viernes, mayo 8 2026

Pepe, el eterno (y el secreto de la eternidad) by Daniel Mariscal

El amor nos hace eternos. Eso pensaba y creía, entonces….

En esos pensamientos andaba volando, cuando escucho que se abre la puerta del ascensor del séptimo piso. Al plegarse la puerta de chapa, como si se corriera el telón, aparece ella y dice:

-Hola,…¿vas abajo…?

-Sí, le contesto fríamente, apoyando un brazo contra el costado de la puerta, el mejor estilo Bogart, en la película Casablanca. Salvo el cigarrillo, me faltaba todo lo demás. Ella tenía un cierto aire a Ingrid Bergman. Inmediatamente descarté a idea de escuchar aquella melodía en el piano (Nuestros años felices), por dos razones. La primera: dónde consigo al negro Sam, el pianista que conoce los acordes de la canción. Ya debe estar muerto. Y la segunda, más importante: cómo hago para meter un piano, un pianista y dos personas más, sentadas en una mesa, dentro de un ascensor.

Lo primero que percibo, es una especie de vientito perfumado, una estela inolvidable, que deja a su paso cuando ingresa y pronto toda la caja de hierro se llena con su fragancia. Y uno que es dueño de una nariz de tamaño considerable, no puede escapar al influjo y quedar atrapado, como en una telaraña, por ese aroma etéreo.

Cuando estoy dispuesto a cerrar las puertas plegables e iniciar el viaje, junto a ella, oigo una voz que grita:”un momento, un momento, por favor” Hago como que no escucho y me dispongo a apretar el botón de la planta baja. Alguien golpea insistentemente y pide a los gritos: “esperen, esperen, por favor”.

Malditos soldados del séptimo de caballería, siempre tiene que venir ustedes, anunciándose con el toque de clarinete, al rescate de esta criatura blanca y de cabellos claros, llenos de rulos, llena los vaqueros, llena el pulóver… el llano de llamas…¡ya va…!

Abro la puerta, por pedido de ella. Aparece un viejito parado como un soldadito de plomo, con las manos apoyadas a un costado de sus piernas y mirándome fijamente. Zás, el capitán Grant, pienso. Por la edad, ese pelo canoso, prolijamente cortado; la estampa, parado bien derecho, sin dejar caer los hombros. El carajo que pronuncia al final de unos monosílabos, que no alcanzo a escuchar, me convencen enseguida de su origen criollo.

Ingresa al ascensor, caminando con cierta dificultad. ¿Abajo…?, pregunta con un tono de voz firme, de general retirado.

-Sí señor, respondo en forma cortante. Y pienso: abajo de la tierra tendrías que estar, viejo entrometido.

Firme como si lo hubieran clavado en el piso, con las manos juntas, el viejo mira el indicador de pisos que vamos pasando. Mirándonos a ambos (a la rubia y a mi), nos dice: “Nos hemos juntado las dos generaciones, el viejo y los jóvenes. Así como me ven tengo 90 años”.

Claro, lo percibo de mucha edad, pero no se me hubiera ocurrido jamás pensar que tuviera tantos años.

– Qué bien se lo ve- le digo como para darle ánimos. Aunque más no sea para que le alcance hasta llegar a la planta baja y no se nos muera en el interior del ascensor.

Ella, para no ser menos acota:

– Ojala llegara a sus edad, algún día, abuelo

– ¿Y por qué no?- contesta el viejo. Ahora más seguro.

– Y por que los jóvenes de hoy no nos cuidamos tanto, fumamos mucho, tomamos mucho. Es otra clase de vida – contestó yo, de puro metido nomas.

Ella lo mira como extrañada y me mira a mí como un extraño.

¡Qué ojos, por Dios! Nunca me habían mirado de ese modo. Nunca me sentí tan poca cosa, después de que ella me mirara.

– Yo no fumo- aclara ella enseguida, mirando primero al viejo y después a mi. Hace más de dos años que dejé el vicio. Todo es cuestión de tener un poco de fuerza de voluntad. Esto último, lo dice mirando y sonriéndole al viejo.

– Qué bien, dice el viejo, como si el mérito fuera de él. Ya lo creo que es fuerza de voluntad y de buenos consejos.

Lo mismo estoy pensando. Fuerza de voluntad es lo que me contiene en estos momentos para echar el viejo por el huevo del ascensor. Miro la luz blanca del techo y de reojo la espío por el espejo y nos encontramos con las miradas. Enseguida ella dirige sus ojos en dirección al viejo, que sigue hablando.

– Mi nombre es Pepe

– Manuel el mío

– Yo me llamo Mónica

Sonrisas de los tres.

– No fume, Manuel- dice el viejo

– – ¿Cómo…? Perdón, no lo escuché… estaba pensando en otra cosa (No es otra cosa: es en ella en quien estoy pensando)

– Fume menos y fornique más. Ese es mi secreto- dice el viejo con total naturalidad.

Lo miro. Miro a ella, para ver qué cara puso, si es que llegó a escuchar. Parece que si escuchó, porque levanta los hombros, como diciendo: vos sos el que fuma. No dejo de mirarla. Cuántos años tendrás será más grande de lo que aparenta: 23 ò 24. Si no fuma, entonces qué.

El viejo espera una respuesta. Por si acaso, pregunto con cierta inocencia.

– ¿ No me diga que ese es el secreto de su longevidad..?

– Totalmente- dice el viejo. Pero como Usted comprenderá ahora sólo lo hago una sola vez por semana. Hasta hace unos meses lo hacía todos los días… ¡Es tan lindo!

Ella permanece callada. Simplemente mira al viejo y se ríe. Pero no me mira, esta vez baja la vista y aprovecha para acomodar algo en el bolso.

Llegamos a la planta baja. Todavía estoy sorprendido. Pienso: este viejo es un mentiroso, quiere fantasear delante de ella. Abro las puertas del ascensor y el viejo baja. Sale arrastrando los pies y, después de avanzar unos metros, se da vuelta y me grita:

– Joven, hágame caso si quiere llegar a viejo como yo.

Luego, baja el volumen de su voz y se despide de ella. “Hasta luego, querida nieta. No vuelvas muy tarde”. Se pierde entre la gente, que a esa hora entra a la galería a ver la exposición.

Permanezco inmóvil, mirando a la multitud, como tratando de ubicar al viejo, como para saber si se había estado burlando de mí. Reaccioné, cuando escuché la voz de ella.

– Este abuelo Pepe. En mi familia lo llaman el eterno. Son los genes- dice casi tímidamente.

Y me mira. Sus ojos parecen pancartas que anuncian que no quiere irse

– Vamos a tomar algo y conversamos. Me interesaría conocer algo más de tu vida- digo yo. (Pensando en aquello del secreto de lo eterno)

– Bueno-me contesta ella. Mi mira y se ríe.

Comenzamos a caminar y con la excusa de que podríamos desencontrarlos con tanta gente, le tomo la mano. Ella no dice nada, al contrario siento como su mano aprieta la mía, al tiempo que una sonrisa cómplice aparece dibujada en su cara.

Mientras tanto, yo, pienso en aquellas palabras del viejo y obviamente en comenzar, cuanto antes, el tratamiento para alcanzar la eternidad. No sin antes tirar el atado de cigarrillos, delante de ella, como para que al pasar los aplaste.

 

© Daniel Mariscal

Del libro «Pensar en mañana»

Derechos Reservados

 

 

 

 

 

 


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