Tenía que darme prisa y terminar de arreglarme cuanto antes, pues había quedado con mis amigas en una teteria en la calle de la Morería y quería ir andando… si a eso se le puede decir andar. Vivo en la calle Segovia, está prácticamente al lado, pero yo camino muy despacio debido a una enfermedad rara que me afecta al equilibrio y la movilidad. Por eso siempre salgo con tiempo, para llegar puntual sin estrés.
Me puse mi abrigo, cogí los palos de trekking —que para mí son como una extensión de los brazos— y salí a la calle con esa mezcla de emoción y tensión que da cualquier plan social. Caminaba tranquilamente cuando noté una ráfaga de aire frío; el tiempo había cambiado de golpe, como si alguien hubiera apagado el sol a traición.
Entonces, al pasar por una callejuela, vi algo que me heló la sangre. Un hombre discutía con una mujer, pero no era una simple pelea: la estaba zarandeando, empujando, imponiéndose con violencia. Me ardió la sangre. A mi ritmo, sí, pero ahí que iba yo, dispuesta a intervenir. Aunque sólo pudiera darle un palazo bien dado. Y justo en ese instante, lo sentí. Una descarga eléctrica, potente y repentina, subió desde mis pies hasta la coronilla. Fue como si algo se activara dentro de mí. De pronto, me lancé a correr —¡sí, correr!— y cuando llegué, le metí un palazo al tipo que lo levanté del suelo. El individuo se tambaleó, sin entender nada. Ni él, ni yo.
Lo señalé con uno de mis palos y le solté, con toda la firmeza de una superheroína de barrio:
—Como vuelvas a ponerle una mano encima a una mujer, o a cualquier ser vivo, te las verás conmigo.
Él asintió, con los ojos como platos, y salió huyendo. ¡Guau! Me sentía como Superwoman, versión castiza. Una mezcla entre vengadora improvisada y justiciera intermitente.
La mujer me abrazó emocionada, agradeciéndome como si le hubiera salvado la vida. Y quizá sí lo hice. Pero lo más curioso vino después: en cuanto me alejé de la escena, el equilibrio desapareció. Volví a necesitar mis palos. Como si aquella fuerza prestada hubiera caducado en cuanto todo volvió a la normalidad.
Había perdido unos quince minutos, así que aceleré el paso todo lo que pude, que en mi caso equivale a “ligera brisa”. Menos mal que mis amigas nunca son puntuales. Y que en la tetería me esperan con risas y té de jazmín.
Mientras avanzaba, no podía dejar de pensar en lo ocurrido. ¿Qué había sido eso? ¿Un impulso, un milagro, un superpoder activado por la indignación? ¿Había sido elegida por alguna fuerza misteriosa para impartir justicia fugaz? Quizá esos poderes solo aparezcan cuando más se necesitan, y desaparezcan cuando se cumple el propósito.
Y entonces, me dio por mirar mis palos. Me di cuenta de que el mango de uno de ellos brillaba tenuemente, como si conservara algo de esa energía. Me detuve un momento, lo observé bien… y lo sentí: un leve zumbido, como un corazón latiendo. No era imaginación.
O quizá sí.
Más tarde, ya en la tetería, mientras mis amigas hablaban de cosas triviales —del chico nuevo de yoga, del precio del pan sin gluten y de lo que dijo la vecina del tercero— yo seguía dándole vueltas al asunto. No podía dejar de pensar que aquel episodio no había sido casual. Y, entre sorbo y sorbo de té, me asaltó una idea loca: ¿y si esto volvía a ocurrir? ¿Y si había una razón para que me pasara a mí?
Quizá no soy una superheroína. Pero tengo dos palos, una causa justa… y mucho tiempo libre. Lo demás, ya se verá.
@Vanesa Zamora
@Imagen Pinterest
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