Lujos, hipocresía y murmullos, la sociedad inglesa bajo la mirada literaria por María Bonilla Jiménez-Pajarero

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(Kairós Revista Literaria)

Imaginaos por un momento que os halláis en un gran salón de baile. Lámparas de
araña irradian cascadas de luz reflejadas en espejos majestuosos y decoraciones
sofisticadas. La música clásica envuelve la estancia donde la élite social se mueve
entre vestidos de seda, trajes de gala y joyas deslumbrantes. Todo parece brillo y
ostentación, pero basta una mirada atenta para descubrir que cada gesto obedece a
estrictas normas sociales, que tras las sonrisas se encierran secretos y prejuicios.
Si alejáis la vista de esa escena, os topáis con otra realidad muy diferente: las calles
de una Londres oscurecida por el humo de las fábricas. Niños hambrientos vagando
por los callejones, una miseria creciendo al ritmo de los engranajes mientras la vida
opulenta del salón sigue su curso. Dos mundos paralelos que los escritores de la
época supieron retratar. Con palabras plagadas de ironía, crítica y tragedia, la prosa
inglesa del siglo XIX se convirtió en un espejo de las contradicciones de su tiempo.
Elegancia al estilo Regencia, convenciones sociales y las inexistentes libertades de la mujer

La sofisticada época de la Regencia (1811-1820) — llamada así porque es el tiempo
que el príncipe heredero, futuro Jorge IV, actuó como regente de su padre enfermo,
Jorge III— convirtió los salones y bailes en auténticos espectáculos de estatus,
moda exuberante y refinamiento. Pero al igual que las máscaras que se usaban en
algunas fiestas para ocultar la verdadera identidad, detrás de esa fachada brillante y
lujosa, se hallaba una sociedad marcada por rígidas normas sociales, roles de
género opresivos y una obsesión por las apariencias.
En este contexto, surge una de las voces más icónicas de la literatura universal: la
célebre Jane Austen. Sus novelas, de las que podemos destacar, Sentido y
sensibilidad (1811), Orgullo y prejuicio (1813) y Persuasión (1817), se adentran en
los entresijos de la sociedad Inglesa rural. Un entorno en el que el matrimonio, más
que un ideal romántico, era una necesidad económica y una forma de estabilidad
social, en especial para las mujeres, quienes estaban privadas de derechos legales
y dependían de los hombres.

“Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero en posesión
de una notable fortuna necesita una esposa”. —Orgullo y prejuicio

Décadas después, las hermanas Charlotte y Emily Bronte llevarían esta crítica del
rol de la mujer y las convenciones sociales, a un tono más sombrío, crudo y de
intensidad emocional. En 1847, siendo plena era victoriana, verían la luz dos
grandes obras del Romanticismo gótico.
Por un lado, Charlotte en su aclamada obra Jane Eyre se centró en la lucha por la
autonomía femenina y la igualdad dentro de las estructuras sociales de su era,
presentando a una protagonista decidida que busca la independencia intelectual,
emocional y económica negándose a conformarse con un papel sumiso. Además, la
novela aborda la importancia de la integridad individual y explora el amor como una
búsqueda de compañerismo basado en la igualdad y el respeto mutuo.
Definitivamente, una obra totalmente adelantada a su tiempo.
Mientras que su hermana Emilie nos presenta un amor bastante diferente. En su
única novela Cumbres borrascosas nos adentra en un ambiente lúgubre y tenebroso
envuelto en las fuerzas elementales de la pasión, el amor obsesivo y la venganza. A
través de la idea del amor como fuerza destructiva, Emily cuestiona las nociones
románticas tan idealizadas de este sentimiento y presenta en su lugar una visión
más cruda de la existencia humana.

“No soy un pájaro y ninguna red me atrapa. Soy un ser humano libre con
una voluntad independiente.”—Jane Eyre

Más riquezas significa más pobreza, la desigual y doble moralista
sociedad victoriana. Con la entrada de la era victoriana (1837- 1901) , las arcas inglesas empezaron a
acumular cada vez más y más poder. Con cientos de fábricas a pleno rendimiento y
territorios en una quinta parte del mundo, el imperio británico estaba en su máximo
esplendor. Pero esas riquezas generadas serían vistas solo por una minoría.
Mientras que la aristocracia y la rica burguesía llenaban sus casas de sedas,
muebles ornamentados y costosas obras de arte, la empobrecida y explotada clase
obrera trabajaba entre diez y quince horas diarias para poder obtener un precario
sustento. Hecho que no pasó desapercibido para escritores como Charles Dickens,
hoy conocido como el máximo exponente de la novela realista inglesa.
Este autor , que vivió en carne propia las injusticias sociales que asolaban las calles
de la Inglaterra victoriana, convirtió su pluma y papel en un altavoz para los que no
tenían voz, buscando así que su escritura pudiera promover un cambio.

“La caridad comienza en mi casa, y la justicia en la puerta siguiente.”
“El número de malhechores no autoriza el crimen” — Charles Dickens
Si bien gran parte de sus novelas tienen un fuerte componente de crítica social, hay
que destaca por encima de todas Oliver Twist (1838). Una novela en la que a través
de los pasos del joven Oliver, un huérfano que crece en un entorno miserable y es
explotado por criminales en Londres, Dickens nos expone las terribles condiciones
de los orfanatos, la corrupción de las instituciones y la falta de oportunidades para
los niños pobres en la Inglaterra victoriana. Oliver Twist marcó un antes y un
después en la percepción de la infancia en la sociedad inglesa generando un fuerte
impacto en la opinión pública, pues Dickens desafió la convención que se tenía
acerca de los niños pobres vistos como una carga o incluso delincuentes en
potencia, mostrando a un Oliver siendo una víctima más de un sistema cruel que
empuja a los menores al crimen y la explotación.
Como podéis observar, si tuviéramos que definir la era victoriana de algún modo,
sería decir que es contradictoria. Una sociedad defensora del deber, la moralidad y
el puritanismo, pero que convivía con la miseria, la corrupción y la hipocresía.
En este ambiente, surge una de las obras cumbres de la literatura del siglo XIX: El
retrato de Dorian Gray, del ilustre Oscar Wilde, una obra que se centra precisamente
en esa doble moralidad victoriana. Protagonizada por un joven aristócrata que, por
azares del destino, se mantiene eternamente bello mientras su retrato revela la
oscura corrupción de su alma. Dorian Gray encarna la tensión entre la apariencia
impecable y la degradación moral que la sociedad prefería ocultar.
La prosa inglesa del siglo XIX es un viaje marcado por apariencias, secretos y
reglas implacables, pero también por voces que se atrevieron a cuestionarlas.
Desde la refinada Regencia hasta la doble moral de la era victoriana, Austen, las
hermanas Brontë, Dickens y Wilde utilizaron la ironía, la sátira y la introspección
para revelar las injusticias, restricciones y deseos ocultos de su sociedad. Hoy, más
de un siglo después, seguimos fascinados por esa época, decenas de series, libros
y películas la recrean, pero es sobre todo su literatura la que perdura,
recordándonos que las tensiones entre normas y deseos, deber y libertad, siguen
estando en nuestros días.


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