sábado, mayo 2 2026

35 años a 3050 metros by Rafalé Guadalmedina

Los 35 años me han pillado a 3050 metros de altura. Supongo que ha sido un remanente de la crisis de la paternidad o bien un anticipo de la de los cuarenta. Una de las tantas huidas hacia delante que emprendo sin cuestionar hacia dónde. La historia es que hace un par de meses, mientras pedaleaba por las rampas que encierran Granada, me propuse enrolarme en la subida cicloturista al Veleta, segundo pico más alto de la Península y la meta de una ruta ciclista más alta de Europa. Pregunté al médico si estaba en condiciones físicas y este me apuntó que no tendría problema con un mínimo de entrenamiento. No obstante, se mostró menos optimista con el aspecto psicológico, advirtiéndome de que la crisis de identidad no tenía cura.

Así pues junté un puñados de domingos para madrugar y ausentarme de casa tres o cuatro horas. La rutina era superar los 2000 metros, no desfallecer en los 2500, alimentar las reservas con pasas y ciruelas y mantener el equilibrio en el vertiginoso descenso a casa. También añadí a la preparación una renuncia voluntaria al alcohol y una dieta liviana. Diez días de moderación, tampoco hay que renunciar a la vida.

Por fin este domingo y, con la nueva edad a punto de alcanzarme, pedaleé sin mirar atrás, rodeado de centenares de maillots que anunciaban Abogados Paco Pepe, Autoescuelas Pili Larrecia o Maderas Quick Step. Supongo que también tendrían sus motivos para huir, pero en la carrera solo se resopla y se intercambia un «Vas bajo de sillín», «Ahora viene un descansillo» o «Venga, ánimo que os quedan cuatro recurvas», que nos disparaban los que habían terminado y regresaban con aires de suficiencia. Mi familia me insufló ánimos en varias curvas y me permitió contentarme con que al menos la tontería era compartida. En poco más de tres horas coroné el Veleta, donde nos esperaba una ventolera poco amigable. La sensación de que era el rey del mundo me duró cinco minutos. Tanto como divisé a decenas de reyes y reinas del mundo, exultantes por haber guiado a sus cacharros de dos ruedas —algunos tan ostentosos como un vehículo de cuatro— hasta el fin de los caminos. Me hice un par de selfis degustando una combinación de isotónica de melón y una barrita energética con una pinta inmejorable si eres un loro al que tu amo no te tiene mucho aprecio. En el descenso me entristeció pensar que ya no tendría excusa para ausentarme de casa, comprobé que no había reducido ni un ápice de la podredumbre con la que me subí a la bicicleta y constaté mi embrutecimiento por tener pensamientos de pillar una bicicleta más ligera, con un desarrollo superior o un sillín de los que masajea la próstata a ritmo de Marc Anthony. Decepcionado por comprobar que donde había una meta a 3050 metros en realidad se encontraba una nueva muestra de este inmenso sinsentido, pero aliviado de que al menos este tiene paradas divertidas.

En cualquier caso, la nueva edad no ha mermado mi carácter radicalmente optimista: todo podría ser mucho peor. De hecho, estoy convencido de que los bochornos que hoy les relato serán motivo de orgullo en el futuro. Solo queda pedalear aunque no exista meta ni final.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo