Rasgo fundamental de la juventud es el enfrentamiento contra los valores establecidos. Esto es ley de vida y algo que ha sucedido ininterrumpidamente durante generaciones. Le pasaba a mi padre, aconteció con mi abuelo y supongo que se trata de una dinámica que afectaría a todos mis ancestros. Tanto es así que Platón, hace más de dos mil quinientos años llama la atención sobre este particular. En sus Leyes reniega de la nueva paideia y reclama un retorno a los orígenes educativos para así establecer un orden reconocible en una polis ateniense sumida en la degradación según el criterio del filósofo. Si bien es cierto que se trataba de un momento de crisis, Platón estaba haciendo lo propio a su edad provecta: no entender a la juventud. Por su parte, los efebos atenienses se afanaban en lo que de suyo les correspondía: desentenderse de la tradición y explorar vías alternativas a las de sus mayores. No obstante, y como sucedería tras la disolución de la organización clásica en base a las ciudades-estado, en el período helenístico se recuperarían hábitos y usos propios del pasado, aunque nunca se retornaría a un tiempo pretérito extinto y únicamente preservado en el recuerdo y la moral.
Podría decirse que este movimiento pendular oscilante entre el rechazo de los recién llegados, la incomprensión de los mayores y el retorno a los usos perdidos es una constante en todo tiempo histórico. Con independencia de las modas desde una perspectiva estética, se mantiene un sustrato telúrico vinculado al proceso de enculturación experimentado que, por otro lado, es normalmente compartido por todo un conjunto. Es decir, queda grabado en nuestro ser más íntimo y esencial esa forma en la que hemos sido criados y, de no mediar algún tipo de desgracia o revolución copernicana que venga a alterar todo de manera radical, solemos terminar por mirar ese momento pasado con cierta ternura y nostalgia. Aquí, pues, se explican las innumerables campañas publicitarias que bucean en los recuerdos para así hacer negocio. Ahora bien, antes de reconocer el valor del paraíso perdido, pues las memorias suelen resultar edulcoradas y artificiales, se produce un tránsito en el que lo que prima es el enfrentamiento y la destrucción. El joven conforma su propia identidad erigiendo una barrera contra los adultos que han marcado su camino. Lo que antes eran dogmas inamovibles, absorbidos acríticamente durante la infancia, tornan elementos adecuados para la crítica y derribo. Se entienden las normativas como obstáculos para el propio desarrollo y como cumbres a conquistar para así dejarlas atrás. Sin embargo, el camino resulta cíclico y, con escasas modificaciones, se suele retornar al punto de partida para aceptar los presupuestos otrora rechazados.
La otra cara de la moneda es la de la madurez e incluso la senectud que no entiende lo que está sucediendo. También esta sensación es universal y atemporal, pues se olvida la propia fogosidad aplacada por el crecimiento y se levanta una barrera de incomprensión frente al avance de unos recién llegados sospechosos, pero en el fondo idénticos a los que están a punto de abandonar este mundo. El reflejo resulta tan alejado que termina por distorsionarse y no reconocerse. Sin embargo, tras esa imagen alterada podemos localizar al joven que algún día fuimos y del que nos hemos olvidado. Convendría echar un vistazo de vez en cuando a imágenes de cuando vivíamos en el pasado y comprobar las similitudes con los extraños hormonados a los que no terminamos de comprender del todo, aunque identifiquemos cierto aire de familiaridad. Este es el universo de los Reverte o Sabinas que reniegan del tiempo presente para aferrarse a la ficción de lo que nunca fue. Chocan con unas nuevas generaciones a las que consideran incapaces y entienden su propia extinción como una pérdida irreparable que jamás encontrará reemplazo. Algún día estuvieron en ese mismo lugar levantándose contra lo que entendían injusto, rechazando los consejos adultos y esperando hacer su propia ruta sin necesidad de ofrecer explicaciones a los que hacen las reglas. Ahora son ellos mismos los que producen la normativa que debe ser rebasada para recuperarse al poco tiempo.
Es, pues, innegable este choque intergeneracional. Podría incluso decirse que es uno de los motores imprescindibles para el avance social ya que sin estos cambios de marcha no podrían rebasarse las metas a superar. De un lado, la incomprensión y, por otro lado, la confrontación. De esta fricción dialéctica emerge la novedad que, al fin y al cabo, no lo es tanto, pues siempre toma pie en el escalón previo. Dicho lo cual no cabe duda de que nos encontramos, como siempre sucede, sumergidos en uno de estos momentos de choque y enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo. Quizás como novedad podría aducirse la aceleración del tiempo presente ya que, a la sombra del desarrollo técnico y científico, se producen alteraciones en nuestros modelos sociales de enorme trascendencia e importancia. Quizás aquí esté nuestra propia revolución copernicana. Ahora bien, en el fondo late la cuestión imperecedera del contraste entre lo reciente y lo marchito. Para muestra un botón: se señala a la juventud como nostálgica de regímenes totalitarios sobre los que no tienen experiencia directa. Como titular resulta alarmante, pero como realidad no deja de ser un lugar común remitente a la situación expuesta en las líneas precedentes. Sí es cierta la emancipación contra los valores establecidos ya que es ley de vida, pero resulta falaz asumir una generalidad tan extrema como la mencionada. La realidad, al menos desde mi punto de vista, es diametralmente opuesta. Hay cierta actitud combativa para con el legado recibido, que no es otra cosa que la herencia de los regímenes democráticos en los que los adolescentes de hoy han desarrollado sus vidas. Ahora bien, esto no es óbice para reconocernos en el espejo de una multitud que persigue la justicia social, la tolerancia y la convivencia ya que en estos terrenos se ha producido un avance evidente. El problema viene de los populistas dispuestos a aprovechar los momentos de indecisión, pero confío plenamente en el criterio de los que vienen a recoger el testigo. Frente a sentencias grandilocuentes me quedo con la cotidianeidad y el entendimiento del que los recién llegados ofrecen una buena muestra.
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