Ahora iban y venían vocablos cuidadosamente neutros, lleno de signos amables y vacíos. Ella evitaba mirarme a los ojos, con esa vergüenza crispada que acompaña al final del amor. El peligro era real; no debíamos conjurar al ominoso silencio que podría destruirlo todo.
Con cuidadosa lentitud, procuré explicar que el haberse convertido en una especie de gurú femenino para todos aquellos que procuraban encontrar los mundos de la metáfora, la había apartado de mí en términos de intimidad. De inmediato, la indagué sobre el romance con Ebúrneo, el profesor anciano, especializado en la poesía de T.S. Eliot durante su vida en Missouri.
Me respondió con un gesto de indiferencia intelectual; encogió los hombros y murmuró algo que no venía al caso y que no recuerdo. Dije entonces que lo nuestro era un hábito tenaz (“cuidado: estoy rozando la metáfora”) y aún cuando frecuentáramos otros amantes, regresaríamos a los abrazos originales como… Aquí me detuve; el silencio destructivo también se encontraba en las comparaciones.
Arreglamos nuestra separación con otro pacto expresado en dos o tres fórmulas lingüísticas desprovistas de connotaciones, como “Demos una tregua temporal a lo afectivo” o “Podemos vernos, pero manteniendo aisladas nuestras intimidades” (esta última oración también rozaba la metáfora y por eso decidimos excluirla)
A pesar del pacto y de la aséptica separación, la idea de que ella y Ebúrneo estuvieran juntos llegó a desesperarme. Una madrugada, me levanté insomne y escribí el poema. Con él desafiaba nuestro acuerdo, y me preguntaba con dolor si Carla no reservaba el mundo metafórico para ella y su envejecido amante. Los cinco versos parecieron redactarse por sí mismos.
Abre sus ojos el crepúsculo
Y vomita desde ellos su carne anciana
Las ebúrneas células repletas de monstruos
devoran los tenues pájaros que escapan de tu piel.
Al escribir las últimas palabras, sentí un desahogo profundo y me dormí. Soñé con los versos; en el primero, creaba un mundo en el que un crepúsculo perenne miraba al mundo con ojos abiertos; formaciones de nubes, coágulos de luz y legañas del día sumergiéndose en la negrura de la noche. La carne anciana que vomitara el atardecer se trasformaba en murciélagos oscuros y enjambres de insectos. (Aquí había utilizado el adjetivo “ebúrneo” que era el nombre de mi rival)
En un punto de la luz mortecina que cayera sobre aquel mundo sin noches, sin tardes ni amaneceres, se dibujó la tosca figura de un hombre anciano.
Desperté en el orbe metafórico donde atardecía y a través de la ventana vi al crepúsculo dibujar una cara roja cuyos ojos me miraban arrojando remolinos azules que confluían en un punto central veteado de gris. Pensé que en algún lugar de la imagen estaba el tan temido silencio, pero la ansiedad se impuso y corrí las siete cuadras que me separaban de la casa de Carla. En el trayecto repetía que las paredes eran tenues como fibras de luna, por lo que al llegar pude atravesarlas y entrar al dormitorio. Allí estaba Ebúrneo, como una vil y lúbrica masa negra que se agitaba sobre ella en movimientos de coito. Carla, desnuda, gemía y se entregaba… claro, se entregaba literalmente, de acuerdo a las reglas ónticas de la metáfora; trepaba a una enorme bandeja y abría las nalgas para poner entre ellas una manzana asada y un talo de apio, gozando como nunca lo hiciera conmigo.
A través de su piel escaparon los pájaros de mi poema y eran tantos que se abalanzaron sobre los ojos del crepúsculo y los picaron hasta dejarlo ciego. Habiendo comprobado la infidelidad, rogué a los mismos pájaros que perforaran mis ojos, que se abalanzaran sobre ellos como nubes furiosas, como ciclones emplumados, como alados cuchillos. Rompiendo una de las leyes del mundo de la imagen, las aves no atendieron a mi reclamo suicida y volaron con una indiferencia soberana. Casi rozándome, se alejaron hacia el crepúsculo ciego, que ahora dejaba paso a la noche y a una luna creciente como el vientre de una embarazada muerta.
Salí de la casa de Carla por las hebras de luna de las paredes y caminé hasta el lago. Las metáforas se habían agotado, abriendo en mi interior un gran hueco, sin paredes ni límites. La realidad surgía neta, vacía, solitaria. La luna era una guijarro brillante y el lago una masa de agua que recogía su imagen a través de la vieja refracción del espejo. La brisa de la noche ya no era el aliento perfumado de un gigante hembra, sino el simple y escuálido movimiento de las capas de aire.
En las semanas que siguieron, me sumergí en los tifones del dolor que poblaban las paredes de mi casa y atravesaban las habitaciones. Carla me llamó sólo una vez para confirmar su relación con Ebúrneo, al que describió como un caballero, ágil y vital y me informó que se casaría en dos semanas. También me invitaba a la fiesta. El profesor, que disponía de una fortuna personal, había comprado el bodegón de La Plata, donde nos reuniéramos en nuestra juventud. Tras salvarlo de la demolición, lo remodeló dejándolo como en los años sesenta.
Esas noches seguí soñando con los ojos del crepúsculo; se entornaban y los párpados bajaban con una exasperante lentitud; cuando estaban por cerrarse, se engendraba el tan temido silencio, que surgía de las pupilas del cielo, como una luz rastrera y llena de poder.
Alquilé un elegante smoking para la fiesta. Era una celebración importante y habían invitado a las fuerzas vivas de la ciudad. A fin de recrear la atmósfera de los sesenta, Ebúrneo contrató a importantes conjuntos musicales que alternaban temas melódicos y Rock de la época; la decoración era casi idéntica a la de aquellos días, aunque faltaban detalles, como el empapelado deslizándose por las paredes llenas de humedad, la iluminación amarilla y el exterior descascarado.
Carla estaba luminosa con un traje blanco y corto; en vez de tocado, una tiara blanca adornaba su cabeza. Extendió la mano para saludarme, me agradeció la asistencia y recordó nuestro pacto de no utilizar metáforas. Le contesté que no era mi intención arruinar su fiesta. Mentía. En mi bolsillo guardaba el papel donde garabateara el poema, aunque no estaba seguro si para convocar al silencio sería necesaria una declamación; quizá con un solo murmullo pudiera presentarse el costado silente y amenazador de los símbolos.
Fue el propio Ebúrneo quien me brindó la oportunidad; luego del baile y los brindis, a pedido de Carla, se procedió a evocar lo que fueran las reuniones en el bodegón; cada uno de nosotros expondría una teoría descabellada con la más absoluta seriedad.
Me incluyeron y esperé con paciencia a que hablaran de globos de helios movidos por energía espiritual; de la fabricación de correas para perros fantasmas y de una jalea hecha con excrementos de mosquito que prometía la inmortalidad.
Cuando me llegó el turno, y anuncié que iba a declamar un poema, vi que Carla empalidecía y derramaba una copa de vino que sostenía en la mano. Antes que pudiera detenerme, empecé con los versos
Abre sus ojos el crepúsculo…
Y vomita desde ellos su carne anciana…
Las ebúrneas células repletas de monstruos….
devoran los tenues pájaros que escapan de tu piel…
…………………………………………………
Los puntos suspensivos al final de cada uno de los versos, indicaban el trabajo del silencio; mientras repetía el resto, seguía contemplando el momento en que el cielo del atardecer cerraba sus enormes ojos y producía esa brillante materia cargada de muerte. La línea de puntos final indicaba que el mutismo había llegado hasta nosotros y caía sobre cada uno de los que estábamos en la fiesta.
Carla extendió sus manos hacia mí y gritó un largo ¡¡¡NOOO!!! que caracoleó sobre sí mismo y se hundió en un colosal tubo junto con los invitados, las paredes, los muebles y los camareros que servían las mesas. El viejo bodegón fue un vórtice que atrajo a todo el universo.
Con una alegría jubilosa y cruel, también me precipité en aquel pozo y caí sin límites, arrebatado por el silencio. Las metáforas desfilaban a mi lado como exhalaciones fluorescente; “el silencio de la tarde que ponía cerrojos a la sombra; los muelles del alba convertidos en enormes gatos amantes del agua salada; peces hechos de estrellas que se zambullían en un mar sin fondo; azules anémonas de las lejanías…”
Ahora atravieso cataratas sin forma ni destino y sé que Carla está en alguna parte; a veces la veo volar junto a mí con el hermoso traje blanco, sin soltar el ramo y repitiendo aquel NOOOO que se prolonga en la melancolía de los abismos. Entonces le grito que este caos universal fue el precio necesario para recuperar las metáforas; que quizá en algún momento de esos amaneceres que me recorren como relámpagos breves, nos encontremos en un mundo donde seamos el inicio de todo. Allí hablaremos en imágenes, el cielo será verde, la brisa calma y el silencio se habrá convertido en el inofensivo pendular de la mansa y poderosa sucesión de días y noches; signos y símbolos; calores y fríos; mis labios y los suyos, buscándose en las luces rastreras de algún ciego crepúsculo.

@Gocho Versolari poema
El terrible silencio que ocultan las metáforas
15/01/2025
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Escritor, poeta y ensayista. Writer, poet and essayist, Écrivain, poète et essayiste
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