Hoy me he reencontrado con el gran Rodrigo Rodríguez. Muchos ya no se acordarán, pero Rodrigo Rodríguez fue uno de los literatos precursores de dar la matraca. Recuerdo como si fuera ayer por la tarde su insistencia a la hora de anunciar su ópera prima, ‘Tabarra macerada’. Mañana, tarde, noche, fines de semana y festivos recordando que había escrito un libro, que si el Círculo de Pastores de Espinazo la estaba leyendo, que si la sección de cultura de la hoja parroquial había hecho una reseña o que si la había lanzado a la jeta a todo un Pérez Reverte. Un día recibí un mensaje de Rodrigo Rodríguez en el cual me solicitaba una dirección postal para hacerme llegar un ‘Tabarra macerada’. Accedí y a los pocos días tenía un mamotreto de 780 páginas, al cual deduje que debía alimentar y sacar a pasear frecuentemente para que hiciera sus necesidades. He de confesar que no pude con él, aunque posteriormente publiqué unas palabras entusiastas junto a una foto del libro tomando el sol en Playa Bolonia. Para alivio de mi paupérrima reputación, pude comprobar que a otros compañeros actuaron de forma parecida. Rodrigo Rodríguez siguió publicando conjuntos de relatos, poemarios y diez o doce novelas junto a sus intensas campañas de autobombo y turra solo respondedidas por la indiferencia. Y así siguió, lanzando libros al vacío, hasta que un día dejó de dar señales de vida, como si la literatura lo hubiera finalmente exiliado.
El caso es que hoy me he encontrado al gran Rodrigo Rodríguez. Ha encontrado trabajo como valla publicitaria anclada en un margen de la autovia. Ahora su obra magna es un anuncio de retoques estéticos, ofreciendo a los conductores lo que su literatura nunca logró: un cambio visible. Su imagen es literalmente más visible que nunca. Aunque lo he intentado esquivar, me ha parado y me ha comentado que finalmente ha logrado captar la atención del público. Y, para ser sincero, esta vez no puedo llevarle la contraria.
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