domingo, julio 5 2026

Exclusiva: Segundo capítulo de Pink Cadillac Man de Domingo Alberto Martínez

Pink Cadillac man ya está en preventa. Premio Alfonso Sancho Sáez del Ayuntamiento de Jaén, se trata de una novela carcelaria y social, ambiciosa, heterogénea, sin duda una de las mejores obras de su autor hasta la fecha. El texto que puedes leer a continuación pertenece al segundo capítulo (Nota del Editor / J. Re Crivello)

 

De acuerdo con su expediente, el Tino Seisdedos es un varón de raza hispana de cuarenta y siete años llamado José Constantino Seisdedos, oriundo de la muy noble y siempre heroica villa pobre de La Guachafita, en el corazón de Sonora. Hasta que lo detuvieron acusado de hurto, homicidio involuntario, tentativa de asesinato y agresión a personas mayores, había trabajado como jardinero en Evergreen Terrace, residencia para la tercera edad. Una tarde en la que se había levantado un viento especialmente caluroso y seco, dejó el rastrillo y la carretilla a la sombra de una palmera, se enjugó el sudor de la frente y el cuello, y entró a por un refresco. Era una de esas horas que se alargan deshilachándose entre la sobremesa y la siesta, y el edificio estaba en silencio, casi en penumbra; las cuidadoras habían corrido las cortinas para que el calor no se colara dentro. Los pasillos lucían vacíos y, aunque sólo había aire acondicionado en las habitaciones, la temperatura era varios grados inferior a la de afuera y se podía respirar. Las máquinas del café y el agua, los refrescos y las golosinas, se encontraban en un descansillo entre tramos de escalera, al que daban varios cuartos. Todos estaban cerrados, excepto uno, con la puerta entornada. Mientras buscaba en los bolsillos algo de calderilla, el Tino Seisdedos se quedó pensativo. ¿Qué tiene de malo echar la miradita?, era su lema. Sin moverse del sitio y con las monedas en la palma de la mano, aunque sin contarlas ni echarlas a ninguna parte, como si las hubiera sacado solo para mostrárselas a alguien, vio en primer término los dos ficus que montaban guardia y, ya dentro, una silla a los pies de la cama y una cabecita que asomaba entre las mantas, aureolada de pelo blanco. Era una anciana, claro, y al parecer dormida. Sí, dormida como un tronco. A lo que prestó más atención, y a pesar del zumbido de las máquinas, pudo oír claramente cómo roncaba. «La patata, quién sabe —pensó—, pero, ¡órale!, los fuelles no se le chingan a la doña». Junto a la cama estaba la mesilla, con un cuadrito sobre el cabecero del Sagrado Corazón de Jesús abriendo los brazos y. ¡Tente quieto, hombre! ¿A qué tanta prisa? Se frotó los ojos y volvió a mirar. Ahí seguía, en la mesilla: un collar de perlas, lo había visto bien. ¡Y qué gordas, madre!, musitó, soltando un suspiro. Desde tan lejos no había manera de saberlo, pero tenían pinta de ser naturales. Sí, seguro que lo eran. Y entonces, ¿cuánto valdrían? Miró por un pasillo y el otro, por las escaleras que subían y las que bajaban. No se veía ni se oía a nadie. La anciana estaba fuera de combate y él, en el jardín, ahorita mismo sudaba la gota trasplantando las amapolas de California. Si cogía el collar, ¿quién iba a culparle? Ni el teniente Colombo, por mucho que preguntase. Antes de que se le ocurriera algún inconveniente, el Tino Seisdedos ya se había metido el dinero en el bolsillo y entraba por la puerta con pasos suaves que la moqueta amortiguaba. La anciana era apenas un reburujito bajo las mantas. Había dejado de roncar, eso sí, pero dormía profundamente, pacíficamente.

En medio del silencio, el jardinero sólo oía el golpeteo de su corazón (pum-pum, pum- pum), que le latía en la garganta mientras alargaba la mano y…

—¡No, no!, pero, ¿qué haces? —El Tino Seisdedos casi se muere. De un manotazo tiró el vaso de agua con la dentadura dentro—. ¡Corre, corre! —Sin soltar el collar, corrió hacia la puerta y la cerró con cuidado—. ¡Ay, el cochinillo!, ¡sácalo del horno!… ¡Vamos, sácalo! ¿Es que no me oyes, Anaís? Una hora, te dije, ¡una hora! Negra estúpida, ¿es que no me escuchas? Ya verás cuando se entere Luis Eduardo.

La anciana profería palabras sin sentido y él no sabía muy bien a qué santo encomendarse, si a santa Gertrudis, patrona de los jardineros y los gatos, o a su padre, el beato Pepino. Cruzó el cuarto en dos zancadas, de la mesilla a la entrada, y pegó la oreja a la puerta por si sorprendía pasos en el exterior. No se atrevía a salir ahora, con la que estaba cayendo.

