XXII/II/MMXXV

Son las cinco de la mañana (la obscuridad es aún muy profunda) cuando mi viejo despertador emite un sonido
no demasiado estridente que me indica que debo de tirarme de la cama y hacer
que deje de sonar. No obstante, en apenas cinco minutos, sonará la alarma de
mi móvil (que no uso casi nunca) que también he activado. Ese breve lapsus de
tiempo es el que aprovecho para seguir tumbado en mi lecho tratando de
despertarme de manera definitiva. Para que el tremendo madrugón que me
acabo de dar no sea tan “traumático”, enciendo mi vieja radio cassette recorder
“decó”, que fabricaba la marca “Sharp” (japonesa) allá por los años ochenta del
siglo veinte, y sintonizo Radio 2 (la conocida emisora que ahora se denomina:
Radio Clásica), para escuchar un poco de música.
Recuerdo perfectamente que ese modelo “decó”, no llegó a comercializarse en
España. Yo se la había visto a dos chicas inglesas en la playa de
Benalmádena, en la costa malagueña. Por supuesto, aún no existían ni los
móviles, ni los ordenadores, por lo que no pude hacerle una fotografía, ni
tampoco realizar ningún tipo de búsqueda informática. Me limité a anotar el
modelo, y a constatar (según me pareció entender, dado mi casi nulo
conocimiento del idioma inglés) que ellas la habían adquirido en Londres. Por
supuesto, mi retina también grabó la imagen de ese bellísimo aparato receptor.
Por aquel entonces tenía una novia (Cristina) con la que había viajado en el
verano a esa playa del sur. Hacia el mes de octubre, Cristina y yo hicimos un
viaje a Londres, con la cobertura que sabíamos que nos iba a procurar mi
querida amiga María Jesús, que vivía desde hacía algunos años, con su marido
inglés, en esa ciudad. En aquel Londres de finales de los años ochenta, en el
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que yo recalaba por segunda vez, aún se podía seguir el rastro de la ciudad
que yo había descubierto por vez primera en 1977. En aquella ocasión todavía
estaba cercano (relativamente) en el tiempo, ese Londres en el que había
rodado Antonioni (en 1966) su magnífico film: Blow-Up. Sin embargo, a pesar
de que habían transcurrido más de diez años en esa segunda ocasión, todavía
se podía intuir ese Londres de Blow-Up. No obstante, faltaban más de treinta
años para que, finalmente, pudiera recalar en el “Marion Park”, que es donde
se desarrolla la trama principal del film. Lo he hecho recientemente, en julio del
año pasado, gracias, también, a María Jesús, y sobre todo a George, su
marido, que nos llevó en coche a esa zona algo perdida en el sureste de
Londres, al otro lado del río.
Volvamos, no obstante, a ese madrugón del que estaba escribiendo. Me he
levantado tan temprano porque voy a abandonar España. ¡Cómo suena eso! Y
lo voy a hacer para viajar a una ciudad del País Vasco, Bilbo (Bilbao), que por
supuesto no es España.
Me apetece mucho hacer este viaje de ida y vuelta en el mismo día (a pesar de
las casi diez horas de viaje que voy a emplear en los dos trayectos),
fundamentalmente por dos motivos. El primero, como estoy diciendo, porque
me produce un inmenso placer salir de España (aunque no vaya a franquear la
frontera hacia ningún país extranjero, salgo de ese territorio que es una
auténtica invención). Salgo de España, porque vivo en Madrid. Y para los
“nazis” que están en la Puerta del Sol (en el viejo Palacio de Correos, donde se
llegó a proclamar la Segunda República, en un luminoso día de abril de 1931,
el catorce para ser exactos, y después, durante la dictadura, se torturó y se
asesinó en ese mismo edificio), Madrid es España. Y digo que son “nazis” con
absoluto convencimiento, porque durante la pandemia del Covid-19,
practicaron la “Eugenesia” contra (por lo menos) 7.291 ancianos que estaban
en Residencias, aunque con toda seguridad fueron más. La presidenta de la
Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (del Partido Popular), y su gobierno,
al igual que hicieron los nacional-socialistas en los campos de exterminio,
seleccionaron y discriminaron por razón de edad a esas personas, simplemente
por ser eso, ancianos. Firmaron cuatro protocolos (que son públicos, y pueden
ser consultados por cualquiera) y los aplicaron, para dejar morir de manera
cruel, y premeditada, a esas personas indefensas en sus Residencias, sin
derivarlos a ningún hospital. Esa misma presidenta ha llegado a afirmar (y
también es público) lo siguiente: “De todas formas, se hubieran muerto igual”.
