosperar socialmente en condiciones de igualdad de oportunidades que la libertad de tomarse una cerveza en una terraza. El Mercado, sin embargo, apuesta por la felicidad, convertida en un falso reclamo publicitario. No hay anuncio –desde el niño que juega con un horrible muñeco de plástico hasta el anciano que invierte sus ahorros pasando por el joven que bebe un refresco- que no parezca exultante. Pero, claro, no hay que confundir la alegría con la risa forzada ni la felicidad con lo que el pensador Jorge de los Santos, muy acertadamente, llama “maniaca euforia” y que no es sino un subidón efímero pero que despierta nuestra avidez, como el glutamato monosódico nos proporciona un sabor tan intenso –comamos la basura que comamos- que nos obligará a repetir hasta la adicción. El motivo, supongo, es que los agentes del Mercado lo que buscan es su propia felicidad haciéndose ricos a nuestra costa y es un consuelo pensar que tampoco lo conseguirán, aunque, eso sí, gozarán de mejor salud porque comen más sano.
Lo más que puede venderse para combatir la tristeza es un consuelo. Antiguamente, era el alcohol. En la Edad Media –por poner de ejemplo un tiempo especialmente aciago para la mayor parte de los seres humanos-, las borracheras debían de ser continuas, a juzgar por una de las canciones de la obra Carmina Burana compuesta por Carl Orff, basadas en antiguos cantos medievales hallados en un monasterio bávaro: “Bebe la patrona, bebe el patrón, / bebe el soldado, bebe el cura, / éste bebe, aquélla bebe, / bebe el esclavo con la sirvienta, / bebe el diligente, bebe el perezoso, / bebe el blanco, bebe el negro, / bebe el constante, bebe el veleta, / bebe el loco, bebe el sabio. / Beben el pobre y el enfermo, / el desterrado y el forastero, / bebe el niño, bebe el viejo, / bebe el obispo, bebe el decano, / bebe la hermana, / bebe el hermano, / la vieja bebe, la madre bebe, / beben cientos, beben miles. / Vuelan seiscientas monedas / cuando todos beben sin freno / y alegran su espíritu. / Que se vayan al diablo / quienes nos critican / y que no encuentren sitio / entre los justos”.
Como empedernida abstemia, desconozco el consuelo que el alcohol ofrece y a él, actualmente, habría que añadirle multitud de otras sustancias. Pero también son consuelos efímeros que además de no compensar la tristeza de la existencia, la acorta considerablemente. Con todo, la felicidad como producto comercial es probablemente aún más perniciosa, porque nos aboca indefectiblemente a la ansiedad y ésta, claro está, a la infelicidad.

De ningún modo pretendo definir la felicidad ni mucho menos aportar una fórmula para conseguirla… ni para vender algo ni gratis. De todos modos, si uno se interna en Internet buscando la forma de ser feliz llega a la conclusión de que quien no es feliz es porque se niega a leer, porque son incontables los libros que dan la receta. Personalmente, sólo he pensado en ello en la época más infeliz de cualquier ser humano, la adolescencia, y algo ayudó uno de los libros de referencia de mi generación en esa difícil etapa: “Siddhartha”, de Hermann Hesse, que, siguiendo el camino del joven hijo de un brahmán que abandona su hogar, llega más o menos a la conclusión de que lo que importa es el camino. De adulta, leí “El amor es la felicidad del mundo”, de D.H. Lawrence –de quien reconozco que no he leído “El amante de lady Chatterley-, no buscando la clave de la felicidad sino porque me chocó que escribiera sobre ella un autor cuyo padre era un borracho y cuya adorada madre murió tempranamente de cáncer, con su hijo al lado ayudándola a morir con una sobredosis de somníferos; también me gustó mucho que en el índice se incluyera una de mis palabras favoritas, “cabal” –mi blog se llama Club de cabales- y me encontré de nuevo esa idea del camino. En su opinión, el amor –resumo- es la felicidad del mundo, pero la felicidad no es todo lo que nos colma. El amor es una confluencia, pero no puede haber confluencia sin la correspondiente separación, de modo que el amor “es, en puridad, un viaje”.
Abundando en la idea, leí a Joseph Campbell, probablemente el más conocido mitógrafo, quien describe los mitos como los verdaderos caminos a la felicidad. Lectora de casi todos los libros de Konrad Lorenz, también él afirma que la felicidad consiste en disfrutar del camino, valorando las pequeñas cosas, pero creo que el libro en el que he “aprendido” más sobre la felicidad –siempre evitando, como puede verse, la Psicología-, es un libro sobre la muerte, concretamente “Bailando sobre la tumba”, de Nigel Barley, el autor del divertidísimo libro “El antropólogo inocente”, viendo la alucinante variedad de reacciones del ser humano ante la muerte en diferentes culturas, y he de decir que comerse el cadáver de la persona amada no es la más extraña y celebrar una orgía no es la más alegre.

Sea la felicidad un camino hacia adelante, hacia adentro o desde dentro, yo creo que la alegría no está tanto en el camino ni en el fin, sino en el tiempo y vuelvo a Jorge de los Santos para entender la ansiedad a la que los vendedores de felicidad nos abocan. Como él señala, nuestra especie pasó unos dos millones y medio de años haciendo, cada día, prácticamente lo mismo y sólo hace poco más de doscientos años la Revolución Industrial convirtió la aceleración en paradigma. Pero es que hoy esa aceleración se nos ha ido de las manos; todo pasa tan deprisa que no hay tiempo para adaptarnos y no hay tiempo, sobre todo, para aprender nada –porque aprender incluye reflexión- y mucho menos para enseñárselo a las siguientes generaciones. Termino con su aguda conclusión: “El progreso no es la cantidad de cosas que podemos hacer por minuto, sino los minutos que podemos emplear en saber lo que hacemos. El alma no la entrega al diablo la Modernidad cuando suspende la aceleración pronunciando Fausto aquello de ‘Detente instante, eres tan bello’, sino cuando por la aceleración está dispuesto a entregar su alma. No nos condenamos por detenernos, nos condenamos por pactar el no poder detenernos”.
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