La tarde era por demás calurosa y húmeda. Las moscas estaban pegajosas y los olores en el aire estaban rancios.
Antonia estaba sentada en el porche, con su amplio vestido blanco pegado a su desnudo cuerpo, soportando el calor y la soledad, en medio de un tornado de pensamientos.
León se había marchado para trabajar en la cosecha y no había regresado. Nunca supo ella donde trabajaba, jamás le contó. Debió regresar el diez de enero y veinte días después, no lo había hecho.
Ella no había recibido un llamado, una carta, un telegrama, en todo ese tiempo. Se sentía sola y triste, no podía dormir sin él a su lado. Se pasaba las noches junto a la ventana mirando a las estrellas, hablando con la luna, llorando con las luciérnagas. De día, siempre miraba hacia el camino, esperando ver al ómnibus detenerse para que León bajara y caminara hasta ella.
Cuando veía nubes negras en el cielo llegando del este y una brisa húmeda y refrescante soplaba, sabía que se asustaría con los truenos. Le temía a las tormentas tropicales, furiosas y breves.
—Al menos falta poco para el atardecer—Decía en forma de consuelo debido al calor. Cuando se quedó sin limonada fue preparar y regresó a la ventana con la jarra.
Recordaba los días felices con su padre hasta que enfermó. Las lágrimas comenzaron a caer sobre su pecho desnudo. Lo veía sentado en un sillón del cuarto, a oscuras y sin hablar mientras su madre se entregaba a los placeres carnales con un desconocido, según ella, viejo amigo de la adolescencia.
—¿Qué querés que haga? Tu padre está muerto en vida, le queda poco tiempo. ¿Y yo tengo que morir con él?—Respondía.
—Sos una puta, madre, puta, puta, puta… Al menos tené la decencia de no traer a ese imbécil a la casa. Papá está en el otro cuarto, ¡Escucha todo basura humana, como gemís, gritas, reís, gozáis! No tenés perdón de Dios.
Esa fue la última conversación con su madre. Al tiempo, esta se fue con su amante. Su padre murió en la más absoluta soledad. Solo Antonia estuvo en su velorio y entierro…
Las sombras entre los árboles le anunciaron que el día se había ido. Un manto negro, cargado de estrellas y una luna brillante presagiaban otra noche de vientos cálidos. Se metió en la casa no sin antes mirar hacia el camino. No quiso comer nada por lo que dejó deslizar el vestido por su cuerpo hasta caer al piso y desnuda como quedó, se sentó en la mesa de la cocina para tomar agua helada. La terminó, fue al baño y se metió en la bañera con agua apenas tibia.
Se secó y fue al cuarto donde las estrellas la aguardaban como todas las noches. Y allí se quedó. Encendió la radio y escuchó una vieja canción con la magnífica trompeta de Miles Davis. Le hundió el alma hasta el rincón más alejado de sus entrañas.
Se sentó en una pequeña mesa ubicada en el cuarto y comenzó a escribir canciones. Amaba hacerlo y soñaba con que algún día, alguien les pusiera música a esas letras escritas con el corazón en la mano, sangrando.
Luego comenzó a leer las que tenía guardadas en un cajón. Cada vez que lo hacía, las corregía, les quitaba y les agregaba palabras, estrofas, frases. Y hacia la mitad de la noche, cerraba los ojos mirando a las estrellas.
Iba al pueblo por provisiones una vez a la semana y cuando alguien le preguntaba por León, ella mentía diciendo que estaba en su casa. Todos sabían que no era verdad pues el muchacho era buen bebedor y no había noche que no visitara el viejo almacén para beber.
Siete meses habían pasado desde que León se había ido. Antonia veía venir cada día al cartero en su bicicleta por la ruta, con la esperanza que se detuviera. Pensó que había muerto y hasta llegó a barajar la posibilidad de irse con él.
