viernes, julio 3 2026

Relatos falaces: El trabajo (I) by Félix Molina

Nota del Editor:

Félix Molina, un escritor que está en Masticadores hace cinco años, comienza hoy una nueva serie que nos llevará hasta julio.

Diremos (Y diré) que este extraordinario escritor y varios más, que cada semana publican, o cada 15 días forman parte del “Fondo de Armario” de la revista. Es una categoría que incluye: imaginación, inspiración, capacidad de contagiar al lector y formar parte del equipo de Masticadores.

¡Gracias! Félix… leeremos tus Relatos Falaces.

J Ré Crivello

Fundador de Masticadores


Era un alumno muy pecoso. Rosendo Expósito. No se distinguía por participar mucho en clase. En realidad, salvo lo de las pecas y un mustio andar por la vida y por las aulas, no se distinguía por cosa alguna.

Aquel cuatrimestre yo insistí mucho en la fecha de entrega de los trabajos que decidían, de manera drástica, la nota final.  plazo: 15 de mayo, colmé la tiza sobre la pizarra, y allí quedó escrito todo el tiempo. Dos apuntes: para mí el trabajo de fin de curso era con mucho la nota más decisiva. Y sí, era muy riguroso con los plazos. En exceso, ahora lo sé.

Llegada la semana que antecedía a la del fin del plazo, anunciaba siempre al final de mis explicaciones la fecha señalada, aunque siguiera mostrándose con una robustez amenazadora en el encerado, por encima de fórmulas y gráficos. El viernes, último día lectivo antes de la semana final, Expósito se dejó ver por mi mesa en el estrado.

–¿Me disculpa?

–¿Alguna duda?

Con una voz tan mustia como sus pasos, Rosendo me comunicó que no era posible la entrega de su trabajo en la fecha señalada. Lo formuló justo así, como quien tuviera que entregar, por pedido, una mercancía industrial. Yo le contesté con mi retahíla almacenada para el caso, que ya había expuesto a otros alumnos rezagados: que no era posible entregarlo después porque los alumnos crecían cada curso y los trabajos no bajaban de las diez páginas, alguna vez acompañadas de anotaciones gráficas enojosas. El plazo era definitivo.

En el día prescrito los trabajos se acumularon en la esquina de la mesa, cada uno con su mínimo volumen, que alguno había inflado con un doble o triple espacio de interlineado y dibujos a mano, rotulados. Nada que no respondiera a las costumbres de mis alumnos en anteriores convocatorias, aunque yo lo que buscaba con insistencia era, claro, el nombre y apellidos del alumno pecoso. Y me encontré con su ausencia.

Días después –una quincena, más bien– las notas aparecieron publicadas en el vestíbulo que conducía a mi despacho. Y dentro de él esperaba (esa era también una costumbre de mis alumnos, que se transmitían casi telepáticamente, como las hormigas) Rosendo Expósito, absolutamente fuera de lugar: no llevaba sus camisetas serigrafiadas ni los vaqueros rotos, sino algo que pretendía ser un traje y una maleta  –ni siquiera una mochila al uso–, todo envuelto en esa mustiedad suya, que permanecía como una ley científica gobernando inexorablemente su manera de conducirse por la vida.

El muchacho abrió la maleta, donde solo alcancé a ver otro par de camisetas y un suéter, y sacó de ella, para depositarlo en mi descabalada mesa, el tocho descomunal, desencuadernado, que era su trabajo. Su volumen equivalía al de la pila de los trabajos de sus compañeros entregados a tiempo. Le miré a los ojos, como buscando el ruego de que lo aceptase para calificarlo (en esencia era posible, pues las notas finales no eran todavía definitivas), pero lo que hallé fueron los ojos más oscuros y más brillantes que había visto en toda mi existencia. Intuí incluso el estallido de un llanto (los muchachos tienen todavía muchos grados por delante, estas reacciones eran aún posibles), por lo que desembuché una invitación, como para sacarlo de allí:

–¿Te apetece un café?

El brillo extraordinario de los ojos no se atenuó, y él solo acertó a decir No, no bebo.


A finales de ese mes, la secretaría de la facultad ya tenía las calificaciones definitivas, y entre ellas el suspenso de Expósito. El trabajo estuvo por otra buena quincena justo donde lo dejara Rosendo. Es cierto que la curiosidad (o su tamaño, más bien) me llevó a echarle un par de vistazos, pero la dificultad para manejar los folios sembrados de Courier Sans (escritos además en inglés, con citas muy extensas en alemán y en francés, aunque eso no era problema), me decidieron una y otra vez a abandonar su lectura. El trabajo no tenía título ni extracto –razones de más para descalificarlo, junto con su escritura en otras lenguas–, aunque sí una profusión de anexos, inédita en mis alumnos. El arco que tensaba mi remordimiento era rebelde a meterle mano al infolio, por mucho que la cuerda de mi inquietud lo llamara a ello, día a día.

En aquellos, precisamente, el rector, que era además el jefe de mi departamento, se dedicó a mostrarnos la zanahoria de un comité que seleccionaba estudios de las universidades más punteras para dirimir los importantes desafíos que como sociedad teníamos pendientes: conservación, reparación del casi extinto ecosistema, quién sabe si supervivencia a secas, a esas alturas. Su cátedra de biología tenía muchísimo que decir en todo ello. La encomienda esquilmó el verano de todo el departamento, pero al final cumplimos con los plazos, y nuestro esfuerzo derivó en algunos ensayos destacados por las revistas científicas justo cuando comenzaba el nuevo curso. Y en un evento en el paraninfo donde explicábamos nuestros prototipos regeneracionistas. El camino hacia la supervivencia estaba ahí.

En la refacción que siguió a nuestras exposiciones, creí advertir un codazo seguido por una mirada cómplice del rector, que achaqué a lo expuesto, pero después se explayó conmigo, entre saludos y parabienes de la turba:

–Me hablan desde secretaría de un alumno sin tacha en su expediente que no se ha matriculado este año, ¿tú sabes algo de eso?

Recordé el brillo de sus ojos, la maleta casi vacía, el tocho en mi mesa.

–Algo sé. No me presentó en plazo un trabajo de fin de curso, pero…

La turba, con su necesidad de verse abrazada y reconocida por el rector, nos separó de nuevo. Pero en la salida del paraninfo, volvió a abordarme.

–Y el trabajo, ¿qué tal?

Se produjo entonces un diálogo embarazoso, donde yo empecé a explicarle al rector en qué me ocupaba, y él me interrumpió bruscamente:

–El trabajo del chico, quiero decir. ¿Llegaste a leerlo?

–Sí –mentí sin sonrojo–. Tampoco le hubiera valido para la nota…

[Continuará… ]

 

 


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