El nombre de mi hermana apareció de nuevo en el azogue del espejo como un negativo revelado entre los vapores del aseo matinal. Lo mismo había ocurrido los tres últimos días con aciaga insistencia, impregnando de un temor ancestral el enrarecido ambiente. Me puse un traje oscuro y recordé tres semanas atrás cuando el vaho de la ventana del que fuera su cuarto sobreimprimió una cruz que, como grabada al ácido, nadie pudo borrar.
Durante el velatorio un silencio profundo aleteaba en círculos concéntricos con el negro plumaje del ave carroñera hasta que un grito desgarró la inocencia de sus catorce abriles. Inscrito en la ventana un mensaje inquietante causaba el desconcierto entre los familiares. Con impúdica burla en letra gótica se leía: ‘el siguiente eres tú’.
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