Pues bien, en esta madrugada voy a salir de esa España que cada vez me
carga un poco más. España, como ya he comenzado a deslizar, es una
absoluta entelequia. Ni Catalunya, ni el País Vasco, ni Galicia, ni Cantabria, ni
siquiera Andalucía, ni Extremadura, ni la Mancha (mi querida tierra originaria),
ni Aragón, ni Canarias, ni las Baleares, ni Asturias, ni… son España. Tal vez, lo
único que podría denominarse de ese modo, sería lo que antes se conocía
como Castilla la Vieja. Lo demás, en cambio, para nada.
Por eso sé que en estas primeras horas de este miércoles viajo hacia otro
lugar, hacia otro territorio, lejos de la estulticia y el nazismo que se ha instalado
hace ya demasiado tiempo en el viejo Palacio de Correos. Diré, de pasada, que
esa misma presidenta se niega a significar ese Palacio que tiene “ocupado” (es
verdad que, gracias a los votos de muchos centenares de miles de ciudadanos,
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y eso sería interesante analizarlo en otro momento), como edificio en el que se
practicó la tortura, la vejación, y el asesinato, durante el largo período de la
dictadura del General Francisco Franco. Rechaza poner una placa que haga
alusión a esos hechos, como le han reclamado diversas asociaciones de la
memoria y el mismo gobierno de la nación.
No obstante, con todo, lo que me produce una rabia inmensa es pensar que
algunos jerarcas nazis fueron sentados en el banquillo en Núremberg, por los
crímenes que cometieron, y, en cambio, la presidenta de la Comunidad de
Madrid y los ejecutores de esos protocolos de la vergüenza, no han sido aún
juzgados. Y lo peor es que dudo de que eso se llegue a producir algún día;
espero, sin embargo, equivocarme.
La mañana es algo fría y muy gris. La lluvia amenaza con descargar sobre la
capital de España. No obstante, me importa un carajo. Mi alegría, aún
contenida, se desbordará cuando esté en la bella y siempre sorprendente
ciudad de Bilbao.
Entro en la estación del metro, cercana a mi casa, tres minutos después de las
seis de la mañana (sus puertas se han abierto a esa hora en punto), y a pesar
de que hubiera imaginado que apenas me encontraría con viajeros a esta hora
tan intempestiva, la realidad material se impone: grupos de proletarios y
proletarias (asalariados y asalariadas) reposan sus posaderas, como yo mismo,
en los asientos todavía no repletos de los vagones.
Me espera un largo trayecto hasta recalar en la vieja y fea estación de
Chamartín (denominada recientemente, Clara Campoamor); con lo bonitas que
son la de Atocha Mediodía, la antigua estación de las Delicias (cerrada al
tráfico ferroviario hace ya más de medio siglo), o la también (deslucida, y un
poco fuera de su cometido ferroviario) estación del Norte-Príncipe Pío. Cuando
finalmente llego a mi destino, sé que me voy a encontrar en medio de unas
obras de remodelación integral de la estación. Hace ya muchos meses que los
trabajos prosiguen sin prisa, pero sin pausa. Es una especie de laberinto, sin
minotauro, desde que se abandona la estación del metropolitano, hasta que
finalmente uno puede acceder al vestíbulo (o lo que sea ese espacio) de la
mencionada estación de trenes. No importa; sonrío y estoy feliz.