Fueron días, semanas, meses derramando lágrimas sobre la tierra. Sus ojos estaban tristes, su alma se derretía, el abismo se abría y la posibilidad de caer en él era cada vez más cierta. Cabellos blancos aparecían con fuerza entre sus cabellos negros.
Y su pelvis de vellos blancos decía que sus entrañas se estaban resignando a sentir otra vez el amor y la calidez de un hombre. La lluvia de estrellas que todo lo iluminaba no regresaría.
Y fue cuando se dio cuenta de su estado al mirarse en el espejo del cuarto y gritó.
—¡Me estoy muriendo por amor y eso no es una enfermedad! Papá estuvo enfermo, sufrió y murió, las tías, los abuelos, mi buena amiga Jazmín estaban enfermos y murieron. Yo estoy sana y tengo que vivir. Tengo treinta y cinco años y parezco de mil.
Si él se fue, pues que le vaya bien, que haga su vida, pero que a mí no entierran aquí… ¡NO!
Fue entonces que tomó un par de alhajas que tenía, dos cuadros que habían sido de su padre, unas vasijas de barro, algunos utensilios de cobre y los metió en una caja.
Fue al pueblo y allí vendió todo en el Viejo Almacén. Antes de regresar compró un boleto de tren para viajar a la Capital e hizo una llamada telefónica. Ya en su casa, comenzó a guardar ropa, algunos ahorros, el dinero de las ventas, buenos recuerdos, libros, canciones, en la enorme valija que había sido de su padre. No empacó tristezas, dolores, malos momentos, lágrimas, hojas rotas o amarillas.
Cuando la luna iluminó el cielo, se despidió de sus estrellas, esas que la acompañaron cada noche. También de las luciérnagas que tanto la inspiraron a escribir. Intentó dormir, pero no pudo y el alba la encontró con los ojos abiertos. Ella halló el amanecer más gris que nunca. El viento del este traía la lluvia.
Se levantó y se vistió con rapidez, pues la casa comenzaba a congelarse de soledad. Tomó la maleta, salió con un nudo en la garganta y transitó por última vez el camino hacia la ruta. Allí aguardó el ómnibus que la llevaría a la terminal. Cuando subió se sintió morir y por un instante pensó en quedarse.
Ya en el vehículo, pagó su pasaje y se sentó en el último asiento. No quiso mirar atrás. Mientras viajaba, miraba hacia el campo lluvioso y se dio cuenta lo mucho que lo extrañaría. Una lágrima rodó por su mejilla.
—La última—Se dijo a sí misma.
Cuando llegó a la terminal faltaba una hora para que el tren llegara a la estación. No quiso quedarse en la sala de espera, por lo que abrió su paraguas, dejó su maleta en el piso y se sentó a aguardarlo.
Y fue allí que todas sus ilusiones se pusieron de pie. La música era lo que más encendía su alma.
Cuando el tren se detuvo, subió de inmediato, buscó su asiento y esperó a que retomara su marcha.
Tampoco miró hacia atrás. Fue un viaje de diez horas donde toda su vida pasó por su cabeza como si fuera un film en blanco y negro. Pero cuando llegó a destino, aquella vieja la película terminó y su cuerpo tembló.
Miró por la ventanilla y se aterró del movimiento. Personas que iban y venían, corrían, gritaban. Los vendedores ambulantes que voceaban sus productos. Se sentó otra vez, aturdida, asustada.
Cuando se calmó un poco todo, miró otra vez por la ventana. Y los vio, eran sus primos Ana y Julián que miraban hacia todos lados.
Antonia gritó sus nombres con fuerza y alegría. Ellos al escucharla voltearon la cabeza y agitaron los brazos, felices. Antonia bajó corriendo y los tres se fundieron en un abrazo interminable.
Se fueron caminando por el andén, abrazados hasta perderse en la marea humana de la Estación.
Antonia al fin comenzaba una nueva vida. Era una nueva oportunidad para ser feliz.
@Richard.-Ricardo Mazzoccone.
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