lunes, junio 29 2026

El cielo en la tierra por Ricardo Mazzoccone

Mizuki nada pudo hacer aquella trágica mañana. La despertaron los gritos desesperados por eso se vistió con lo primero que halló y salió de la choza. Vio como el pueblo corría de un lado a otro, algunos para escapar, otros para ayudar a quienes tenían sus ropas encendidas, mientras otros lloraban a sus muertos.

La vida o la muerte se decidía en cuestión de segundos. Los vio morir a todos. El incendio había arrasado con la aldea y la isla temblaba por lo que aquel mundo desaparecería de la faz de la tierra cerca del atardecer.

A los gritos y bajo un manto de lágrimas corrió hacia el bote de su padre y comenzó a remar con todas sus fuerzas. Debía alejarse lo antes posible pues los mordiscos del mar a las costas eran cada vez más feroces y las enormes olas que se cernían hacían zozobrar la embarcación.

Era la única sobreviviente, una adolescente de diecisiete años que despertó una mañana en medio de una calamitosa catástrofe para ver morir a todos y quedar sola en el mundo. Era una muchacha cálida, cariñosa, trabajadora y alegre. Siempre estaba cantando, fuera de día o de noche, con sol o con lluvia, trabajando o soñando despierta, enamorada del mar, de los amaneceres y de los atardeceres en la playa.

Y de pronto, se encontró sin pensarlo jamás, en el medio del océano. Solo ella y el mar, con los recuerdos en carne viva y las esperanzas muertas. Entre bravías olas y cielos negros, la tormenta se desató y el bote era una cáscara de nuez en ese mar infinito. Se dio cuenta que el viento y la lluvia la azotarían sin piedad y que era inútil remar. Supo que había llegado su hora por lo que se escondió bajo una montaña de pieles, y entre llantos y gritos, rezó a sus dioses para que reciban su alma…

Despertó.

La confusión fue absoluta pues no sabía si estaba muerta, tampoco dónde se hallaba y desconocía el tiempo transcurrido. El silencio era un buen augurio por lo que sacó su cabeza de entre las pieles y miró. Era de noche. El cielo se confundía con el océano, las estrellas se sumergían en el agua,
iluminando el fondo del mar mientras los delfines y las ballenas nadaban en el firmamento. Solo la luna estaba en su lugar, en el corazón de un todo, brillando y regalando su luz a quien quisiera guardarla.

La joven estaba sorprendida pues no creyó sobrevivir a la ira del iracundo Neptuno. Con muchas dudas aún, se alegró por un instante de estar viva en una noche tan mágica. Buscó agua para beber y algún trozo de carne seca para comer. Tuvo suerte de hallar ambas cosas. Su padre siempre tenía el bote preparado para cualquier contingencia. Mirando el mar quieto, recordó una frase de su madre sobre que los recuerdos son pequeñas gotas de agua en el océano.

Pero no había forma de contar los recuerdos que allí se mecían, suaves y arcaicos. Escuchó el silencio de la nada y sintió la paz del Universo dentro suyo. Presenció cómo errantes caravanas de distintas especies marinas buscaban su destino. Se quedó dormida al arrullo de la luna para despertar con el sol en la cara mientras los vientos soplaban sus cabellos para mecer sus sueños.

Al incorporarse no pudo con su asombro y comenzó a llorar. Estaba a pocos kilómetros de una isla, aún con cráteres ardiendo y hogueras apuntando al cielo. Remó con sus últimas fuerzas hasta llegar a la costa. Encalló el bote y se tendió sobre la arena fina y blanca para luego enterrar sus manos y
echar al aire esos miles de cristales que alguna vez fueron rocas originales, las primeras. Ya en el interior, halló una vegetación frondosa y cargada de ambiguos perfumes.

