sábado, mayo 2 2026

DE PATRIA, MATRIA Y PATRAÑA by Esther Bajo

                                        

Los neorrancios seguidores del sistema tecnofeudal que va imponiéndose, en su concienzuda labor de rescate de conceptos desfasados han recuperado el de patria. Bien. Nada en contra de quienes se sientan (nos sentimos) ligados afectivamente al lugar de nacimiento o a la terra patria (tierra de los padres), que es como define el diccionario la palabra, pero conviene, al menos, saber de qué hablan quienes se autodenominan patriotas, porque se trata de un término realmente confuso. Para empezar, es bien sabido que deriva del latín pater, en referencia a los antepasados, y es famoso el verso de Quinto Horacio Flaco: “Dulce et decorum est pro patria mori (dulce y honorable es morir por la patria)”. Pero lo cierto es que durante milenios para nombrar las raíces que formaban parte de la identidad de una persona sólo se utilizaba la palabra tierra.

La palabra patria empezó a usarse en el siglo XVIII -es decir, bastante recientemente- en Inglaterra, ligada a la figura del rey. En España, la introdujo Campomanes, unida a las de Estado y nación, otros dos conceptos que es fácil confundir con el de patria. En todo caso, el patriotismo estaba sólo asociado a la prosperidad económica y al florecimiento de las artes, no a la política. Curiosamente, su puesta de largo en la política se hizo en América para defender el colonialismo español y, al mismo tiempo, el anticolonialismo, pero, sobre todo, se utilizó, tanto en España como en Portugal, y ya en el siglo XIX, para aglutinar el sentimiento de independencia frente a la invasión napoleónica. “Españoles, ya tenéis patria”, exclamó Agustín Argüelles cuando se aprobó la Constitución de 1812, en cuya redacción colaboró activamente, en referencia a la liberación del país tanto de Napoleón como del Antiguo Régimen. Por supuesto, se precipitó porque, como es bien sabido, el infame Fernando VII, cuando regresó a España, pagó a quienes le habían hecho el trabajo de expulsar a Napoleón, ejecutándoles o, como en este caso, enviándoles a prisión y a la palabra patria se la despojó de su sentido económico, cultural y ahora también político, para convertirla en un valor moral a la altura de Dios y rey.

Pero siguió siendo un término confuso. Así, el también liberal Buenaventura Aribau tituló “Oda a la Patria” la obra que sentó las bases para el posterior nacionalismo catalán,  aunque como paradigma de lo volátil de la palabra, él comenzó su proclama afirmando que “Espanya és la nostra nació, pero Catalunya és la nostra patria”. Y, mientras, los liberales que habían enarbolado el “todo por la patria” contra Napoleón y Fernando VII lo repetían para apoyar a la reina frente a los carlistas, con un “Todo por Isabel II, todo por la patria”, que serviría de modelo para ilustrar la estatua de Benlliure al Ejército con un “Todo por la Patria, todo por el Ejército”. La frase terminó convirtiéndose en lema militar, muy querido por los golpistas que cuarenta años después provocaron la Guerra Civil Española, lo que sirvió para la aparición del despectivo neologismo “salvapatrias” (no incluido en el diccionario) para nombrar a quienes tratan de imponer un nuevo orden por la violencia o la supresión de derechos y, en general, a  quienes quieren salvar a su patria de un supuesto peligro cuando el peligro real son ellos mismos.

Desde entonces, la patria siguió siendo un concepto liberal y revolucionario en países como Méjico o Cuba, pero profundamente conservador en España y la conclusión que pretendo extraer de este muy superficial resumen de la historia del término patria es que, como decía Federico Luppi en la película “Martín Hache”, la patria es un invento; un invento para afianzar otro: el de la artificial división de un territorio en regiones, países, naciones… situándolos bajo distintos símbolos también inventados, como las banderas. Todo para imbuir en las personas el sentimiento de pertenencia a una comunidad concreta (a un bando, que de ahí viene bandera), cuando quizá sería más lógico quedarse en la definición de José Martí: “Patria es humanidad”.

En todo caso, quizá fuera más apropiado nombrar ese sentimiento de afecto a la tierra en la que se ha nacido como matria, un término que utilizó la vicepresidenta española Yolanda Díaz y que le valió un aluvión de críticas y chanzas, aunque es una palabra probablemente anterior a patria, que ya aparece en antiguos textos griegos; cito a Plutarco: “la tierra es la madre y la matria, la nación emocional”. Ya en el siglo XX, el historiador mejicano Luis González proponía esta palabra por ajustarse mejor a su propósito evocador, sobre todo por parte de los emigrantes; y también la utilizaron Virginia Woolf, el filósofo francés Edgar Morin, Miguel de Unamuno, María Zambrano, Borges o la filósofa búlgara Julia Kristeva. Sería una deriva tan natural como lo ha sido la evolución de la expresión “patria potestad” desde el poder absoluto que el hombre tenía sobre la vida y la muerte de sus hijos y demás miembros de su familia, al conjunto de derechos y deberes que padres y madres tienen sobre sus hijos para garantizar su desarrollo y protección hasta que son mayores de edad.

Pero patria o matria, me importa determinar qué es ser un patriota. Por ejemplo, ¿es patriota el que cuelga una bandera rojigualda made in China en su balcón pero tributa en otro país para evitar contribuir a los gastos públicos, es decir, los que revierten en el bienestar de la comunidad a la que pertenece? ¿Es patriota el que aboga por la defensa militar del territorio o el que defiende el sistema democrático de su país?, ¿el que pone su afinidad política por encima de los intereses de sus conciudadanos… es patriota? ¿Es patriota el que sólo quiere cerrar fronteras traicionando su propia identidad, hecha con el ADN de innumerables etnias y pueblos? Mis respuestas van implícitas en las preguntas pero, sobre todo, me pregunto a mí misma si, aunque etimológicamente no tienen nada que ver, patriota no estará siendo confundido con patraña.

Esther Bajo

 


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