Mi acompañante para el viaje es la magnífica biografía, que creo haber
señalado ya en algún texto anterior, sobre Franz Kafka, escrita por alguien que
sabe (como pocos) abordar un trabajo de esa índole. El autor se llama Reiner
Stach. Está compuesta por dos volúmenes que suman casi tres mil páginas. No
quiero dejar de señalar en esta ocasión que está traducida de manera magistral
por Carlos Fortea. Llevo ya leídas casi cuatrocientas páginas, y estoy seguro
que este largo viaje de ida y vuelta hasta Bilbao hará que siga avanzando sin
prisa, pero sin pausa.
A pesar de no ser alguien que guste de apoyarse en el refranero, en esta
ocasión me viene enseguida (a la cabeza) uno de los más conocidos: “Más
vale estar sólo que mal acompañado”. Me viene ahora que estoy ya
cómodamente sentado en el tren; si bien, tengo que reconocer que ya me
había venido antes, mientras sacaba los billetes del tren y el ticket para el
Museo Guggenheim. Y no es que yo me considere un sujeto asocial o un lobo
solitario; nada más lejos de la realidad. Sin embargo, en las sociedades
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capitalistas en las que vivimos, todo empuja hacia eso: hacia el aislamiento de
los sujetos humanos; aparte de que ese mismo sistema trate de engullirnos de
manera persistente en el más deprimente nihilismo, o en el pesimismo más
abyecto. Es por eso que echo mano del refrán, porque visto lo visto, es muy
difícil llegar a un acuerdo con otro sujeto (masculino o femenino, aunque para
ser honestos, diré que yo estoy pensando en uno del género femenino), no ya
para hacer un viaje en compañía, sino para algo mucho más baladí, como ir a
un cine, a un concierto, o charlar relajadamente en un bonito café, que todavía
queda alguno en Madrid.
Al final, hacer este viaje “solateras” no deja de producirme una cierta
satisfacción; si bien, como acabo de insinuar, me hubiera hecho mucho más
feliz abandonar España compartiendo una agradable compañía femenina, para
que nos vamos a engañar.
La biografía de Kafka vuela durante estas casi cinco horas de trayecto hasta
Bilbao. Sobrepaso con creces las quinientas páginas. Antes he podido observar
cuánto le ha costado al día llegar. Eran más de las ocho y todavía la noche no
había levantado el vuelo. Cuando finalmente llega, un cielo muy gris impide que
la luminosidad del sol consiga alumbrar un precioso día. Sin embargo, el
contraste de los diversos grises que conforman la bóveda celeste tiene también
su encanto.
Agradezco infinitamente que la estación donde llega mi tren esté situada en
pleno centro de la ciudad. Me agrada que ahora se denomine estación
Indalecio Prieto. Es una vieja y pequeña estación con una marquesina de hierro
y de cristal, como tantas estaciones diseñadas al final del siglo XIX y principios
del XX.
Me hace una enorme ilusión volver a encontrarme con el Guggenheim,
después de un impasse de más de veinticinco años. Lo había visto, casi recién
inaugurado (eso tuvo lugar el 18 de octubre de 1997), unos meses después,
junto a mi novia italiana de entonces.
La obra del arquitecto canadiense Frank Gehry (aún vivo, con la solemne edad
de 95 años), no solo me pareció entonces sobresaliente, sino claramente
genial. Por eso estoy deseando volver a verlo, para ver si sigo pensando lo
mismo.
A pesar de que tengo la fortuna de poseer una buena memoria, no es suficiente
para recordar de manera precisa por donde tengo que ir, una vez que he
abandonado la estación. Es mi segunda visita a Bilbao, y han pasado, como
acabo de escribir, más de veinticinco años; con lo cual, ni la más portentosa
memoria podría recordar el itinerario. Así que pregunto a una señora que me
parece del lugar y enseguida me indica hacia donde debo dirigirme: es cuestión
de quince minutos a pie. ¡Perfecto!