—Es Luis Eduardo, que viene, ¿dónde vas? Por ahí no, loco, ¡vuelve! ¡No!, ¡chsss! Bajo la cama no. Métete en el armario, ahí no te encontrará…, y en cuanto oigas la ducha, sales pitando.

El jardinero tropezó con la silla y la volcó. Recogió el cojín del suelo, pero, en lugar de devolverlo a su sitio, mecánicamente, se lo puso a la anciana en la cara. «Estaba con el susto —confesaría luego, durante el interrogatorio—. Yo no soy peleonero. Fue por el trepaquesube, ni me di cuenta de lo que pasó». Apretó mientras ella gruñía y se debatía, sin parar de desvariar:

—¡No, Luis Eduardo!, ¡en el nombre del Señor! ¡En la cara no!

Apretó más para que acabara de pendejear. Y cuando finalmente se calló, se quedó como alelado. De repente no se oía ni el volar de una mosca. El silencio del cuarto le puso los pelos de punta. Solo al quitar el cojín fue consciente de lo que acababa de hacer. «¡Ay, mamacita! —se dijo—, ¡y qué bien la cagué!», y se santiguó. Devolvió el cojín a la silla, se metió el collar en un bolsillo del mono y, mientras rezaba algo entre dientes, se dispuso a marcharse. Ya estaba agarrando la puerta cuando la vieja, con los ojos inyectados en sangre y la boca medio dislocada, dio un bote en la cama como la niña de El exorcista y empezó a gritar de nuevo:

—¡Mátame, so cerdo!, ¡acaba de una vez! Voy a llamar a la policía. ¿O es que crees que no sé lo que haces con Anaís en la cocina? Quince años, ¡quince! Esa negra estúpida me lo cuenta todo. ¿Quieres saber una cosa? El niño era tuyo, ¡tuyo! Y no del padre Vergara. ¡Era el cochinillo…!

ȃchale los huesos al perro.

La huida, si es que puede calificarse así, fue en realidad una estampida, y más que una estampida un completo desbarajuste. El Tino Seisdedos corría resbalando por las baldosas recién enceradas, intentando sacarse de la cabeza los gritos de aquella histérica («¡Socorro, policía!, ¡que me matan!»), que repetía como un lorito los diálogos de vete tú a saber qué serial venezolano. No sabía dónde estaba ni era capaz de encontrar la salida, aunque un par de veces le pareció que al siguiente giro iba a toparse con ella. La verdad es que no conocía la distribución de la residencia, él guardaba los aparejos en una caseta del exterior. En sus visitas nunca había pasado del descansillo de las máquinas, y como al salir de la habitación había tirado recto en lugar de volver sobre sus pasos, pronto no supo qué dirección seguir. El jardinero dejó de correr. Buscaba algún mapa en las paredes, uno de esos de your ass is here. Vio un par de extintores, pero ningún plan de evacuación con el croquis del edificio. Le preocupaba que las voces de la vieja hubieran alertado a las cuidadoras. Si quería salir sin que le vieran, la única forma era por el patio de atrás.

Pero antes tenía que encontrarlo.

Andando a buen paso se internó por un laberinto de pasillos y dependencias, cuartos de la limpieza, depósitos varios, girando indistintamente a derecha o izquierda, y rehaciendo el camino cada vez que acababa en un corredor sin salida. Dejó atrás el comedor, vacío a esas horas, y la sala de fisioterapia. Estuvo tentado de esconderse en el montacargas y no dar la cara hasta la cena, pero, ¿y si alguien lo utilizaba? Tras quince o veinte minutos de dar vueltas sin sentido, creía reconocer cada puerta de cada despacho, y estaba convencido de haber pasado tres veces por todos los sitios.

