jueves, junio 18 2026

PRIVATE JAIME SALINAS: Historias de sobrevivencia de México hasta Vietnam

Una historia de ficción que entraña una realidad latente

PRIVATE JAIME SALINAS: Historias de sobrevivencia de México hasta Vietnam

por Guadalupe Cisneros Villa

Jaime Salinas tenía dieciocho años y un acento que no se le quitaba ni cuando intentaba hablar inglés despacio. Vivía en Uvalde, Texas, desde hacía casi cinco años. Había llegado con sus padres en una camioneta vieja, una tarde de calor espeso, con visas de turista guardadas en una carpeta azul. Nunca regresaron a México. Al principio fue por necesidad. Luego por miedo. Después, simplemente porque la vida se les fue acomodando en silencio, sin papeles y sin promesas.

Sus padres trabajaban en una panadería pequeña, de esas que huelen a levadura desde la acera. El padre entraba de madrugada, amasaba, cargaba costales de harina. La madre vendía, limpiaba, sonreía. Jaime era hijo único. Creció ayudando después de la escuela, repartiendo pan en su bicicleta, contando monedas al final del día. Sabía que su presencia era una carga y una esperanza al mismo tiempo.

En la High School nadie hablaba de México. Nadie preguntaba. Jaime aprendió pronto a no llamar la atención. Sacaba buenas calificaciones, jugaba un poco de fútbol americano, escuchaba rock en la radio. A veces soñaba con estudiar mecánica. O irse lejos. O simplemente vivir sin miedo.

En 1968 llegó un reclutador del US Army a la escuela. Uniforme planchado, sonrisa segura, palabras bien ensayadas. Reunieron a los estudiantes en el gimnasio. Hablaron de honor, de deber, de defender al país. Jaime escuchaba desde las gradas, con los brazos cruzados. Vietnam era un nombre lejano, algo que salía en la televisión en blanco y negro.

El reclutador dijo, casi como quien no quiere la cosa, que servir al país abría puertas. Que el ejército recompensaba a los que demostraban lealtad. Jaime escuchó con atención cuando mencionó, entre comillas, que había “promesas” para quienes se enlistaran y cumplieran con su servicio. No lo dijo como ley. Lo dijo como posibilidad. Como rumor. Como esperanza.

Esa noche Jaime no cenó. Se quedó mirando el plato mientras sus padres hablaban del trabajo. Pensó en la panadería, en las redadas que corrían de boca en boca, en el miedo constante a que alguien tocara la puerta. Pensó que quizá ese era el camino. No para él, sino para ellos.

Cuando se los dijo, su madre dejó caer la cuchara. Su padre no levantó la voz. Solo meneo la cabeza. Su desaprobación.  Dijeron que no. Que no era necesario. Que la Virgencita proveería. Que la guerra no era cosa de muchachos, pero Jaime insistió. Dijo que era una oportunidad. Que podría mandar dinero. Que el ejército cuidaba de los suyos. Mintió un poco. Se mintió mucho.

Firmó los papeles a escondidas. Lo aceptaron aun con la visa vencida. Nadie preguntó demasiado. Un apellido latino más en una lista larga. Sus padres lloraron cuando se fue. Rezaron. Le pusieron un escapulario de la Guadalupana en el cuello. Su madre le pidió que no se olvidara de llamar. Su padre lo abrazó fuerte, como si ya supiera.

En el entrenamiento Jaime aprendió a obedecer y a callar. Aprendió a cargar un rifle, a correr hasta que las piernas ardieran, a dormir poco. También aprendió que su apellido lo marcaba. Algunos superiores lo llamaban “mojado, wetback”. Se burlaban de su acento, de su piel, de su comida. A veces el abuso era abierto. Otras, silencioso Las peores tareas, los turnos más largos, las filas del frente.

A Jaime no le importaba. O eso se repetía. Pensaba en sus padres, en el dinero que enviaba cada mes, en la posibilidad de que algún día alguien reconociera su sacrificio.

El mapa estaba extendido sobre la mesa metálica. Tenía manchas de café viejo y una esquina doblada. El ventilador del techo no servía de mucho. El calor se pegaba a la piel.

-Aquí -dijo el comandante, señalando con un lápiz.

El sargento se inclinó.

-Es zona caliente, señor. No hemos limpiado bien esa franja.

-Nunca está limpia.

El sargento hojeó una carpeta.

-Tengo a varios nuevos. Muchachos fuertes. Muchos de ellos… ya sabe.

-Mejor. Esos pelean con más ganas. Tienen algo que probar.

-Algunos apenas hablan inglés.

-Aprenden rápido o no aprenden. Mándelos al frente.

-Los latinos, los negros… hay suficientes.

-No me importa cómo se vean. Me importa que caminen primero.

Jaime estaba fuera de la tienda. Escuchó su apellido pronunciado mal. Ajustó el rifle en su hombro y regresó a la fila.

Vietnam no se parecía a nada que hubiera imaginado. El calor no se iba nunca. El ruido tampoco. Helicópteros, disparos, ramas que se rompían. La selva parecía respirar. Jaime avanzaba con cuidado, contando pasos, siguiendo órdenes cortas. Pensó varias veces que no iba a regresar.

En una de esas patrullas el disparo vino por la espalda. No sintió dolor al principio. Sintió el golpe, el aire escapándose, la caída. Luego la sangre. Toda esa sangre. Bombas, gritos, cuerpos mutilados a su lado. Pensó en su madre. En el olor del pan caliente. Después, nada.

Despertó en un hospital en Ft. Hood,Texas. Había un silencio raro. Su madre estaba ahí, llorando, rezando. Jaime quiso moverse. No pudo. Nadie le dijo de inmediato que no volvería a caminar. Lo entendió solo.

Un médico habló de heridas, de suerte, de tiempos difíciles. No habló de ciudadanía. Eso lo hizo otro, días después, con una carpeta bajo el brazo.

Cuando lo dieron de alta, no hubo ceremonia. Solo una firma. Sus padres discutieron. Suplicaron. No sirvió. Jaime fue subido a una camioneta en una silla de ruedas. Deportado.

México lo recibió con polvo y miradas largas. Un lugar que ya no era suyo. Sus padres regresaron tiempo después, sin panadería, sin ahorros, envejecidos de golpe.


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