viernes, julio 3 2026

La puerta entreabierta.- Crónica por Jesús Cello

El mendigo de la esquina, que estaba siempre tirado contra la pared de una casa abandonada, me contó ésta historia una tarde aburrida de verano sobre un crimen que él presenció escondido adentro de un ropero.
A alguien se lo tengo que contar, solía decir resignado mientras bebía su botella de vino barato. Yo, que no he perdido nunca la codicia de escuchar historias, que ejercía con un fervor  desquiciado, la adoración y la fascinación por lo misterioso, me senté a su lado presto a oír esa increíble cualidad que los borrachos tienen para recordar. En esas siestas del verano la ciudad parecía muerta bajo el sol. El borracho se llamaba Teófilo y ya estaba bastante viejo pero el alcohol le daba cierta magia a sus relatos al punto tal de no poder nunca diferenciar la mentira de la verdad.
Hacia unos silencios entre las palabras como si por unos segundos las dejara colgadas en el aire para que puedan respirar y seguir, por momentos parecía como si esas palabras se hubieran marchado lejos pero siempre volvían para bailar alrededor de mi expectativa y ansiedad. Me dijo que debía guardar en los recovecos de la memoria los detalles del crimen por si a la muerta se le ocurriese despertar. En esa época era cartero y caminaba toda la ciudad con pesadas sacas repletas de cartas de amor y noticias tenebrosas que alteraban y aceleraban el ritmo de vida de la gente, haciéndolas viajar a lugares remotos y tomar por lo general desiciones apresuradas. Mientras lo escuchaba cerraba los ojos para verlo caminar por las veredas entre la gente taciturna de una ciudad siempre desierta.
Una mañana que el tren recién había llegado y comenzaba a expulsar de sus vagones rostros desconocidos para los lugareños, rostros de hombres grises y cansados por la saturación de las horas y el mal sueño, uno de esos rostros me llamó mucho la atención, era el de un hombre de sombrero negro y maleta roja, que tenía una gran cicatriz que le cruzaba la cara desde la ceja izquierda hasta la boca. Ese día él también estaba extenuado pero debía entregar la última correspondencia en una calle casi desconocida, una especie de pasaje sin nombre y sin honor.
Al llegar al domicilio la puerta estaba entreabierta, como una sugestiva tentación a lo desconocido. Teófilo abría los ojos bien grandes al narrar y vi la profundidad de esa oscuridad detrás de la puerta. Primero dio un par de pasos sigilosos y esperó. Después, agarrándose de las paredes y los muebles viejos pero dignos, fue avanzando con el miedo en la garganta que lo obligaba a escuchar los ruidos de la noche. Todo el ambiente era un desierto con olor a muerte hasta que el viento cerró la puerta de calle con un estruendo que pareció el punto final de cualquier cosa.
Teófilo en su desesperación intento escapar pero la puerta no se abría desde adentro, como si estuviera sellada por una maldición. Dentro de la oscuridad de su terror comenzó a buscar llaves con el haz de luz de una luna débil que se filtraba por una claraboya. Teófilo seguía hablando, recordando detalles con precisión como el de un retrato de su tía muerta que lo observaba desde una repiza como recordándole promesas incumplidas.
Cuenta Teófilo que escuchó ruidos de voces de hombres subiendo la escalera junto al eco de los tacos de una mujer y se escondió sin pensar dentro del ropero que ocupaba casi todo el ancho de la pared. Lo hizo como un reflejo y al cerrar la puerta desde adentro, pudo observar por finos intersticios de madera que oficiaban de mirilla clandestina, a su tía muerta, ultrajada por un hombre parecido a él pero más joven.
Su tía tenía un vestido de fiesta con un largo tajo que le nacía en la entrepierna. El shock del asesinato le hizo llevar las manos a la boca y después a los ojos para no seguir viendo más. Para terminar, Teófilo me cuenta que no podía salir del ropero del terror que sentía, pero al escuchar la puerta de calle que se abría pero no se cerraba, salió por fin del ropero y se fue de la casa. Nunca más volvió pero la puerta siempre quedó entreabierta.
Nunca nadie la pudo cerrar.
@Jesús María Cello.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo