Los niños de Gaza.- Historias que no tendrían que ser contadas por María José Luque Fernández

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Hay cosas que no deberían pasar. Historias que no tendríamos por qué contar. Y esta, la de los niños en Gaza, es una de esas. Duele. Pero más que doler, deja un nudo en la garganta. Porque no se trata de números, ni de política, ni de titulares. Se trata de niños. De infancia hecha polvo, literalmente.

Y no, esto no empezó ayer. Gaza lleva arrastrando heridas desde hace mucho. Décadas. Generaciones enteras que han vivido entre muros, explosiones y miedo. Desde que la ONU reconoció a Israel como Estado en 1947, Palestina quedó… como en pausa. Está, pero no del todo. Existen como pueblo, como cultura, como identidad, pero no como país. Y en ese limbo, la guerra nunca se detuvo.

¿Y sabés quiénes terminan pagando siempre? Los que menos culpa tienen. Los civiles. Y entre ellos, los más indefensos: los chicos.

Hoy no hay lugar seguro para ellos. No hay escuela, no hay hospital, no hay casa que no pueda caer en cualquier momento. Muchos murieron ya. Y los que siguen vivos… sobreviven como pueden. Sin agua limpia, sin comida, sin papá, sin mamá, sin abuelos. Algunos sin siquiera un nombre. Porque ya no queda nadie que los nombre.

Se habla mucho de su “fuerza”, de su “valentía”. Pero, ¿qué fuerza puede tener un nene de 5 años que solo intenta esquivar bombas? ¿Qué valentía se le puede pedir a alguien que ni siquiera entiende por qué está corriendo? No deberían ser valientes. Deberían estar jugando. Soñando. Riéndose. Llorando por un raspón en la rodilla, no por perder a su familia.

La comunidad internacional mira, comenta, condena. Pero las palabras no curan. No salvan. No abrazan. Mientras tanto, los chicos siguen muriendo. Y lo peor es que el mundo parece haberse acostumbrado. Como si fuera parte del paisaje. Como si fueran “cosas que pasan allá”. Pero no. Son cosas que nos deberían importar acá también. Porque hablamos de chicos. Como los tuyos, como los míos, como los que fuimos.

El Muro de las Lamentaciones sigue ahí. Para muchos es un símbolo de fe. Para otros, de distancia. Pero tal vez, esta vez, debería ser un lugar para llorar lo que de verdad duele: una infancia que se está perdiendo. Entera. Frente a nuestros ojos.

Quise escribir esto cuando entregaron sus cuerpos, los de su madre y  sus niños, pero decidí callar y respetar ese dolor. Shiri fue secuestrada junto a sus dos hijos, Ariel y Kfir, de 4 años y 9 meses de edad respectivamente, durante el ataque realizado por Hamás el 7 de octubre de 2023. Sólo son unos más de los secuestrados y asesinados allí.

Y aún estamos a tiempo. No mucho. Pero lo estamos. El mundo tiene que despertar antes de que no quede nada por salvar.

@María José Luque Fernández.

@Imagen creada IA


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