Jueves, 10 de julio
No he escrito en varios días. Necesitaba digerirlo. Literal y emocionalmente. Pero vamos al grano: la cena del domingo. La cena con ellos.
No estaba preparada para lo que me encontré.
Jean es un hombre mayor. Unos setenta años, calculo. Alto, enjuto, de esos que parecen llevar encima un abrigo invisible hecho de lecturas. Atractivo. Lo cierto es que es muy atractivo. Te atrapa, te enreda, te anula… Lleva gafas redondas, tiene una voz pausada y un acento que no supe ubicar al principio, aunque luego me dijo que era serbio. Se presentó con una copa de vino en la mano y un “encantado, Lara” pronunciado como si me conociera de antes. Me pilló descolocada. Yo me había vestido para ellos, imaginando a Jean como una versión de Simón. Y me encontré con alguien que parecía salido de otra época. De otro planeta.
Cenamos en el salón. Todo estaba demasiado perfecto: la luz tenue, la vajilla impecable, la comida templada, el pan crujiente. Habían encargado la cena en un restaurante superchic que ahora está muy de moda: Luz de Sal. Cocina de autor, raciones microscópicas y nombres pretenciosos. Todo muy minimalista. Menos mal, porque apetito no tenía. Simón, cariñoso pero prudente. Jean, atento. Yo, con la cara en llamas. En un momento dado, Jean me preguntó qué estaba leyendo. Le dije que el libro de Simón, claro. Me sonrió. Dijo que era su favorito. Sin duda el mejor de los que había escrito hasta ahora. Yo asentí. No confesé que iba por la página 336 y que tuve que cambiar al audiolibro en la 110 porque cada vez que intentaba leer, me entraban calores por sitios que los filósofos no suelen visitar.
Terminamos el postre y Simón puso música. Jazz suave. Y ahí fue cuando Jean me miró con calma.
—Simón habla mucho de ti.
Me atraganté con una miga de tarta y no supe si darle las gracias o pedirle algo para recomponerme. Después, todo se suavizó un poco. O yo me fui aflojando. O el vino hizo su magia. Jean me cogió de la mano y me dijo que era preciosa, que Simón no había exagerado al describirme. Yo me reí demasiado fuerte. Nerviosa. En fin, todo extraño, yo patética, y Jean, creo, divirtiéndose con mi confusión.
Cuando me despedí, me abrazó. No un abrazo cualquiera. Uno con todo el cuerpo. Me excité. Mucho. ¿Por qué? No lo sé. Deseé que me pidiera que me quedara. Que me dejara restregar mi piel contra la suya mientras Simón me follaba por detrás. No lo hizo.
Subí las escaleras hasta casa con una mezcla rara de sensaciones. No sé si me sentía admirada, deseada o simplemente elegida para un experimento que no alcanzo a comprender. Esa noche no dormí. No por ansiedad. Dormir era imposible con la cabeza intentando traducir una lengua que aún no sé si sé hablar.
El lunes volaron a Tenerife. Simón presentaba el martes allí y el miércoles en Lanzarote. Después se quedaban unos días por las islas. Agradecí la tregua. Sigo en estado de shock. No me los puedo quitar de la cabeza.
Estos días mi jefa no ha parado de hacerme la vida imposible con ese talento que tiene para sacarme de quicio. Pero yo, en mi mundo. En mi nube. En mi propio universo paralizado. ¿Dónde me estoy metiendo?
Continuará…
Emecé Condado
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.