Cómo íbamos a imaginarnos que no sabía nadar, si era la viva imagen de un pez: labios lívidos y abultados, ojos saltones, la piel escamosa… Era bien conocido en la ciudad, siempre rastreando contenedores de basura.
Se le veía caminar con dificultad, sus piernas tan juntas apenas despegaban los tobillos y sus bracillos cortos parecían aletas dorsales, y las manitas… ¡apenas abría los dedos!
Aquel día espléndido de primavera caminaba por el borde del muelle, mirando ensimismado los pececillos, y cayó al mar. Como no salía a la superficie, todos pensaron que se quedó a vivir allí, en su medio natural, persiguiendo los barcos que van dejando esa estela de deshechos tan nutritiva.
@Joaquín Lourido – A Coruña
@Imagen Pinterest
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