Tuvo la suerte de encontrar cocos en el piso por lo que con prisa y con la ayuda de un cuchillo extrajo la nuez que estaba llena de agua. Decidió descansar un rato a la sombra de enormes hojas con forma de corazón. Siguió caminando entre árboles de enormes hojas, atravesando pequeños hilos de agua
dulce y evitando las plantas venenosas y las serpientes. El silencio solo se quebraba con el aullido de algún mono o el sonido de aves exóticas. Cuando llegó a un claro, se maravilló pues se topó con una cascada muy bella. Se sentó sobre unas piedras de colores para admirarla. De pronto escuchó una música melodiosa y espacial traída por el viento. Mizuki, lejos de asustarse buscó el origen y comenzó a caminar hacia la cueva que estaba detrás de la cascada. Fue el agua cayendo sobre su cuerpo que la desnudó y la limpió de todo lo terrenal, del fango, de los dolores.

Los recuerdos tristes comenzaron su periplo hacia viejos baúles de historia. Se adentró en la cueva y se encontró con antorchas encendidas a los costados de un sendero poblado de sensaciones y sentimientos ancestrales. Cuando llegó al final, sus ojos no podían con tanta luz y belleza. Su corazón galopaba al ritmo de los caballos libres. Su alma no podía con tanta emoción.  No era una aldea, era un sitio mágico como jamás había visto. Todo era dorado y plata. Las chozas eran enormes, cálidas, iluminadas. Solo se escuchaban los gritos de algarabía y risas de los niños. Las calles brillaban pues en lugar del fuego de los faroles encendidos había estrellas diseminadas sobre la fina hierba y en el cielo, muchos soles y muchas lunas acariciaban el alma de todos. La música y la armonía reinaban.

La gente iba y venía, conversando. Bajo los árboles se podían ver a los ancianos debatiendo sobre el origen del Universo y otros temas más espinosos. Ella seguía caminando cuando de pronto lo vio. Se quedó petrificada cuando el hombre más perfecto que había visto, la miraba con una sonrisa eterna…

—Despiértate, mujer que estás a salvo—Escuchó Mizuki sin poder abrir los ojos.

La voz, aunque misteriosa, le resultaba amigable. Cuando por fin pudo abrirlos vio el techo de la choza, a la luz del sol entrando por una de las aberturas y la cama de paja y pieles sobre la que estaba acostada, desnuda. Avergonzada se tapó hasta la cabeza y cuando escuchó su nombre, se asomó.
Se encontró con el hombre perfecto. Esto la ruborizó profundamente y escondió la
cabeza nuevamente bajo las mantas.

—Hola, mi nombre es Hiro y con mi madre te trajimos a nuestra choza para cuidarte. Te encontramos tirada en la playa. Un día más allí y habrías muerto por la sed y las quemaduras de sol. ¿Puedes hablar?

—¿Estoy viva, donde me encuentro? Te conozco—Dijo ella.

El muchacho sonrió y comenzó a responder a todas sus preguntas. Al mismo tiempo llegaban hasta allí las noticias sobre la suerte que había corrido la comunidad de Mizuki; el mar había devorado la isla. Fue entonces que el muchacho le tomó la mano y ella se durmió plácidamente.

Pasaron los días y Mizuki recuperó su salud. Hiro no se alejó un instante de ella. Juntos caminaban grandes extensiones a la orilla del mar y se trenzaban en interminables charlas bajo un cielo mágico.
No se separaban nunca y él le enseñó el arte de pescar. Se enamoraron. Hicieron el amor por primera vez en la playa, con la luna metiéndose en sus almas.

También en la choza donde las luciérnagas se acercaban curiosas y las estrellas morían de amor a sus pies. Pasó el tiempo. Un año después se casaron en una bella ceremonia antigua. Nadie faltó al evento y todos celebraron la unión. A los nueve meses llegó el primer hijo, un hermoso varón. Al año llegó la niña, al otro año, mellizos y en el cuarto año llegaron trillizos. Todos eran frutos del amor más profundo.

Algunos años más tarde, en un atardecer soñado, Mizuki miraba el mar y de pronto recordó su sueño. Un lugar paradisíaco, un hombre magnífico y la algarabía y la risa de muchos hijos. Sonrió feliz y una lágrima cayó ante el recuerdo de sus padres. Mientras tanto, detrás de ella, cinco de sus hijos corrían luciérnagas, reían y saltaban mientras la niña más pequeña tiraba besos a la luna, acurrucada en los brazos de su padre y el séptimo corría a una iguana.

El sueño, aquel sueño después de la peor tragedia, se le había hecho realidad en la tierra.

@Richard


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