Avanzo por la Gran Vía, sin querer fijarme (de momento) demasiado en
algunos edificios que miro sólo de reojo. Cuando llego a una plaza (la que me
había indicado la amable señora), creo poder situarme en aquella lejana
primavera de 1998. Enseguida, a través de una de las calles, diviso a lo lejos
una porción de esa arquitectura inconfundible.
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El día sigue siendo muy gris, y amenaza lluvia; según mi dispositivo móvil (y no
suele equivocarse) la lluvia hará su aparición en breve. Más tarde, sobre las
dieciséis horas, el sol lucirá con determinación. Ya lo comprobaremos más
adelante.
La estructura inconfundible de titanio, desafiando la grisura del cielo, me estalla
cuando accedo por una de las calles perpendiculares a la plaza. Ahí está, ajeno
a los tiempos oscuros que vivimos. Enseguida soy consciente de que los
veinticinco años que han pasado desde que lo viera por vez primera, no sólo no
le han pasado ningún tipo de factura, sino que es más bello si cabe. No
obstante, no he venido hasta Bilbao para ver esta bellísima obra de la
arquitectura contemporánea. El madrugón y el largo viaje tienen que ver con
una exposición de una artista (poco corriente, por denominarla de alguna
manera) de la que hasta este momento no he conseguido ver ninguna obra en
vivo. La pintora se llama: Hilma Af Klint, y era sueca.
Días atrás, sin saber muy bien por qué, entro en la página del museo y
descubro que la exposición está a punto de concluir. Sabía que había sido
inaugurada el 18 de octubre del pasado año; en ese momento, me hice la
promesa de que tendría que hacer el esfuerzo de desplazarme hasta la ciudad
vasca para poder verla. Después, el tiempo pasa y consigue borrar de la
memoria ciertas programaciones mentales que uno se había hecho. Sin
embargo, el efecto de la causalidad múltiple espinosiana (lo que comúnmente
se conoce como azar o destino) en muchas ocasiones viene a socorrerle a uno.
Así que aquí estoy en este miércoles de finales de enero, dispuesto a cumplir
con aquella promesa que me hice en octubre.
Es verdad que Af Klint era una perfecta desconocida para mí (seguramente
también para la mayoría de los que están interesados en el arte), hasta hace
un año más o menos. A través de algún artículo que la AI (Inteligencia artificial)
permite que penetre en mi dispositivo móvil, vengo a saber que esta
desconocida artista sueca es nada más y nada menos, que la precursora
(fundadora) del denominado arte abstracto. En ese mismo texto, el autor se
dice a sí mismo que los que escriben los manuales de la Historia del Arte,
tendrán que reescribir dicha historia. Y lo tendrán que hacer porque hasta el
descubrimiento hace unos cuantos lustros de la obra desconocida de esta
artista, el pionero del arte abstracto era el pintor ruso Wassily Kandinsky, con
su Acuarela abstracta, realizada en 1910. Ahora, Hilma Af Klint, parece que
tendrá que ocupar su puesto en los libros, porque sus primeros cuadros
abstractos datan de 1906-1907. No obstante, mientras estoy escribiendo este
texto, de nuevo la causalidad múltiple hace que descubra a otra artista (todavía
más desconocida) inglesa, que nace en las Palmas de Gran Canaria y cuyo
nombre es: Georgiana Houghton. Ella es la que adelanta de manera radical, no
sólo a Kandinsky, sino a la artista que vengo a ver al Guggenheim. Y lo hace,
porque he visto imágenes de sus acuarelas abstractas, que están fechadas en
los años setenta del siglo XIX, ¡alucinante! Pero ahora, no es el momento de
descubrir a Georgiana (que por cierto está enterrada en el cementerio
londinense de Highgate, donde reposan personajes como Karl Marx y Jenny,
su compañera, la escultora Anna Mahler, hija de Gustav y Alma, o el historiador
marxista Eric Hobsbawm, entre otros, y que he visitado ya en tres ocasiones);
ahora le toca el turno a Hilma.
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Tengo que reconocer que estoy bastante emocionado, y algo nervioso, porque
finalmente voy a encontrarme con los cuadros de esta artista tan especial. No
obstante, el Guggenheim por dentro me atrapa y hace que retrase (durante
algunos minutos) mi entrada en las salas dedicadas a la pintora sueca.
He visto imágenes de sus cuadros y sé más o menos con lo que me voy a
encontrar; sin embargo, una cosa son las imágenes y otra la realidad material
de la obra. Enseguida me doy cuenta frente a qué artista estoy. Me produce
una cierta ternura leer (aunque ya lo sabía) que llevaba a cabo prácticas
espiritistas con otras cuatro mujeres, amigas, también pintoras (el denominado
“grupo de las cinco”). Me produce ternura ese hecho, porque viene a mi cabeza
algo relacionado con mi entorno personal. Mi abuelo materno, en compañía de
su yerno, es decir, el padre de mi abuela, también materna, se divertían en
Madrid, yendo a visitar casas donde se llevaban a cabo esas prácticas a través
de un “médium”. Debió de acontecer en las primeras décadas del siglo XX. Se
metían en una de esas casas y se sumaban al grupo que estaba llevando a
cabo la sesión de espiritismo. En ese momento, en lugar de preguntar al
“médium” por alguien que hubiera fallecido hace tiempo, lo hacían por uno de
ellos dos, sin que ese mediador entre el más allá y el más acá, tuviera la más
mínima idea. Entonces, cuando el “médium” (todo concentrado) empezaba a
desgranar información sobre esa “supuesta” persona del más allá, mi abuelo y
mi bisabuelo le decían la verdad, al mismo tiempo que se tronchaban de la risa
y salían disparados hacia la calle. Le habían reventado todo el “tinglao”.
Cuando empiezo a ver los diez enormes cuadros, de más de 300 cm., por uno
de los lados, y más de 200 cm., por el otro (en realidad realizados con tempera
sobre papel, montados sobre lienzo), denominados: Los diez mayores,
pertenecientes a su famosa serie: Los cuadros para el templo (iniciados en
1906, y que se compondría al final de nada más y nada menos que de 193
obras) es cuando me doy cuenta de la anticipación que suponen esas obras.
Me da igual que el soporte filosófico (o la excusa) sea la Teosofía o la
Antroposofía de su admirado Rudolf Steiner. También que ella dijera que en las
sesiones espiritistas con el mencionado “grupo de las cinco”, unos ciertos
maestros espirituales “invisibles” le comunicaran lo que tenía que hacer; me
importa un comino. Cada cual bebe de las fuentes que le procuran la
posibilidad de imaginar y de crear. Lo que me impacta es que ella les pasa a
todos por la izquierda: por supuesto a Kandinsky, pero también a Malevich, a
Kupka (que por cierto era también teosófico y practicaba el espiritismo), o a
Mondrian. Los deja a todos atrás, antes de que ellos pudieran comenzar a
vislumbrar qué demonios era la abstracción. Steiner le recomendó que no
enseñara esos cuadros antes de que pasaran 50 años después de que ella ya
hubiera desaparecido; Hilma lo rebajó a 20. Pero el fundador de la Antroposofía
no estaba en condiciones de entender lo que la artista estaba haciendo; de
hecho, rechazó un regalo que Af Klint le quiso hacer (en forma de pinturas)
para que decorasen el palacio Goetheanum, en la población suiza de Dornach,
donde se reunían los seguidores de ese dirigente espiritual. Es algo que suele
ocurrir; tampoco Nietzsche lograba entender la revolución que estaba llevando
a cabo (en la música) su amigo Richard Wagner, y tal vez por ello acabo
rompiendo con él.
La serie de El cisne, que comienza en 1914 (con las trincheras ocupando
media Europa) aparentemente como algo figurativo, acaba deconstruyéndola,
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para llevarla a la abstracción más pura. Me fascina su capacidad para
transformar esa aparente figuración hasta llegar a una síntesis tan brutal. Pero
también me fascinan sus primeros trabajos; su buen oficio (había pasado por la
Real Academia Sueca de las Artes) para dibujar flores, paisajes y otros objetos.
