Tenía exactamente cinco minutos de haber sacado el nuevo micrófono de la caja y –conectándolo a una pequeña fuente de energía- hacía pruebas con él; sonó su teléfono, se puso nerviosa y al apagar el micrófono, meter la mano en la bolsa de su chaqueta y retirar violentamente el cable de la fuente de energía éste se desprendió de la base extrayendo los coloridos alambres y la pequeña batería que lo convertía en un micrófono inalámbrico, además de quebrar la pequeña placa de encendido.
Su familia, amigos −y ella misma− lo reconocían, a veces, tenía una enorme facilidad y vocación para echarlo todo a perder.
La llamada era de su madre preguntándole a qué hora llegaba esa noche para disponer esperarla o dejarle algún platillo de comida en el comedor; a contestar iba cuando el otro teléfono en su bolso de mano sonó, le dijo a su madre que la llamaba en cinco minutos y sacó el otro teléfono, habló con el jefe de redacción, y mientras atendía indicaciones salió del pequeño cubículo con el arruinado micrófono en la otra mano y se encaminó hacia los camerinos, pero al pasar por una pequeña sala de espera volvió a sonar el otro teléfono en su chaqueta, se sentó, dejó el micrófono sobre una mesita de centro donde había revistas y periódicos, y mientras seguía hablando vio en la pantalla del otro teléfono quién la llamaba; aligeró la charla con su jefe de redacción con un “Mejor voy a tu oficina, vale”.
Contestó dichosa en la otra línea y aceptó la invitación a cenar después de las once de la noche cuando saliera de la transmisión; luego se puso melosa con el galante que la invitaba, se levantó olvidando allí el micrófono descompuesto y fue directamente a la oficina de su jefe.
En el camino, mientras seguía su conversación por teléfono, se hizo a un lado para dejar pasar a una secretaria y a un joven de la oficina contable. Ella desapareció por el pasillo y aquellos llegaron a la pequeña sala, allí discutieron acremente y en un momento inadvertido él la tomó rudamente del brazo, la muchacha sin nada más que el micrófono a su alcance lo agarró y lo estrelló violentamente en la frente del muchacho quien cayó al piso sangrando. La secretaria corrió y dio cuenta del suceso y una ambulancia lo llevó a urgencias del Hospital Canalejo donde el joven médico encargado de la unidad estaba por marcharse, ansioso de ir a reunirse con su mujer que lo esperaría en una pequeña cafetería de un centro comercial a pocas calles del centro hospitalario, y, aunque su reemplazo aún no llegaba, era “improbable” que lo necesitaran inmediatamente ¡se equivocó!
El lejano ulular de la sirena de una ambulancia puso en sus entrañas un mal presentimiento: “Pasad, pasad, pasad de largo”. Pero el sonido en lugar de alejarse más se acercaba y él volvió a colocarse su bata de médico y fue a preparar la recepción del paciente.
En tanto el herido era llevado al quirófano para suturarle una herida en la frente llamó a su mujer y le contó lo que ocurría y que no sabía cuánto tardaría, así que le sugirió que tomara algo y se acercara ella al hospital, y en premio, además de la cena, irían al cine.
La mujer del médico pidió un té y un pastelillo –por si su marido tardaba más de lo debido en el hospital- y tras disfrutar su solitaria velada se levantó y salió del centro comercial; un muchacho se puso a caminar al lado de ella y a piropearla; al principio ella caminó más rápido sin poner atención en las vulgaridades, pero cuando el extraño quiso pasar el brazo por sus hombros saltó a un lado y le gritó neurótica: “Déjame, hijo de la fruta”. El muchacho sacó una navaja y la flotó, riéndose frente a la cara de la mujer quien se sintió morir, pero algo sucedió que el desfachatado sólo la escupió en el rostro y comenzó a correr. Cuando llorando sacaba un pañuelo para limpiarse vio pasar corriendo a un policía; dos meses llevaba trabajando en la Institución, se sentía orgulloso de lucir su uniforme ¡y le dio alcance! Logró pescar de la camisa al delincuente, pero éste se giró y hundió varias veces en el vientre del policía la navaja; el agente cayó y el otro huyó entre los autos que pasaban a esa hora por el lugar.
La esposa del médico llamó inmediatamente al 061 y en menos de tres minutos varias radiopatrullas acordonaban el lugar; también llegó un contingente de periodistas. Ella declaró al comisario lo ocurrido y luego fue abordada por una periodista que a quemarropa puso un micrófono en su boca –instintivamente recordó la navaja del delincuente− “¿Usted vio lo que ocurrió, señora?”.
Así comenzó la entrevista la joven periodista que media hora antes había echado a perder un micrófono pero que jamás imaginó cuántas vidas había malogrado esa noche.
@Joaquín Lourido.- A Coruña relato
@Imagen Pinterest
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