Se acercó a una puerta batiente y miró por el ojo de buey. Al principio no veía nada, pero pronto los bultos a contraluz se fueron convirtiendo en objetos cotidianos y pudo reconocer una campana metálica sobre una isla con cacerolas y ollas puestas a secar. Eran, claro está, las cocinas. Vio recipientes de cristal con legumbres y especias distribuidas por mesas camareras, botes de kétchup y mayonesa, una bandeja con fruta y un manojo de cazos, espumaderas; y al fondo, lo único que realmente le interesaba: una de las ventanas estaba abierta; con la persiana baja, eso sí, pero abierta de par en par. Las ventanas de la residencia solían cerrarse con llave, no tanto por seguridad como, sobre todo, para que no escapara nadie. Supuso que quien fregó el suelo había dejado abierto para ventilar. El Tino Seisdedos estuvo tentando de bailar un zapateado, pero enseguida se le fueron las ganas, en cuanto vio a Claribel, la cocinera. Claribel Ortolani, gordísima, a quien todo el mundo conocía como the Big Bell (la Gran Bell), una campeona de sumo sentada en un taburete minúsculo; más que sentada parecía que estuviera haciendo equilibrios, igual que un elefante de circo sobre una pelota. La cabeza se le venció hacia un lado y la Gran Bell despertó de golpe, abriendo unos ojos como platos y enderezándose rápidamente. Dio un manotazo en el aire, espantando una mosca imaginaria, se estiró el delantal, acomodándose de paso en el taburete (que, ciertamente, era un corcho de botella), y casi antes de haber terminado ya resoplaba de nuevo. Y todo esto, para desesperación del jardinero, la Gran Bell lo hizo sin despegar el lomo de la fregadera, justo al pie de la ventana.

Si quería salir, iba a tener que trepar por encima suyo.

El Tino Seisdedos siguió su camino, dando patadas al aire y lamentando su mala suerte. ¿Por qué tenía que ser tan curioso?, le reprochaba una vocecilla interior. Siempre metiendo el hocico donde no lo llamaban. Si hubiera sido un pez, le habría faltado tiempo para saltar dentro de una cazuela. Un cabeza de chorlito, eso es lo que era. Tenía los sesos en los calcañales.

Sin saber por qué volvía a correr. De pronto se sentía como el conejo de Alicia, como si llegase tarde a alguna parte y alguien (¿quién? La Reina de Corazones, por ejemplo, o en este caso la policía municipal de Albuquerque) le fuera a rebañar el gaznate. Giró por un pasillo que no recordaba. A un lado había una puerta de acordeón, que se abrió chirriando. Fue a entrar como solía hacer las cosas, tropezada, impetuosamente, pero se quedó clavado en el sitio; una luz le deslumbró. El rostro de una actriz en blanco y negro, apenas una muchacha de ojos muy grandes y expresivos y larga melena rubia, llenaba la pantalla. Miró al jardinero de hito en hito y, llevándose las manos a la cabeza, soltó uno de esos gritos de incredulidad y pánico, marca registrada de las heroínas de serie B. Varias cabezas se volvieron en la oscuridad y lo escrutaron muy serias, con ojos brillantes, como en aquella película, El pueblo de los malditos. También el Tino Seisdedos gritó, quizá por imitación. Y salió corriendo en dirección contraria a la sala, en la que, al parecer, alguien lo había identificado:

Hey, hey! You’re the gardener, aren’t you?

A partir de aquí todo se tuerce sin remedio. Al doblar la esquina se topó con un octogenario con gafas de buceador miope, un esqueleto con pantalones hasta las axilas y pajarita. Por pura chiripa no se lo llevó puesto, gotero incluido, pero tropezó con una cacatúa con cara de momia y cuatro pisos de peluca, sentada en una silla de ruedas, que empezó a escupir sapos y culebras en la mejor tradición de las damas sureñas:

Aah!, my bunion! Bloody hell! —Ya que, según parece, le había aplastado un juanete.

¿Qué ocurría? De pronto el pasillo estaba lleno de gente. ¿Es que habían soltado a todos los viejos de golpe? Un veterano de la guerra de Cuba, camuflado tras una maceta con el uniforme de combate (bata y zapatillas), le amenazaba sacudiendo el bastón en el aire, y por volverse hacia él a punto estuvo de subirse a la chepa de otro, ¡brinca, burro!, encorvado sobre un andador, que se había parado en mitad de la nada y asomaba la cabeza del caparazón.

Cheeseburger?, cheeseburger? —repetía, haciendo pantalla con una mano detrás de la oreja—. Give me five! FI-VE!

Sorteó al monstruo de las hamburguesas y al enderezarse, lleno de orgullo por la maniobra (más propia del jugador de fútbol americano que finta a un adversario a cámara lenta), vio la luz al final del túnel. Era, al fin —¡al fin!, ¡al fin!—, la puerta principal. Ya estaba enfilando hacia ella cuando se dio un golpe en la rodilla con la esquina de un macetero y, saltando a la pata coja, aullando de dolor, fue a embestir un carrito de curas que había aparecido de la nada, volcándolo con ruido de cristales y estrépito de bandejas, y desparramando por el suelo una constelación de pastillas de todos los colores.

Give me five!, FI-VE! —insistía el otro.

La policía detuvo al Tino Seisdedos dos horas más tarde, atascado en el ventanuco del baño de una gasolinera, cerca de su casa. Cuando lo metían en el coche patrulla le dijeron que uno de los ancianos había sufrido un paro cardíaco y que otro se había roto la cadera. Por lo demás, el collar era falso.


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