El gato rubio by Marcos B. Tanis

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u madre al verlo nacer y saber que era “diferente”, lo abandonó a su suerte. Quizá era egoísta o clasista, como quieran llamarlo; pero el caso es que tras su origen al mundo de los vivos y verse un poco desigual. Sabía que no sería querido por nadie.

Unos lengüetazos para limpiarle la sangre, quizá era una especie de despedida y tras ello, vio que su madre, trasladándoles con el hocico a sus hermanos, los separó para siempre.

Solitario y sin esperanza de vida, el felino se arrastraba en busca de alimento. Sus maúllos eran lastimeros y nadie le tenía lástima, no obstante, él siguió deslizándose bajo esa plúmbea noche y logró poco a poco, alcanzar sobras de lo que nadie quería. Cartones de leche, bordes de empanadas o rodajas de pizas. Así él sobrevivió, a base de bazofia y un mundo demasiado cruel para alguien que nació con solo dos patas y una oreja malformada.

Frente a la imperfección evidente; tenía dos ojos para descubrir las estrellas en la noche, podía olfatear los jazmines o las flores de lapacho y podía oír el trinar de las aves; a niños sonreír e incluso cuando las personas decían, ¡aléjate de aquella cosa!, ¡qué horrible creación de Dios!, ¡debieron sacrificarlo!, y otros miles de zafiedades.

Lo estigmatizaron porque había salido deforme y él, el felino sin nombre, de manchas amarillas, seguía deambulando día a día, sabiendo que, a pesar de la fealdad del hombre o el desprecio de su propia especie, quiso seguir viviendo.

A veces creía que veía a su madre observándolo desde el tejado e incluso, sentía cierta “conexión” con lo que él creía eran sus hermanos. Tal vez ellos podrían verle igual que cualquier otro gato, pero su propia madre les inculcó a abandonarlo, a olvidarle.

Hasta que alguien apareció con una bolsa de comidas para gatos.

—Ven aquí, no te haré daño —era una mujer de tez blanca y una voz que endulzaba. Era angelical.

Él se aproximó con la única oreja replegada, estaba atento a cualquier sorpresa y dispuesto a atacar si fuera necesario, sin embargo, la mujer izó la mano y amagó con parsimonia, tocarle. Al principio el pequeño felino fue reticente, pero segundos más tarde, sintió su mano posarse sobre su cabeza y que sus caricias eran reales.

Maulló de otra forma, era otro sentir.

—¿Quieres ir conmigo? —preguntó con honestidad.

Y así nació, de la nada, un milagro, alguien lo vio con otros ojos, los del alma.

©2025 Marcos B. Tanis.


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