sábado, julio 4 2026

Ora pro nobis by Nacho Valdés

Se habla, no sin razón, de cierto retorno de la espiritualidad como elemento distintivo en las sociedades actuales. La literatura, cine, redes sociales y otros ámbitos dan buena muestra de un fenómeno en apariencia ubicuo, tal y como sucede con la divinidad. Este retorno a las viejas esencias, otrora superadas, aunque hoy revalidadas y de moda en incontables círculos, pues el caso se extiende de manera transversal entre generaciones, clases sociales y géneros, permite adivinar una deriva interesante y, por qué no decirlo, inquietante en algunos aspectos. Un ejemplo de estas formas maliciosas podría detectarse en las actitudes integristas y violentas que pueblan, por poner un ejemplo flagrante, los Estados Unidos de Donald Trump o el integrismo islámico que arremete conta los propios musulmanes; dos caras de la misma moneda monoteísta. En este lado del océano no somos inmunes a este proceso y comprobamos con cierta sorpresa el ascenso de un cristianismo excluyente, clasista y superficial ajeno a los principios originales de la confesión. La xenofobia, el enfrentamiento con otras manifestaciones religiosas, la aporofobia y la recuperación de un lenguaje medieval y desfasado dan buena muestra de este aspecto protagónico del tiempo presente. Si creíamos que a la sociedad de la información y la comunicación le quedaban escasas sorpresas ahora nos sale con este suceso, en gran medida inesperado. Veremos hasta dónde llega la moda.

La cuestión de fondo es algo más profunda tal y como trata Manuel Castells en La era de la información. Hemos topado con una derivación identitaria con la que no se contaba hasta hace poco, pero que parece haber hecho fortuna en el terreno de la economía ­—en apariencia el único camino hacia la facticidad en el presente estructurado en torno al capitalismo—. Los retiros espirituales, la estética, las publicaciones y las producciones de infinidad de influencers dan buena cuenta de un botín en principio abstracto y etéreo, aunque, como parece mostrar la evidencia, transformable en dinero contante y sonante. El tema, abordado por el sociólogo, supone un expósito más del tiempo presente surcado por la categoría de la aceleración y el neoliberalismo más despiadado. Habría que buscar la respuesta a esta reposición en las innumerables identidades generadas gracias al universo digital en el que nos hemos visto inmersos. Las tecnologías de la información y la comunicación, si bien en principio se convierten en un elemento fundamental para el entramado global en el que fluyen con libertad los capitales y las ideas, también se han vuelto el componente disolvente para el ser humano. Nacen, a la sombra de internet y sus infinitos nichos de interés, sentidos identitarios novedosos y marcadamente específicos que han ido dejando atrás los modelos tradicionales.

El sentido de pertenencia se ha transformado en desarraigo en el seno de nuestras propias comunidades. Sindicatos, asociaciones, clubes y lugares de encuentro se han trasladado al amparo del hogar y de ahí a nuestros terminales móviles. Buscamos a la alteridad en nuestros teléfonos inteligentes mientras dejamos de lado la realidad inmediata, pues es incapaz de conmovernos a la manera en que lo hacen los focos de interés sobre los que dirigimos la atención. Esta alteración del orden establecido es un paso intencionado sobre el que ya se ha tratado en este espacio, no hay más que recordar el Memorando Powell. Con todo, y sin afán de reiterar lo ya sabido, no está de más marcar un recordatorio elemental: la deconstrucción comunitaria ha permitido yugular la voz disidente, gran parte de la inteligencia colectiva y ha opacado a los intelectuales y especialistas capacitados y autorizados para promover la reflexión. En su lugar, y volviendo a recuperar el hilo, nos encontramos frente a advenedizos de toda ralea que han hecho de la sentimentalidad y el infantilismo sus banderas. Lo sorprendente es la capacidad con la que se abrazan estas propuestas groseras y negativas. Estamos, pues, faltos del extraviado sentido comunitario en el que encontramos cobijo y alivio. Se ha roto el espacio clásico y este ha sido ocupado por innumerables marcas y franquicias productoras de identidades ad hoc listas para su consumo.

La sentencia Dios ha muerto de Nietzsche debiera someterse a revisión ya que da la impresión de haberse producido una resurrección. Han sido necesarios más de tres días, aunque podría decirse que en la inmensidad de la historia no somos más que un suspiro. Esquirla de universo, que dijo el de Röecken. Hemos vuelto a perder, tal y como sucedió con el éxito ilustrado, los asideros más elementales a los que aferrarnos. Volvemos a situarnos frente al nihilismo y la ausencia de principios morales y existenciales, aunque, en este caso, debido a la borrachera consumista a la que nos hemos sometido. Estamos de resaca, con un tremendo dolor de cabeza y una profunda sensación de depresión que provoca el extravío del horizonte posible. No tenemos claro qué nos depara el futuro, pues nos da la impresión de que hemos perdido su control. Nos volvemos a someter a las fuerzas divinas en forma de algoritmos y nexos digitales de compleja comprensión para la mayoría. El valor refugio vuelve a ser dios en todas sus formas ya que el cristianismo no es el único epicentro de la reactivación de la espiritualidad. El islam, el judaísmo e incluso el budismo parecen haberse convertido en otro elemento más para el mercado al que nos hemos entregado con fruición. Buscamos respuestas y no las encontramos en la maraña tecnológica. Esta obstrucción del proceso de atomización al que estamos sometidos no es más que otro subterfugio para evitar el uso de la reflexión y el contraste de ideas; única vía para la resolución de nuestras propias contradicciones. La espiritualidad, tal y como se entiende en este híbrido que escarba en lo antiguo desde el presente futurista, no es más que un placebo para no enfrentar el verdadero problema: no hemos construido una sociedad con una finalidad humana. Sin embargo, Nietzsche también vaticinó la doble vertiente del nihilismo dado que este también puede ser activo y promotor de nuevos valores. Es de esperar que pasemos este trago para enfrentar de nuevo la cimentación de la comunidad desde la racionalidad.

Imagen de NoeliaDemaria en Pixabay


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