lunes, mayo 4 2026

El peligro kosovar by Domingo Alberto Martínez

La Lumi enciende el butano. La casa es pequeña y vieja, de las de renta limitada, un poco como ella, limitada por la acumulación de fatiga y el dolor de las articulaciones. «Demasiado kilometraje», se justifica con una sonrisa traviesa. Echa mano al bolsillo del delantal, pero, ¿dónde lo ha? Mira a un lado y al otro, en el frutero, sobre el frigo. No aparece por ningún sitio. Ah, calla. Pasa a la salita. Ahí lo tiene, ¡dichosa cabeza! En la mesa, sobre el paquete de tabaco con el lema fumar mata en negrita y mayúsculas y la foto de unos pulmones muy hechos para su gusto. Coge el mechero y el paquete, pero no vuelve a la cocina; se queda en el sitio, enganchada a la tele, que había dejado puesta para oír el programa mientras preparaba las lentejas. Cuquín Escoriaza, un fulano de barba recortada y pelazo a raya, negro de tintorería, el típico conductor de magacín matinal que lo mismo habla sobre ciberbullying en un instituto de Roquetas de Mar, provincia de Almería, que se lanza a explicar los efectos del cultivo de la colza transgénica en la población de abeja melífera de Castilla-La Mancha, cuenta a sus compañeros de set (por riguroso orden de aparición: la última DJ de moda, el hijo de una tonadillera famosa en los 70, la campeona europea de triple salto y un cocinero con dos estrellas Michelin), aunque a quien se dirige preferentemente es al espectador, en este caso la Lumi, con gesto de sufro en silencio las hemorroides y corbata de lunares, el último robo con violencia en un piso de Pontevedra. Al hilo de sus palabras, la realización repite monótonamente las mismas imágenes: un repartidor de pizza con el logo pixelado que entra en un portal, un balcón (en principio, el de la casa asaltada) visto desde la calle, el vendedor de la ONCE que alertó a la Policía Nacional entrevistado por una periodista con aspecto de becaria, y esta misma periodista con aspecto de becaria llamando uno por uno a todos los timbres del bloque y pegando la alcachofa al interfono en cuanto alguien contesta.

La Lumi se sienta al borde del sillón. Solo lo justo, piensa. Saca un Ducados y se lo lleva a los labios, pero olvida encenderlo. Vaya, vaya. No aparta la vista de la pantalla. El médico se lo viene advirtiendo desde hace años, que el tabaco pasa factura; pero es lo que ella contesta, con esa voz carrasposa suya y el gracejo de Carabanchel: bien habrá que morir de algo, ¿o qué, doctor? Escoriaza asiente con pesadumbre, no sabemos si por lo que dice la Lumi o a santo de qué. También puede que sea por el hay gente pa’ tó que acaba de soltar el hijo de la tonadillera. Hace una pausa ponderativa de 1.º de Demagogia (Teoría y Práctica) y continúa:

—Según fuentes policiales, los autores pertenecerían a una banda muy buscada de Europa del Este, compuesta en su mayoría por individuos de origen kosovar. Atención a esto. —Escoriaza cambia de cámara y apunta con el bolígrafo a la audiencia—. Se trata de ladrones expertos y, sobre todo, muy, muy violentos, veteranos de guerra que se mueven de una provincia a otra para no llamar la atención. Su modus operandi es el siguiente: uno de los integrantes de la banda marca viviendas aparentemente vacías. Poco después, otros dos miembros fuerzan la entrada. Buscan joyas, relojes, tarjetas de crédito, dinero en efectivo; también la tecnología que puedan llevarse: ordenadores portátiles y pantallas de plasma no demasiado grandes. Nunca permanecen en el domicilio más de diez minutos. Cuando las fuerzas del orden se personan allí, en caso de que algún vecino haya dado la voz de alarma, ¡zas! —exclama, dando una palmada sobre la mesa y abriendo mucho los ojos—. Ya no están.

—Éshale guinda ar pavo —abunda el hijo de la tonadillera.

La música, una mixtura de serruchos oxidados y flatulencias orquestales trituradas por la Thermomix del sintetizador, se ralentiza, se vuelve más grave y sombría.

