domingo, julio 5 2026

Arkadin y la escultura (Segunda parte) por Gocho Versolari

A partir de allí se inició una verdadera cacería, en el sentido etimológico del término. Países del tercer mundo como lo que quedaba del Asia, las pocas zonas pobladas de América Latina y los confines de África fueron el escenario donde Mister arkadín pasó los próximos meses. En esas zonas recorrió tabernas, antros terribles de perdición, morideros, lugares innombrables. En muchos de ellos tuvo que pagar verdaderas fortunas a intermediarios que tenían todo lo necesario para trasladarse y buscar a Arín Puspín, el autor inicial de la obra.

En tanto seguía teniendo noticias de la escultura por Amelia su secretaria, quien la describía como en continua transformación. A partir de la mano sucia de aquel niño, se produjeron de modo espontáneo otras manchas en la obra, como si la mancha original en vez de limpiarse con los ácidos del restaurador hubiera tenido la capacidad de multiplicarse. Al parecer la escultura no crecía en tamaño sino en matices en toda su superficie. Ya no se l imitaba tan sólo a cambiar sino que entonaba un canto, al principio se trató de notas aisladas, como chillidos y luego fueron creciendo hasta formar melodías bellísimas. A veces el sonido escapaba por las juntas de las ventanas y llegaba hasta afuera. Captāre coger — Cacería

Entonces llegaban de todas partes y se formaban largas colas para observarla. Se llegó a establecer una religión en base a la escultura, donde los adeptos llevaban ofrendas que ofrecían a su objeto de culto. Hubo todo un sistema de interpretaciones sobre los cambios de aspecto que la escultura iba presentando. Iban desde la exégesis personal acerca del futuro de cada individuo hasta el futuro y el desarrollo del país. La secretaria de Míster Arkadin tuvo que implementar un sistema de visitas relacionado con una vigilancia privada. No tardó en producirse el primer choque con quienes manifestaban todos los días pretendiendo ver la escultura. Los miembros de la vigilancia privada eran tres enfrentados contra un bloque de cientos de personas. Entonces uno de ellos recordó las palabras de Napoleón que en un caso así se imponía matar una persona para que los demás retrocedan. Disparó y mató a un joven que era la primera vez que venía a visitar a la escultura

A partir de entonces la escultura volvió a cambiar y un líquido rojo empezó a manar de la superficie. Al principio se gestaba en su interior translúcido como una hermosa flor que iba creciendo y luego el perímetro cristalino sudaba el líquido espeso, gelatinoso. Luego de la muerte del joven se suspendieron las visitas y cuando se reanudaron, la multitud descubrió a la escultura llena del líquido rojo. “Llora sangre” dijeron todos y a partir de allí se formaron dos grupos que se atacaban uno al otro, culpándose de debilidad en los planteos y de que por culpas mutuas, la escultura había entrado en una fase de dolor.

En tanto, Míster Arkadin había encontrado a Arín Puspín. La cosa fue casual. El hombre estaba estragado por tanta droga que había consumido y se dedicaba a llenar baldes de arena en una olvidada playa de Marsella. Alguien lo mencionó como una curiosidad, señalando que a aquel hombre le gustaba robar arena. Cuando Míster Arkadín indagó su nombre, le dijeron que se trataba de él.

La escultura… — el hombre no recordaba y lo miraba con cara de imbécil. — Claro, alguna vez fui artista y gané premios internacionales.

La escultura se llama Morfeo, ¿la recuerda?

Vagamente, tendría que verla. Aquí tengo unas fotos, quizá la encuentre.

Mientras seguía llenando arena, el hombre le dio su morral a Míster Arkadin. Tenía pocas cosas y allí estaban las fotos. En una de ellas donde decía Morfeo había algo que parecía una lejana muestra de lo que fuera la escultura.

Llegó a un acuerdo con él fletó un avión especial, con dos médicos que trataron de restablecer un poco su salud y su lucidez y lo llevó a su casa donde estaba la escultura. El ejército había tenido que intervenir bloqueando los senderos que llevaban a la casa, y antes de acceder, míster arkadín tuvo que presentar su documentación y firmar una larga autorización para que el artista pudiera ingresar. Al enterarse de que estaba el autor de la obra y que la misma podía ser vendida o trasladada, las manifestaciones recrudecieron.

Esta no es la escultura que yo modelé hace diez años — dijo Arín Puspín cuando la vio — yo nunca podría haber hecho una cosa como ésta, no tengo capacidad.

