Eres tú, y solo tú, la provocación.
La flecha directa que atraviesa mis defensas,
el catalizador que me arrastra a esta lujuria
donde el alma se rinde a las carnalidades más crudas.
Tu recuerdo no es una chispa, es un incendio perpetuo.
Una flama que agita la calma de mis sábanas,
convirtiéndome, en la intimidad sombría de mi cuarto,
en una bestia lúbrica, sin Dios, ni ley,
que gime y se transforma en el éxtasis solitario.
Te deseo a una profundidad que duele y exige.
Ansío que te conviertas en el verdugo de mi cama.
Que cada pliegue de mis telas, cada hebra de seda,
sea el testimonio ardiente de miles de noches de pasión, un frenesí tan nuestro que no necesite testigos.
Por favor, ven haz realidad todos mis sueños húmedos.
Ven y haz de mí el desastre que anhelo.
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