—Estamos en el 2.º izquierda de la pontevedresa Rúa do Peixe, número 11-13. Hoy don Pacífico Buenaventura, su propietario, un jubilado de 74 años con problemas de movilidad y afecciones cardiovasculares, no ha bajado al centro de la tercera edad donde suele echar su partida. Los criminales irrumpen en el salón cuando está viendo la tele. Creían que iban a estar solos, pero no les importa. Ya lo hemos dicho, son profesionales decididos y muy violentos. Con la misma palanca con la que han reventado la cerradura, golpean a don Pacífico en la cabeza no una, sino dos, tres veces, dejándolo inconsciente. Repetimos el dato, estamos hablando de un anciano de 74 años con problemas de movilidad y afecciones cardiovasculares, que vive solo y no supone una amenaza para nadie. —Aparece un rótulo en pantalla: «Una banda de kosovares muy violentos aterroriza España»—. Triste, muy triste, no me digan que no. —Muy triste…, muy triste…, ay, qué trihte…, van repitiendo como un eco los invitados al programa, bajando compungidos la cabeza. El hijo de la tonadillera aprovecha para echarle un vistazo al móvil—. Alertados por un vendedor de la ONCE, a quien ha entrevistado en rigurosa exclusiva nuestra compañera Sonsoles, la policía encuentra a don Pacífico en un charco de sangre. Una ambulancia de Protección Civil lo traslada urgentemente al Hospital Provincial, en cuya UCI permanece intubado con pronóstico reservado.

»Es-ca-lo-frian-te, señores.

Pausa larga. El rótulo anterior es sustituido por otro: «La Policía reconoce que no sabe dónde atacarán esta vez».

—Les voy a dar un dato que a mí, por lo menos a mí, me resulta inquietante. ¿Sabían que en España, estadísticamente hablando, una de cada cuatro viviendas está ocupada por una persona? Una única persona que vive sola y que, además, suele ser viuda. Es un grupo especialmente sensible en lo referente a estafas, atracos…, y también asesinatos, por qué no decirlo. Muchas de estas personas, muchos de los integrantes de este grupo tan vulnerable del que hablamos, puede que nos estén viendo en este mismo momento. —«Yo sí, aquí», piensa la Lumi. Lo que daría ella por salir en el programa—. A todos esos cientos de miles de personas que nos siguen a diario, óiganme bien lo que les digo. —La cámara se acerca lentamente hasta enmarcar el rostro de Escoriaza en un primerísimo primer plano—. Por favor, tengan cuidado. Vivimos inmersos en una ola de crímenes sin parangón y la Policía reconoce que no sabe, ¡que es imposible para ellos con los medios de que disponen!, conocer dónde atacarán estos impresentables, estos, permítanme la expresión, auténticos desgraciados. No sabemos quién será su próxima víctima. Por eso, vamos a extremar las precauciones. Si han entrado en la vivienda de don Pacífico, bien pueden entrar en la suya.

»Enseguida volvemos con El rincón de pensar. Aquí, en TeloTrinco. Tu cadena amiga.

Centralita con grandes pantallas a diestro y siniestro. Enfrente, chicas muy monas, con gafas y elegante traje chaqueta, muy sonrientes y sofisticadas, con el pinganillo en la oreja y aspecto de eficacia. Las sustituye un armario de tres cuerpos con uniforme de vigilante que habla por el walkie. Su compañero, también con uniforme de empresa, termina de instalar una alarma en la puerta de una sonriente ama de casa con un bebé en brazos, gordo y sonrosado. Todo el mundo sonríe y es feliz en el país de la piruleta, mientras la voz en off informa que el programa de Cuquín Escoriaza ha sido patrocinado por Hogar Protect, «empresa líder en el sector de la seguridad y las alarmas electrónicas».

La Lumi acerca el mechero al cigarrillo, pero no lo enciende. No funciona. Lo mira a trasluz. A ver si es que se ha quedado sin gas.

—Que no se me olvide pegarles un telefonazo a estos de las alarmas —se dice, levantándose y buscando el mando de la tele en el sillón.

Nota un olor raro procedente de la cocina, como a pedo. Puaj, como a col fermentada. ¿Será la Papelera? Se habrá dejado la puerta abierta de la galería cuando ha salido a tender, seguro.

—Tal y como está el patio —suspira. Agita el mechero y prueba a encenderlo de nuevo—, no puede una fiarse de nad…


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