—Venga, vamos a no hacer nada —dijo Cloé cuando fue a buscarlo. Y ahora están tumbados sobre la hierba, junto al arroyo, rodeados de margaritas y del zumbar de los insectos. El cielo se llena de inmensas nubes blancas y Cloé saca de ellas figuras y formas. A Bastien le basta con su risa. Los dos tienen dieciséis años y él morirá de cáncer a los cuarenta y cinco. Cloé se casará, conocerá a sus nietas y en algún instante del futuro olvidará este momento. Pero ahora están aquí, en la pradera, dejando pasar su tiempo, escuchando el amor de la vida durante una tarde de verano sin fin, detenida en un mundo que sólo es para ellos.
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