Cuentan que allá, por el siglo XIV, un rey regresaba de una partida de caza acompañado de su comitiva.
Se encontraban atravesando un inmenso bosque.
Rodeados de árboles, los soldados iban atentos a cualquier emboscada, tan común es esos días.
El aroma a pasto mojado y el múltiple canto de los pájaros daba una agradable sensación de tranquilidad.
De pronto algo llamó la atención del rey. Una flecha clavada en un árbol justo al centro de una diana, o blanco de tiro.
La escolta se puso en guardia rodeando a su señor, pero todo continuó tranquilo.
Unos metros más adelante se repitió la misma escena, la saeta justo al medio.
Siguieron su camino, viendo la misma cosa como treinta veces, siempre la flecha justo en el centro del blanco.
Intrigado, el rey sintió la necesidad de conocer a tan excelente tirador, por lo que siguió su camino, dejando a cuatro de sus soldados en el lugar, para ubicar al excelente arquero.
Llegaron a palacio, y después de cinco horas, cuando el mandatario ya comenzaba a impacientarse, entró uno de sus escoltas y anunció, luego de arrodillarse y efectuar una profunda reverencia:
―Mi señor, si vuestra gracia lo permite, tenemos noticias.
―¡Habla!
―Hemos encontrado, tal como su Majestad ordenó, al arquero.
―¡Tráiganlo a mi presencia!
El soldado hizo una seña y apareció otro soldado acompañado por un niño.
―¿¡Qué broma es ésta!? ―se enojó el monarca, aferrándose a los brazos de su sillón y levantándose ligeramente.
―Él nos aseguró… ―titubeó asustado el militar― que era el autor de los disparos.
―¡Habla! ―bramó el monarca―Si esto es una broma será tu último día.
¿Qué edad tienes? ¿Acaso el autor de esa hazaña es tu padre?
El niño se arrodilló e inclinó hasta que su cabeza casi tocó el suelo, y contestó apresurado:
―Trece años, mi señor. Y todas mis palabras fueron verdad.
―¿Desde que distancia tirasteis esas saetas?
―Veinte, treinta, cuarenta pasos. No importa la distancia, mientras el arma tenga suficiente potencia para llegar.
―Creo que mientes, pero os voy a dar una oportunidad de salvarte. Vais a ir al patio de prácticas y van a darte un arco.
Si fallas mueres por mentirle al rey, pero si aciertas seréis mi arquero personal.
―Es que hay algo que no me preguntaron, majestad―dijo asustado el muchacho.
―¿De qué se trata?
―Dije siempre la verdad. Yo mismo disparé todas las flechas y lo hice a variadas distancias.
―¿Entonces?
―Es que primero las clavaba en cualquier árbol, y después pintaba los blancos. La flecha siempre quedaba ubicada en el centro, quería impresionar a mi padre.
El rey, al oír esto, pasó por varios estados de ánimo en un momento:
Primero enojo, luego asombro y finalmente risa.
El inocente chico había engañado a toda la corte, incluido a él, pero sin intención. Ellos mismos habían caído en la trampa.
Le dio unas monedas de oro, y le ordenó que se retirara.
Después de todo ―pensó―nunca es conveniente dejarse llevar por la primera impresión.
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