u madre al verlo nacer y saber que era “diferente”, lo abandonó a su suerte. Quizá era egoísta o clasista, como quieran llamarlo; pero el caso es que tras su origen al mundo de los vivos y verse un poco desigual. Sabía que no sería querido por nadie.
Unos lengüetazos para limpiarle la sangre, quizá era una especie de despedida y tras ello, vio que su madre, trasladándoles con el hocico a sus hermanos, los separó para siempre.
Solitario y sin esperanza de vida, el felino se arrastraba en busca de alimento. Sus maúllos eran lastimeros y nadie le tenía lástima, no obstante, él siguió deslizándose bajo esa plúmbea noche y logró poco a poco, alcanzar sobras de lo que nadie quería. Cartones de leche, bordes de empanadas o rodajas de pizas. Así él sobrevivió, a base de bazofia y un mundo demasiado cruel para alguien que nació con solo dos patas y una oreja malformada.
Frente a la imperfección evidente; tenía dos ojos para descubrir las estrellas en la noche, podía olfatear los jazmines o las flores de lapacho y podía oír el trinar de las aves; a niños sonreír e incluso cuando las personas decían, ¡aléjate de aquella cosa!, ¡qué horrible creación de Dios!, ¡debieron sacrificarlo!, y otros miles de zafiedades.
Lo estigmatizaron porque había salido deforme y él, el felino sin nombre, de manchas amarillas, seguía deambulando día a día, sabiendo que, a pesar de la fealdad del hombre o el desprecio de su propia especie, quiso seguir viviendo.
A veces creía que veía a su madre observándolo desde el tejado e incluso, sentía cierta “conexión” con lo que él creía eran sus hermanos. Tal vez ellos podrían verle igual que cualquier otro gato, pero su propia madre les inculcó a abandonarlo, a olvidarle.
Hasta que alguien apareció con una bolsa de comidas para gatos.
—Ven aquí, no te haré daño —era una mujer de tez blanca y una voz que endulzaba. Era angelical.
Él se aproximó con la única oreja replegada, estaba atento a cualquier sorpresa y dispuesto a atacar si fuera necesario, sin embargo, la mujer izó la mano y amagó con parsimonia, tocarle. Al principio el pequeño felino fue reticente, pero segundos más tarde, sintió su mano posarse sobre su cabeza y que sus caricias eran reales.
Maulló de otra forma, era otro sentir.
—¿Quieres ir conmigo? —preguntó con honestidad.
Y así nació, de la nada, un milagro, alguien lo vio con otros ojos, los del alma.
©2025 Marcos B. Tanis.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.