No debemos olvidar que al igual que harían años después los surrealistas (la
artista catalana, Remedios Varo, entre otras), ella y su grupo de amigas
practicaban la escritura automática. Y no sólo, porque llenó cientos de
cuadernos (con más de 5.000 páginas escritas) donde iba transmitiendo su
pensamiento. Por lo tanto, considero que Hilma Af Klint es también escritora.
Me encanta el orden y el buen hacer que contemplo en sus cuadernos donde
va anotando de manera escrupulosa y metódica los datos, las fechas, y todo el
proceso de su propio trabajo.
Y hay algo que también quiero subrayar: su posición absolutamente inclusiva
respecto de los géneros (el masculino y el femenino), al diferenciarlos en dos
colores: el amarillo que representa lo masculino (al que califica de luminoso), y
el azul (que denomina oscuro) que representa la esencia femenina. Digo que
es inclusiva, porque en sus dibujos y pinturas hay siempre un momento en el
que los dos colores acaban juntándose (dando lugar al verde), escapando
siempre de la tentación nihilista de situarlos separados o imposibilitados para
que se pueda producir el encuentro deseado. Tal vez, esa espiritualidad que
fluía dentro de ella, que le permitía crear con esa absoluta libertad, produzca
una actitud conciliadora y no destructiva respecto a los dos géneros. No
obstante, tenemos que decir que ella optó por una pareja femenina: Thomasine
Andersson, con la que compartió su vida desde que la conoció en 1918.
Podría tratar de referirme a otras de sus series o de sus cuadros. No lo voy a
hacer; me he limitado a señalar algunos aspectos desde donde se puede
contemplar el resto de su obra. Sin embargo, quiero señalar que la artista
defendió el derecho al sufragio femenino en la Suecia de principios del siglo
XX.
También quiero comentar cómo de una manera anticipadora (en 1933), escribía
en sus cuadernos lo siguiente: “Göring representa la barbarie, Hitler la voluntad
de dominar a las masas”. Decía que ambos padecían megalomanía, y soñó
con una revolución femenina: “La mujer asumirá el control y salvará a la
humanidad”. Ya sabemos que no pasó de ser un deseo.
Tengo la suerte de haber encontrado (después de una búsqueda pertinaz) el
catálogo de la exposición, en una librería de Segovia. La falta de previsión,
como ya he podido ver en otras ocasiones, ha hecho que dicho catálogo se
encuentre agotado (en la propia librería del museo) desde diciembre, antes de
que se cierre la exposición.
Antes de abandonar el Guggenheim (afuera diluvia, y quiero dar tiempo para
ver si cuando lleguen las cuatro de la tarde la AI ha acertado), hecho un vistazo
a la colección permanente del museo. He fotografiado desde arriba (al entrar)
la desazonadora e imponente instalación de Richard Serra (desaparecido el
pasado año), que ya me impresionó en aquel lejano 1998: The Matter of Time
(La Materia del Tiempo). Me sigue produciendo (dentro de su absoluta belleza)
un cierto desasosiego.
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Me llevo una enorme sorpresa cuando descubro una obra de la que no tenía la
más mínima referencia; está fechada en 2019, y es de un artista
contemporáneo de Ghana, que responde al nombre de: El Anatsui. Su obra, de
grandes dimensiones, 800 X 1400 cm., está realizada sobre un soporte de
aluminio y alambre de cobre, y lleva por título: Mar Creciente. Me quedo un
buen rato observándola (en una sala donde no hay nada más expuesto), y
después la fotografío. Estoy seguro que esa imagen tan potente, me llevará a
reflexionar sobre la nueva serie de cuadros que quiero iniciar a la vuelta de
este viaje exprés. La última sobre la que he trabajado (basada en la enorme
impresión que me produjo la lectura de la novela de Bram Stoker: Drácula, que
tiene casi quinientas páginas) es ya otro punto y aparte, en mi trabajo como
artista.
