En otra vida, la bebida que derramé sobre ti aquella primera noche sería el brindis inaugural de un pacto silencioso. Ese brindis marcaría no solo un encuentro, sino el inicio de un universo compartido. La melodía que sonaba mientras te sentabas a mi lado sería la banda sonora de una historia interminable, no un eco distante atrapado en los rincones oscuros de mi memoria.
El canto de las aves en la madrugada no marcaría el ocaso de una conversación sin final, sino el preludio de un despertar entre sábanas arrugadas, mientras la luz se cuela como un presagio de días que no conocen despedida. En otra vida, los mensajes que nos enviamos bajo el cielo roto del 31 de diciembre no serían fragmentos digitales, sino palabras susurradas en la intimidad de una noche sin fin, tus ojos marrones clavados en los míos como un ancla, y tu voz no sería tan solo un fantasma, sino el calor envolvente que hace vibrar hasta la última fibra de mi ser.
Quizás, en esa otra vida, nuestras paredes estarían impregnadas de tu perfume y el mío, una alquimia de esencias que contaran historias invisibles. No seguiría escapando del roce de tus dedos, porque contigo, el amor era calma y abismo, una danza donde no había más refugio que tus brazos, donde no existía miedo a ser ni a pertenecer.
Las canciones que no me atreví a dedicarte serían himnos que resonarían con la fuerza de mil promesas no dichas, mientras bailamos descalzos en la cocina, nuestras risas mezcladas con el aroma del té Earl Grey y el té Chai, como el aliento de un tiempo que ya no existe, pero cuya fragancia se mantiene vívida, como un vestigio del ayer. Aretha Franklin y Marvin Gaye no serían solo melodías que repito incesantes, sino el compás de nuestros cuerpos en una coreografía secreta que solo tú y yo entendemos.
Los viajes que nunca emprendimos serían capítulos abiertos, con destinos dibujados por nuestras manos entrelazadas. Leia, nuestra pequeña guardiana, marcaría con sus patas diminutas cada rincón de nuestra vida, dejando rastros de un amor que se desborda, que crea hogar en lo pequeño y lo infinito. Y esa noche de otoño, cuando improvisé un telón con sábanas, no sería un mero juego, sino un augurio de escenas que nunca se detendrían, proyectando nuestra silueta en la eternidad.
Nuestros libros, revistas y cómics se apilarían en nuestra sala de estudio, y aquella colección de figuras de Star Wars que nunca tuvimos sería un altar a nuestra complicidad. Acariciaría más tu pelo liso, me perdería en la textura de tu barba, y dejaría las huellas fucsias de mi cabello en cada pared que toque. Cada pincelada sería un grito de vida, un testimonio de que aquí estuvimos, de que existimos en este rincón del cosmos, dejando marcas de un amor que trascendió lo temporal.
Tal vez esta vez pondría atención al mar que susurraba fuera de nuestra ventana, dejándome arrullar por sus secretos mientras nos fundimos en un abrazo que desafía el amanecer. Sería testigo del contraluz de nuestros cuerpos entrelazados, una danza de luces y sombras que desdibuja los límites de dónde empiezo yo y dónde terminas tú.
Y cuando hablaras de tus sueños, invitándome a imaginar un mundo donde tú y yo fuéramos parte de ellos, yo aceptaría que el amor no siempre se mide en tiempo, sino en momentos compartidos. Quizás, en otra vida, decidas nuevamente tomar mi mano y ser parte de mis locuras, esta vez sí estaré lista, porque ahora lo sé: ese miedo a lo incierto desapareció con el paso del tiempo, dejando solo el vértigo de lo que nunca llegamos a vivir, pero que en otro universo, tal vez, aún podría ser posible.
Pero quizás, en esta vida, los márgenes de lo que fuimos nos han enseñado a ser lo que somos ahora: un amor que ya no busca definirse en lo perdido, sino en lo que dejamos crecer a pesar del tiempo. En la verdad de lo vivido, en la libertad de lo que fuimos y de lo que ahora somos.
No añoro nuestro pasado, ni busco revivir lo que ya no es. Sin embargo, la nostalgia de lo que significaste para mí sigue ahí, como un susurro que resuena al fondo de una canción que nunca termina. Me alegra saber que has encontrado la felicidad, que has seguido adelante y que amas a alguien con esa misma libertad que una vez me diste a mí. Es un placer exquisito que el mundo merece conocer, porque fuiste el amor de mi vida, pero de aquella vida que se cerró entre mis 19 y 25 años.
Gracias por enseñarme que el amor puede ser refugio, que puede ser vuelo sin miedo a caer. Porque en un mundo que me empujaba a esconderme, tú me mostraste que la vulnerabilidad puede ser un acto de valentía y no de debilidad. Aunque nuestros caminos ya no se entrelacen, tú sigues siendo una cicatriz que, lejos de doler, me recuerda que una vez fui libre contigo y que otra vida, sí, quizás en otra vida, tan solo con cerrar los ojos, tendría 19 otra vez y la noche sería testigo de la vida mágica que pudimos haber tenido, si tan solo, otra vida.
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