Por primera vez la escultura había crecido tomando la forma de una fuente roja creciente. Los sonidos que escapaban de ella eran lúgubres y resonaban todo alrededor. Por las ventanas se escuchaban disparos de ametralladoras mientras llegaba hasta la habitación el resplandor de las llamas. Entonces míster arkadín entendió que la presencia del hombre con el cerebro quemado por las drogas, no podía solucionar el punto al que había llegado todo.

Cierre las ventanas — pidió a su secretaria. Tenía necesidad de descanso. — disculpe Arin Puspín, pero voy a tratar de descansar

No creo que pueda — dijo Arín Puspín. ¿Qué edad tiene, don Arkadín?

Cincuenta y tres

Están muy bien los cincuenta y tres, porque no son cincuenta y dos ni cincuenta y cuatro, y mucho menos cincuenta y uno. Cinco y tres son ocho, y ese es el número perfecto, el número que lleva la paz.

En las escaleras del edificio, el ejército trataba de controlar a la multitud que intentaba subir.

¿Y cómo se obtiene la paz?

Escuche a la escultura. Ella podrá decirle lo que necesita. Aunque yo la escuche no hay nada que pueda aprender de ella, ya que no es lo que yo cree alguna vez entre los vahos del alcohol y de la droga. Esta escultura tiene sus leyes propias, ella se construye a sí misma. Una y otra vez.

Mister Arkadin. Dicen de abajo que no pueden controlar a la multitud.

Es la guerra — siguió Arín Puspín — es la guerra. Un movimiento colosal de todas las cosas que tiende a un nuevo orden. Ya nada será como antes. Usted me pide que lo ayude a trasladar la imagen, vea la tontería que esa propuesta implica.

La escultura en tanto se había convertido en una fuente y una gelatina roja ascendía lentamente por su estructura y subía y subía hasta formar un lago gigantesco.

Ella si quisiera moverse lo haría. Una gitana me dijo que cuando una de mis obras cobrara vida, yo moriría y creo que ha llegado ese momento.

Se escucharon gritos en la escalera. La escultura se había detenido un momento, como si respirara profundamente, como si tomase impulso para dar un salto más grande.

En el momento que se abría la puerta y la multitud entraba, Mister arkadín que se había acercado a la ventana, saltó por ella olvidando que estaba en un quinto piso. Curiosamente no cayó de inmediato al vacío, sino que flotó a muchos metros sobre el suelo. Flotó y flotó. Una sensación de serena euforia lo embriagó mientras veía allá abajo a las personas y a las cosas como pequeñas hormigas. El viento se embolsaba en su ropa y lo llevaba a uno y otro lado mientras él cantaba. Arriba, en la ventana que daba a su oficina escuchó que explotaban los vidrios. Supo que la multitud en su afán de llevarse la escultura, la estaban destrozando y se la comían La escultura se había transformado a sí misma en una sustancia leve, carnosa, que se reproducía a sí misma cuando le quitaban pedazos. Después quienes la comerían se convertirían en cucarachas brillantes, de furiosos tonos tornasol y morirían lánguidamente no sin antes morder a los demás y convertir la humanidad en un gran cucarachero. Luego los edificios caerían destrozados por el paso del tiempo y el abandono.

Entonces Mister arkadín sintió que el viento lo ayudaba a volar hacia los costados. No caía sino que planeaba. Quizá aquellos fueran sus últimos momentos pero los disfrutaba con una euforia jubilosa mientras en la calle se enfrentaban los grupos a favor y en contra de la escultura. Eran muchos los que morían. Grupos desaforados incendiaron calles, destruyeron carros; destruyeron en suma a la civilización entonando cánticos, en una furia jubilosa que llegaba hasta el cielo.

Supo que durante años iría de un lado al otro llevado por el viento, que encontraría a seres de aire muy leves que apenas brillarían en los crepúsculos y amaneceres. Con uno de ellos formaría un hogar y tendría hijos mientras en la tierra se abrían agujeros negros, mientras los hombres se transformaban en ratas y en alimañas. Ellos harían llover cantos y dislexias hasta que con los años, cuando hubiera envejecido, llegaría volando al mismo punto donde había estado la ventana del quinto piso y de allí caería al suelo muriendo inmediatamente por el golpe.

Ahora caía sobre el mar. Caía y caía. Quizá moriría, pero en ese momento recordó que había olvidado lo que debía decirle a su secretaria aquella mañana antes que la escultura fuera ensuciada por la mano del niño. Entonces repitió las palabras y las dejó caer sobre los lejanos amaneceres.

@Gocho Versolari Poeta, escritor y ensayista
Imágenes creadas IA


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