Quedan apenas cinco minutos para que el reloj digital de mi teléfono móvil
marque las 17:00 horas. Ha dejado prácticamente de llover, y aunque todavía
el cielo permanece muy oscuro oteo en la distancia (a través de una de las
enormes vidrieras del museo) una pequeña porción de bóveda celeste azul;
ese azul cobalto que exhibe el cielo en las primeras horas de la tarde. En ese
preciso instante (a pesar de que todavía hay numerosos charcos sobre el
pavimento externo y mis zapatos no están precisamente preparados para la
lluvia), decido abandonar los dominios protectores del Guggenheim.
Me resta casi una hora y media de tiempo hasta la partida de mi tren hacia
Madrid. Por eso (ahora que el sol se impone, destruyendo los negros y grises
nubarrones) me lanzo hacia el exterior para poder admirar la espectacular
estructura de Titanio y vidrio de esta obra maestra de la arquitectura.
Después de volver a sacar algunas instantáneas, donde más tarde podré
admirar el contraste que la luz de la tarde refleja sobre esa estructura, y la que
emitía por la mañana con la ausencia del sol, decido darme un voltio por la
ciudad.
Lo primero que quiero hacer es visitar la “Alhóndiga”, porque mi hija Alma me
ha advertido que no se me ocurra abandonar la ciudad sin ir a visitarla. En
aquel lejano 1998, ni mi novia, ni yo mismo, teníamos la más mínima referencia
sobre ese edificio. De hecho, sé que era un antiguo almacén de vinos que
había sido construido en 1909. A los pocos años sufrió un incendio, y de ahí en
adelante permaneció (como tantos otros) abandonado a su suerte, hasta que el
Ayuntamiento de Bilbao decidió restaurarlo, acondicionándolo como sala de
exposiciones, piscina cubierta, cines, restaurantes, etc. Finalmente abrió sus
puertas al público en 2010. El arquitecto responsable de su restauración,
ampliación y reforma, sustentó el nuevo edifico interior con 43 columnas de
estilos diversos, realizadas por el diseñador industrial francés, Philipe Starck,
que dotan al interior de una estética bastante interesante. Ese viejo palacio de
estilo neoclásico, con toques de gótico isabelino, dotan a todo ese entorno del
ensanche bilbaíno de una gran prestancia.
Mientras me iba acercando a ese viejo almacén, podía observar (ahora sí,
detenidamente, no como esta mañana) la cantidad de edificios de estilo
racionalista (años treinta del pasado siglo) ante el cual siempre me postro de
rodillas. No puedo olvidarme de ese diseño que empezó a tomar carta de
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naturaleza en la Gran Exposición Internacional de las Artes Decorativas e
Industriales Modernas, que tuvo lugar en París, en 1925.
El cogollo de esta bellísima ciudad que es Bilbo (Bilbao), está repleta de una
variedad infinita de ese tipo de arquitectura. Y observo algo que no es baladí: al
contrario de lo que sucede en mi amado Madrid, aquí se conservan las puertas
de entrada (originales) a esos edificios. A nadie se le ha ocurrido (como ha
sucedido hace muchos años en Madrid) quitar esas puertas y sustituirlas por
horribles sucedáneos que nada dicen de la belleza de sus fachadas. Pero claro
(me digo), esto no es España. Y en España (Madrid, sobre todo), parece que
está permitido el espolio y la destrucción del patrimonio arquitectónico moderno
y contemporáneo. ¡Qué horror, qué insoportable es la estulticia!”, me digo.
En ese deambular me encuentro con una verdadera institución (el Hotel
Carlton). Sin llegar a emular del todo al deslumbrante hotel del mismo nombre
(en Niza, en la costa azul francesa), que conozco bien, me detengo porque
descubro una placa en la fachada que alude a que en ese complejo hotelero
estuvo instalado, entre 1936 y 1937, el Gobierno Vasco, presidido por José
Antonio Aguirre. Eso hace que entre en su interior y descubra una pequeña
estancia (a modo de salón), con una bellísima claraboya, que me recuerda a
otra que conozco muy bien: la del Hotel Palace, de Madrid. Se me pone piel de
gallina pensando en esa época crítica de la España republicana, donde los
vascos, catalanes y gallegos gozaban de sendos estatutos de autonomía,
bastante limitados en sus atribuciones, porque el Gobierno de la Segunda
República abogaba por un jacobinismo bastante estricto respecto a lo que
debía ser la conformación del territorio nacional. Y se me pone la piel de
gallina, también, porque la derecha española (con las distintas denominaciones
que adopta, según los tiempos históricos), vuelve a las andadas, si es que
alguna vez las abandonó, y conspira permanentemente contra las instituciones
democráticas y el Gobierno de Coalición, legalmente constituido. Es verdad
que, no están en condiciones de poner en marcha ninguna asonada militar,
como hicieron en julio de 1936; no obstante, utilizan todos los medios a su
alcance (el aparato judicial, los mass-media y todo lo que sea menester, para
conculcar el voto popular de julio de 2023).
Mientras sigo disfrutando de este Bilbao señorial y burgués (poco español
como ya hemos indicado), me viene a la cabeza lo que podría haber llegado a
ser esta ciudad si el proyecto de Reforma viaria parcial del interior de Bilbao,
propuesto por Secundino Zuazo Ugalde, arquitecto y urbanista (La Casa de las
Flores, El Frontón Recoletos y Los Nuevos Ministerios, entre otros, proyectados
y realizados en Madrid), a quien venero desde hace muchos años, hubiera
visto la luz. Tengo en mi poder uno de los cristales fotográficos originales, con
uno de sus diseños para inmuebles previstos en esa reforma, que demuestra
bien a las claras que Bilbao hubiera llegado a ser el Chicago vasco, o por
extensión el Chicago español. De verdad, que todos esos edificios proyectados
por el arquitecto oriundo de Bilbao, suponían una modernidad y una
racionalidad sobresalientes. Tengo que decir que ese proyecto (publicado en la
editorial Gráficas Reunidas, S.A. de Madrid en 1922, que no tengo la suerte de
poseer, aunque si la reedición moderna del Colegio Oficial de aparejadores y
arquitectos de Vizcaya, de 1987) me sigue resultando extraordinariamente
moderno.
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El tiempo corre deprisa (solo cuando uno es niño o adolescente parece que va
a cámara lenta, y los años parece que no van a pasar nunca), y tengo que
caminar a buen paso hacia la estación de Indalecio Prieto. El sol sigue
brillando, las sombras juegan sobre las fachadas de los edificios. Al entrar en el
viejo hangar, descubro un busto de hierro dedicado al antiguo ministro
socialista de Obras Públicas de la República (que, dicho sea de paso, fue un
gran sostenedor de Zuazo Ugalde en las propuestas que éste llevaba a cabo),
que al contrario del que hay en uno de los laterales de los Nuevos Ministerios
de Madrid (vandalizado por hordas de energúmenos nazi-fascistas, de tanto en
tanto), no tengo noticias de que sufra ese tipo de asaltos. En apenas cinco
horas, estaré de nuevo en España.
La imagen de la izquierda es una fotografía (hecha alrededor de 1902) de la
artista sueca Hilma Af Klint. La pintora aparece recostada en el sillón de su
estudio y emite una mirada de seguridad y de calma que me impresionan.
La imagen de la derecha representa uno de esos cuadros abstractos (de gran
formato) que empezó a pintar en 1906, para la extensa serie denominada: Los
cuadros para el Templo. En él, a base de espirales, círculos y demás, la artista
entra de lleno en la abstracción. A destacar, también, el uso del color, sobre
todo con ese atrevido naranja como fondo del cuadro que dota a todo él de un
mágico equilibrio. Las temperas utilizadas para su realización asemejan a una
pintura al óleo, o acrílica.
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