Aletargado está el camino,
ausente de risas de niños
y de caricias de mujer.
Ausente la tarde silenciosa
y el toque de campanas.
Ya no hay niños en la plaza
ni pupitres desgastados.
El río se desliza silente
sobre piedras milenarias.
Ya no hay muchachas
remojando los pies en la orilla,
ni jóvenes cortejándolas.
Ya no quedan huertos que asaltar
ni vestidos de comunión.
Hasta el coro guarda silencio.
Mientras, el cielo se escurre suavemente
por temor a equivocarse.
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