Se escurre el tiempo
por nuestros blandos cuerpos
en esta tierra insólita de todos y de nadie.
Sin un tic tac que los gobierne,
los relojes lloran y se escurren
entre mis frágiles dedos.
Buscan quien los acerque
hasta la orilla que pisamos
cuando aún no había desierto.
Fluyen rumbo a la vida ya perdida,
para darle cuerda por última vez
y lanzarse después, sin ningún miedo,
desde cualquier acantilado.
Y mientras los segundos caen,
celebrar que el tiempo huye,
que aún nos queda por vivir,
aunque solo sea el desconcierto
de ignorar en qué hora
el último aliento se nos escapará,
y en cuál de estos instantes
se nos llevará el viento.
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