miércoles, mayo 13 2026

Goebbels, Mozart, el amor de Jesús Marchante Collado

XXX/I/MMXXV

Me sigue resultando extremadamente duro acercarme a la experiencia Nacional Socialista (el nazismo). Lo voy a hacer de nuevo adentrándome en un film titulado: Führer Und Verführer (traducida como: El ministro de propaganda), cuyo guion y dirección corre a cargo de Joachim A. Lang. Lo primero que agradezco es que sea en alemán; me chirría tener que ver algo en otra lengua que no sea la original en la que tuvieron lugar aquellos hechos tan terribles.

Lo verdaderamente interesante de esta nueva aproximación a esa experiencia delirante, es que desmenuza las relaciones internas entre los distintos jerarcas del NSDAP (el Partido Nazi), de manera muy sutil y convincente. Es verdad, que las distintas críticas sobre la película insisten, sin embargo, en el aspecto del funcionamiento de la propaganda del régimen durante ese período aciago, a manos de una piltrafa que respondía al nombre de: Joseph Goebbels. Pero como decía anteriormente, creo que lo más sobresaliente de este film, es que logra demostrar de manera palmaria la cutrez y la poca sustancia de esos aparentes “superhombres”.  Se ve en las relaciones que mantiene Adolf Hitler con su ministro de propaganda; las de este último con Magda, su mujer oficial; y las del resto de los ministros del Reich con el “Führer”, y entre ellos mismos. Lo que resulta sorprendente es que la catadura tan mediocre de esos individuos tuviera un enorme predicamento entre la mayor parte de las mujeres y los hombres de Alemania. Claro que, de puertas afuera, la simbología que emitían (gracias también a esa maquinaria de propaganda perfectamente engrasada), parecía la de los dioses del “Valhalla” wagneriano. Sin embargo, pecaríamos de honestidad si no dijéramos que los discursos de algunas de esas piltrafas encaramadas en la cúspide del poder, eran lo suficientemente potentes para poder producir el éxtasis entusiasta de las masas.

Pero volviendo al principio de mi análisis, para mí lo verdaderamente original de esta película es que logra sacar a la luz la ñoñería de las relaciones amorosas, personales, y otras, en la que se movían esas alimañas predadoras.

Con todo, no consigo obtener el más mínimo consuelo (a pesar del extraordinario ensayo de Sigmund Freud: Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, que arroja un torrente de luz sobre el origen del mal, lo que le serviría a Hannah Arendt para poder escribir su magnífico ensayo: Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, cuyos textos he leído hace ya mucho tiempo) para poder pasar página de una barbarie que trajo consigo, entre muchas otras cosas, el exterminio de más seis millones de judíos (sólo por serlo) en los campos de concentración. Y no es que quisiera anular la memoria de esos hechos; nada más lejos de la realidad por mi parte. Con pasar página, quería expresar la posibilidad de que hubiéramos podido encontrar, al fin, una explicación definitiva de todo lo que aconteció, y así poder estar tranquilos. No obstante, a pesar del tiempo transcurrido y de todos los análisis y estudios producidos, seguimos sin poder alcanzar esa meta. En cualquier caso, la experiencia nazi estaba de lado de la muerte, como lo está siempre el modo capitalista de producción: independientemente de la época histórica que queramos analizar.

Pasan algunos días (después de esa visión estremecedora) antes de que un concierto en el Auditorio Nacional de Música de Madrid me vuelva a poner en el lado de la vida, que es donde siempre he estado.

Hace muchos meses que no vuelvo al auditorio; y no por falta de ganas. Tal vez me he despistado, entretenido en cosas mucho más banales, y he dejado que los meses transcurran (la temporada empezó en el mes de octubre del año pasado) sin procurar que mis huesos recalasen en ese edifico en el que he estado cientos de veces.

Me atrae ese concierto por tres razones bien distintas. La primera: que una de las dos obras que componen el programa es la: Sinfonía número 38, en Re mayor, Praga, de Wolfgang Amadeus Mozart. La segunda razón es que quien dirige la Orquesta Nacional de España es una mujer, la directora australiana: Simone Young. A pesar de que no sea la primera vez que se suba al estrado una mujer al frente de esa orquesta. La tercera razón es la obra de un compositor polaco que no se suele programar habitualmente, Karol Szymanowski; en concreto, su: Sinfonía número 3 en Si bemol mayor: Canto de la noche, que yo desconozco absolutamente.

Wolfgang, para mí, es Dios. Aunque no lo consideré así desde el principio, cuando llegué a la música clásica de la mano de mi padre, que nos ponía a mi hermano y a mí, cuando éramos muy pequeños, algunos discos, en un viejo y humilde tocadiscos “Philips”. Tampoco tiempo después, cuando yo ya sabía algo de esa música y escuchaba a compositores vanguardistas contemporáneos como: Ligeti, Stockhausen, Varese, Luis de Pablo, Cristobal Halffter, o Tomás Marco, entre otros, en Radio 2 y en discos que yo mismo compraba. Tuvieron que pasar algunos años para que la música del compositor de Salzburgo me entrara hasta dentro. Me resulta muy curioso ahora, mientras escribo, pensar que esa música aparentemente “galante” o “entretenida”, que era como yo la veía en aquel período de mi vida, pueda resultar más difícil de entender de lo que pudiéramos pensar cada vez que escuchamos alguna de las obras compuestas por él. 

Cuando la abstracción de la partitura, con signos poco entendibles, que no dicen gran cosa, se materializa bajo la dirección atenta de la directora australiana, experimento algo que quizás me había pasado inadvertido cuando he escuchado esa música genial en otras ocasiones. De repente, soy consciente de que la música de Mozart aleja cualquier tipo de pensamientos. Su escucha, no sólo impide que “el sueño de la razón produzca monstruos”, sino que logra que la mente quede completamente absorta en ese sonido divino. 

Por supuesto que amo, también, la música romántica, y la postromántica, de: Richard Wagner, Johannes Brahms, Richard Strauss o Gustav Mahler, entre otros. Sin embargo, esta noche, mientras Simone Young hace emerger el sonido desde las notas abstractas del pentagrama, me sucede eso que estoy tratando de explicar: sólo existe la música; mi cerebro está en blanco. Y ese placer que experimento, al darme cuenta que nada se interpone entre la música y mi subjetividad, me colma de felicidad. Es tan intensa esa sensación, que durante algunos instantes llego a “despreciar” esas otras músicas. El Sturn und Drang (La Tormenta y el Ímpetu) me parece algo lejano, e incluso una broma de mal gusto del romanticismo alemán. Quizá esta última afirmación sea algo exagerada; sin embargo, las notas perfectas de la Sinfonía Praga hacen que todo lo romántico, aunque no sólo lo romántico, me parezcan sonidos para confundirnos. Digamos que, a través de esa música mozartiana, la vida emerge con tal fuerza que la melancolía, la ansiedad, el sufrimiento, o la muerte, quedan completamente atrás, prácticamente derrotadas.

La obra de Szymanowski, muy interesante y contenida (dura apenas unos treinta minutos) me sitúa otra vez en una cascada de pensamientos que puede hacerme naufragar. Si hubiese sido yo quien hubiera programado el concierto, hubiera dejado sola la música de Wolfgang. A lo sumo, hubiera añadido alguna partitura más del divino compositor salzburgués.

Pasan algunos días antes de que tenga la inmensa fortuna de contemplar, e incluso llegar a comprender, qué demonios es eso del amor. Sucede cuando estoy yendo a una de esas grandes superficies abarrotada de comercios de todo tipo, donde la gente perece de manera desconsolada, diría yo.  A pesar de que sé de sobra qué, si preguntáramos a unos y a otras, dirían que son islas donde se puede disfrutar del tiempo libre; como si ese tiempo fuera realmente libre, y consiguiese escapar a la reproducción ampliada del capital. No obstante, cada uno es cada uno; yo acudo por una cuestión mínima de intendencia. Desde hace ya bastantes años, utilizo una crema hidratante para el cuerpo, y otra para la cara, para bebés, de una marca italiana muy conocida. Esas cremas, fabricadas para cuidar las pieles, tan sensibles y delicadas, de los recién llegados a la vida, cuidan también las pieles de los adultos. Yo, desde luego, puedo dar garantías de que en la mía han operado ciertos beneficios. El problema es que, a medida que han ido pasando los años, esas tiendas especializadas en esa marca italiana, han ido desapareciendo de la geografía madrileña. Mi último asidero donde podía adquirir esos productos, era una farmacia que está situada en una cierta zona de Madrid. También en ella, han decidido dejar de pedir esos productos; con lo cual mi desolación subía por momentos, mientras mis últimas provisiones iban terminándose. Sin embargo, como dice un famoso refrán: “Dios aprieta, pero no ahoga”. Así que consigo encontrar una tienda de esa marca de productos que está ubicada en esa gran superficie a la que me he referido anteriormente, que, sin embargo, está más allá de la civilización. Y digo más allá de la civilización, porque si uno no dispone de coche, ni tan siquiera sabe conducir (como es mi caso), se ve obligado a llegar hasta el final de una de las líneas de la compañía metropolitana, para después tener que hacer un recorrido a pie (en torno a los cinco kilómetros), y poder llegar, así, a ese enjambre donde uno pierde el norte, el sur, el este, y el oeste. No obstante, no es mi intención entrar a detallar mucho más de esa larga excursión que tuve que hacer para conseguir mis cremas. Lo que quiero contar sucede en el vagón del metro donde estoy sentado.

Para cualquiera que viva en una gran ciudad que tenga este estupendo medio de transporte, no le sorprenderá demasiado que alguien (yo en este caso) pueda presenciar situaciones, historias, y demás. Sin embargo, la mayoría de las veces, el viaje en el metro resulta bastante anodino, incluso incómodo (si va muy abarrotado), sin que suceda nada destacable. Tal vez, sólo haya resultado interesante para mí; sobre todo, porque seguramente no llamó la atención a la mayoría de los viajeros que en ese momento transitaban en ese vagón.

La verdad es que, sin saber muy bien por qué, en un cierto momento alzo la vista y detengo la mirada en una pareja muy joven (chico y chica, entre diecisiete y dieciocho años) situados enfrente de mí, pero algo retirados, no justo enfrente.

Nada más comenzar a observarlos, viene a mi cabeza otra situación que viví en el metro de Londres, hace ya algunos años. No la he olvidado; sobre todo la cara de aquel joven (que a mí me pareció alguien muy particular, tal vez un artista, aunque no puedo afirmar que lo fuera), que puedo ver en esos mismos momentos mientras observo lo que sucede entre ese chico y esa chica. Sobre lo de Londres, escribí un texto que titulé: En el London Underground. Me consuela releerlo, de tanto en tanto, cuando tal vez me siento ligeramente decaído. O más bien, podríamos decir, cuando estoy perdiendo la confianza en los sujetos humanos; cosa que últimamente me suele suceder. También me consuela visionar (lo he hecho ya casi unas cuarenta veces, desde la primera vez que la vi en 1976) la magnífica película de Antonioni: Blow-Up. Sin embargo, el desasosiego, sobre todo, me lo produce el panorama político y militar que hay desplegado en todo el planeta. Pero no es sólo la situación general la que me produce desconsuelo y pérdida de confianza. También en lo más cercano, y en lo más cotidiano, las cosas no las percibo muy boyantes.  Las relaciones humanas (amistosas o amorosas), están a punto de saltar por los aires. O mejor diríamos que ya han saltado por los aires. Podría incluso decir, saliéndome un poco de lo que estoy escribiendo, que tal vez los humanoides (cuando estén ya aquí entre nosotros, en ocho o diez años a lo sumo) podrían convertirse en el sujeto político que nos pueda sacar del lado de la muerte que es el lado de las sociedades capitalistas.

Pero volvamos a ese vagón del metro donde estoy a punto de descubrir, o de intuir, una historia maravillosa. La muchacha me parece especialmente bella, con esa melena oscura que lleva recogida en una especie de moño. Sin embargo, lo que empieza a llamar cada vez más mi atención es su mirada extremadamente tierna, y su sonrisa. Transmite un sentimiento de amor hacia el chico que tiene a su lado (que seguramente es su novio), y lo hace de una manera tan elegante y cauta, que no quepo dentro de mí. Mientras hablan, sus ojos se iluminan. No hay nada de empalagoso en ninguno de sus gestos; más bien son contenidos. Sin embargo, irradian algo muy especial. En algún momento (que yo intuyo que ella está deseando que se produzca, aunque no lo manifieste de manera concreta), el muchacho besa su mejilla. La chica, entonces, sonríe de un modo que hace que mi corazón se estremezca de alegría. Por supuesto, corresponde inmediatamente con otro beso. Pero no es ni meloso, ni agobiante. Es ligero, y muy amoroso. En ese instante, pienso en las feministas radicales que aúllan contra el “amor romántico”, del que seguramente no saben gran cosa. Tampoco, seguramente, que la criatura de Víctor Frankenstein (en la maravillosa novela de Mary Shelley), que leía a Plutarco y a otros filósofos, también leía un libro que para mí resulta imprescindible para transitar esta vida: Las penas del joven Werther, del escritor alemán: Johann Wolfgang von Goethe. Al margen de lo trágico (que en muchas ocasiones plantean, tanto los románticos alemanes, como los ingleses), me interesa señalar la importancia del amor en el devenir de los seres humanos. El libretista de la Ópera de Mozart: La clemenza di Tito, Pietro Metastasio, venía a decir algo así como: “El amor es la delicia de los seres humanos”.

La pareja que hay en mi vagón me tiene completamente cautivado. No me interesan los nihilismos castradores, ni lo “políticamente correcto”, que exhalan algunas feministas radicales, como he señalado anteriormente. La muchacha cada vez me parece más bella. Y no es su juventud lo que me atrae, a pesar de que podría hacerlo. Lo que me tiene subyugado, es esa expresión tierna, dulce y sincera que expresan sus ojos cada vez que mira al muchacho que tiene a su lado; seguramente es la sincera admiración que siente por él. Le habla con una particular parsimonia. Intuyo un respeto y una comprensión que no suele abundar en estas sociedades histéricas que habitamos. Las puertas se abren y descienden: justo dos estaciones antes del final hacia el que yo me dirijo. Siento una enorme, y sana envidia, por ese chico que camina en el andén cogido de la mano de su tierna acompañante. Los puedo ver por última vez, mientras el convoy se introduce en el túnel oscuro. El amor, como la música de Mozart, está del lado de la vida.

La imagen de la izquierda retrata al ministro de propaganda nazi: Joseph Goebbels.

La imagen de la derecha es un retrato del compositor salzburgués, Wolfgang Amadeus Mozart, realizado por Joseph Lange, un pintor aficionado, amigo de Wolfgang (y cuñado) que se había casado con Aloysia Weber, hermana de Constanze, a la que esposaría Mozart. El cuadro representa a un compositor joven (1782-1783) sentado al pianoforte. Parece ser, según confesó ella en vida, que es el retrato que más se asemejaba al compositor. Lange, pintaría también en esos años el retrato de Constanze.

La mirada atenta y concentrada del músico de Salzburgo, siempre me ha impresionado. Transmite una serenidad y una ternura que tal vez quieran indicar eso que él mismo le dijo a uno de sus amigos cuando ya era considerado una auténtica celebridad: “En realidad, lo que yo quiero es que me quieran”.


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