domingo, julio 5 2026

Acertijos por Mirna E. Gennaro

Había ido a visitar a mi amigo Nicolás, que vivía en Mar del Plata. La ciudad balnearia es una de
mis preferidas en la costa argentina. Es la perfecta combinación de ciudad y playa. Muchas veces fantaseé mudarme allí, caminar por la costanera varios kilómetros cada mañana, luego, tomar un licuado frente al mar, por la tarde, merendar en una de sus hermosas plazas, por la noche, caminar por la peatonal y comer pizza, en fin, en mi mente, siempre la asocié a una felicidad ideal. Esa visita, en pleno invierno, sin embargo, despertó en mí sentimientos de lo más extraños.

Llegué a la ciudad y me registré en el hotel. Siempre iba al mismo, uno que queda a tres cuadras de las playas de La perla. Allí me esperaba el acertijo que mi amigo me solía dejar para descubrir dónde nos encontraríamos. Era un juego que disfrutábamos desde la adolescencia. A Nico lo conocí una vez que fui a pasar las vacaciones de verano con mi familia. Nos divertimos mucho en la playa jugando al vóley, a las cartas, a hacer dibujos en la arena, y luego seguimos la amistad por correspondencia. De adulta, fui sola a la ciudad, y allí fue cuando comenzaron los acertijos.

Esta vez las indicaciones eran muy simples: “Estaré, a la hora en que mi sombra cabalgue a
Rocinante, custodiado por el sable embalsamado”. Era demasiado simple. Rocinante, el caballo del Quijote está en la plaza España. A unos pasos, en el museo natural, la entrada es custodiada por un tigre dientes de sable que es lo más parecido a un animal embalsamado. Me decepcioné un poco porque mi amigo solía esforzarse más en los acertijos. Pero el tiempo libre lo dediqué a caminar por la interminable rambla, disfrutando del sol y el aire marino. A la hora señalada lo esperé en la entrada del museo. El reencuentro, como siempre, fue con un gran abrazo y una revuelta de pelo. Viejo chiste porque de adolescente yo me quejaba todo el tiempo de que no me duraba el peinado en la playa con tanto viento. La tarde estaba preciosa, el mar calmo, el horizonte salpicado por pequeñas barcazas volviendo al puerto. Caminamos por la orilla del mar y luego compramos unos churros a un vendedor ambulante. Nos sentamos en uno de los espigones, en la zona rocosa, y seguimos charlando por horas con las lenguas del mar acariciando nuestros pies.

Esa noche nos encontramos en la peatonal. Miramos vidrieras y luego nos sentamos a comer una pizza al aire libre. En un momento, no sé bien cómo llegamos a eso, pero de pronto me dijo: “están por condenarme”. No entendía qué me estaba diciendo. Le pedí que me aclarara el asunto. Su respuesta fue: “maté a un hombre”.

Quise saber cómo, cuándo y por qué. Miles de preguntas comenzaron a aflorar de mi boca. Él solo repetía: “maté a un hombre”. Como entendí que estaba muy conmocionado por la situación y yo también estaba muy confundida, le pedí que me acompañara al hotel. En el camino, mientras nuestra cabeza estaba ocupada pensando en el cruce de las calles y en cómo esquivar unas veredas rotas, volví a preguntar: “¿a quién mataste?”

Él se detuvo y con lágrimas presionando por salir me miró y dijo: “Maté a mi amigo Daniel. Fue
sin querer, teníamos el mismo código que con vos, nos escribíamos, luego nos dejábamos acertijos. En el último que le dejé le decía que la respuesta la encontraría comiendo un durazno. Nunca imaginé que podía asfixiarse con un carozo de durazno. Son enormes los carozos, no entiendo cómo fue que le pudo pasar. Se ve que estaba borracho, porque, ¿qué persona normal se ahoga con un carozo gigante? Yo sé que mis amigos no son muy normales, pero ¡un carozo!”

No pude reprimir la carcajada. Solo imaginar a Daniel ahogándose con un carozo me devolvió el alma al cuerpo. Mi amigo no se había convertido en un asesino, eso me tenía preocupada. Porque en casos así, uno se pregunta ¿Cómo no me di cuenta? Y se reprocha no haber conocido a la persona, en realidad, lo que genera una gran decepción, cuando no un gran vacío. Pero mi amigo era el mismo de siempre, el amigo juguetón que tuvo la mala suerte de que Daniel no supiera escupir un carozo.
“¡No te rías! ¡Es muy serio el asunto!”, me dijo dando rienda suelta a su llanto contenido. Lo
abracé, le sobé la espalda como se hace con un niño. Lo miré a los ojos y le di un beso tierno
de amiga.

Al día siguiente no nos vimos. Por la noche, el encargado de la recepción del hotel me entregó
un mensaje. Decía: “Tu cita es mañana cuando el sol cae a plomo en un extremo del tablero de
ajedrez, allí recibirás más instrucciones, mordiendo el fruto del árbol de las bendiciones”.

Un frío repentino heló mi espina dorsal. Era muy claro que la cita era a mediodía en el Torreón
del Monje, que se parece a la torre del juego de ajedrez. Pero… él sabe que soy alérgica a las
aceitunas. ¿O no? Sin poder decidirme, pasé la noche dando vueltas en la cama. Al otro día preparé mis valijas y fui directo a la terminal de trenes. Allí fui interceptada por Nico, quien me siguió desde mi partida del hotel.

—Es muy decepcionante este desenlace —dijo.

—¿Me estabas probando?

—Quería saber si, de verdad, me creías.

—Podés alegrarte, porque acabas de perder una amiga. La única prueba que conseguiste es que los amigos valoran su vida por encima de cualquier amistad. Podés probar a todos tus amigos, ninguno te va a dar otro resultado.

—Adiós.

—Adiós —respondí cortante— en el hotel te dejé un mensaje de despedida.

Y para mis adentros sonreí, porque mi mensaje decía: “Te encuentro en el lugar de los triunfos, a la hora en que los lobos aparecen en el puerto”. Ese año yo había salido triunfante en nuestro juego de acertijos y la celebración comenzaría en el arco de la entrada a la ciudad.

@Mirna E. Gennaro relato
@Imagen Pinterest


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo