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Crónica Nocturna. by Miguel Ángel Carrera

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El terror a la luz, el horror a la madera afilada, el miedo es una paleta de intensos colores, saltando, buscando atacar tus flaquezas, así de heterogénea son las manadas salvajes en el mundo, sin sabores, sensaciones, el ser seducido, terrible pánico a una muerte dolorosa, ¿y qué puede ser más doloroso que morir bajo el látigo del sol en el levante? Nosotros no imaginamos mayor horror, que ser polvo como algún día de seguro lo serán también los mortales, cuando estén dormidos subterráneamente en una caja. Aun así, a pesar del aparente sufrimiento, nuestra vida no es insípida, la noche esconde bajo su manto la pasión y el vivo calor de la acechanza, en la fría piel de nuestros congéneres, el abrazo de la sangre hirviendo y la sed que descontrola nuestra sobria conducta, esa cacería furtiva nos da al menos, la sensación de estar vivos, arropados por la oscuridad, huyendo de la luna que siempre está colgando como lámpara en la inmensidad, blanca, luminosa, infame delatora. Subyugados por la rotación de este abyecto planeta, entre el saliente y el poniente, nuestras manadas, recorren estos pueblos huyéndole, sufriendo lo que parece ser un eterno infierno, el sol es nuestra guillotina, ¿qué más podríamos hacer? Contemplar la eternidad y reinar como predadores de la inocencia en la bastedad, recorriendo calles, veredas y senderos solitarios, entre malezas rodeados de árboles muertos y bosques cómplices como lobos en un camino que no parece tener fin.

Si, la muerte suele ser nuestro cómplice, sobrevolamos con ella, no como victimarios de la maldad, lo hacemos como víctimas de la causalidades, lo que una vez fuimos, a desaparecido del mundo, del infierno y del cielo también, por eso no puedo aceptar un oprobio ante los míos, desaliñado en mi frio corazón de arena, donde solo hay lo que es amargamente cuestionable, debo ser febril ante la presa desahuciada, se supone que sus gritos deban animarme, pero no es así, aunque dolorosas, logran ser sumergidas bajo el efluvio de la sed y el hambre, no hay nada que hacer, soy víctima de mis antiguos y aun omnipresentes deseos, tan añejo como mi viejo reloj victoriano, del que desconozco como es que aun funciona. Entre mis brazos han gritado mujeres de distintas épocas, mientras yo cegado por mi ignominiosa sed, la ataco loco de sed, esa sed que desencadena el palpitar de una prominente vena, en la blanca piel que temerosa, se pasea en las noches bajo las lámparas de las viejas calle de esta sucia ciudad. No sé qué más podría decirte de mí animal humanidad, decir humanidad es demasiado, lo sé, pues es de lo que más carecemos, pero al ser mis formas, mi poder deductivo y mi hablar iguales al de un homo sapiens, quizás eso me permita adjudicarme un poco de su especie, después de todos fingimos a diario ser parte de ellos, las apariencias engañan dicen, y es cierto.

Agregare por último, que sufrimos muchas maldiciones, una de ellas es el olfato animal, el olor que procede del miedo, el obvio aumento del ritmo cardiaco y el aumento de la circulación en el cuerpo, es una consecuencia que nos sumerge en la más profunda de las iras, convierte nuestro (por lo general) distinguido comportamiento, en la más salvaje y desaforada fiera, nos sumerge en la primitiva caza. Luego de eso, está la torturante y húmeda sensación, de hormigueo que cubre nuestras lenguas y paladares, que baja por nuestro esófago, si es que poseemos algo parecido, llegando hasta nuestro estómago, es ahí donde llega lo que quizás deba ser, un impulso eléctrico en nuestro cerebro, que hace que en nuestros hombros y espinazo se nos ponga la piel de gallina y algo parecido a lo que llamarían rubor, acompañado de euforia se apodera de nosotros, conjuntamente con lo que hace rato te acabo de decir.

Somos Elegantes, sí, pero eso es una máscara, un producto de siglos de experiencia en el arte del engaño, no creo que obedezca a nada más, como ya sabes, tú y yo no conocemos la alegría y la tristeza, solo experimentamos la euforia y la calma, en nuestra condición de seres sin vida, todo está muerto, incluso los estados de ánimo, excepto el que conferimos al de la caza, pero yo diría que esos obedecen más a un acto reflejo que a otra cosa, si es que se puede decir que gozamos de acto reflejo, ya que pienso que no somos merecedores de nada, aunque caminemos las edades de este mundo buscando ser merecedores de algo, quizás así podríamos sentirnos vivos, hablo por mi claro está, no se los demás en nuestra manada, pero estoy casi seguro que la mayoría piensa lo mismo, me aventuro a decir.

La siguiente maldición, obedece a eso de lo que carecemos totalmente y que deseamos, la espiritualidad concebida, nuestra inexplicable búsqueda de Dios, antaño recuerdo haber ido a una iglesia con mi desaparecida familia, tengo memoria de ello, es un recuerdo vago, muy borroso, de los antiguos templos administrados por eruditos de la religión, fríos edificios llenos de frías y sentenciosas figuras, un intenso olor a cera de vela derretida, incienso de mirra quemada y aunque eso no me agradaba, la firme necesidad de supuesta salvación, nos llevaba a ir cada semana a esos ritos primitivos de búsqueda incrédula. Ahora todo esto me causa repulsión espantosa, ¿Por qué? No lo sé, llevo edades preguntándome lo mismo y no he logrado conseguir una respuesta satisfactoria, mis hermanos tampoco han sabido decirme nada, y hace tiempo ya que deje de averiguarlo, tristemente soy culpable de algo que desconozco, quizás sea esta una característica, más de mi condición animal del cual somos víctimas, que te digo, no lo sé, estamos aquí sentados oliendo este humeante café y sigo pensando en ello mientras te cuento nuestros pesares, del cual pronto tu vivirás mucho.

Por lo tanto mi buena amiga, al igual que nuestros congéneres, te toca caminar eso que los cristianos llaman calvario, aunque la vida no es tan mala, no todo es sufrimiento y desesperación, tendrás tu oportunidad, perteneciendo ahora al reino animal, podrás libar el sabor del mundo en todo su esplendor, desde la oscuridad de la noche, en ella no caminamos, rectamos como sombras, nos deslizamos a velocidades vertiginosas, por donde queramos, podemos ver lo que queramos desde las alturas, alcanzar lo que deseemos en tierra, nada escapa nuestro, si eso queremos, la caza es para lo que vivimos, creo que hay un leve gozo en poseer estas habilidades que el diablo nos ha dado, quizás para que infundamos miedo al humano desde las penumbras para hacerles sufrir.

Un Terrible café en medio de una ciudad apagada, sentados ahí casi exánimes, en esta localidad, las madrugadas son tan muertas como cualquier camposanto, frente a una taza de un ya casi frio café, Fynn contempla en silencio a Dex, mientras este le habla de la vida que ahora ella está a punto de comenzar, como será nunca ver más el sol, rodeados de sillas vacías y la figura borrosa y algo lejana del intendente del pequeño café, miles de cosas pasaban por su cabeza mientras Dex movía los labios, en unos segundos que Dex hizo una pausa, aprovecho para hablar.

— ¿Crees que pueda yo probar el máximo de mis nuevas habilidades pronto— Pregunto Fynn algo nerviosa.

—Mi buena amiga, estoy seguro que así será— Respondió Dex mirándola de arriba a abajo

— ¿Pero podrías acompañarme? No conozco a nadie más, acabo de nacer en esto y no quiero meter la pata, sabes—agrego algo inquieta.

—Tranquila, no lo harás y no, no puedo acompañarte, apáñatelas tu sola, no eres un bebe maldita idiota, eres horror, eres depredadora y si te empeñas en ser lo contrario prepárate a morir pronto víctima de tu propia estupidez—agrego visiblemente molesto mirándola fijamente con aire que no dejaba lugar a dudas.

Fynn bajo la mirada apenada y algo confusa huyendo su mirada de quien le clavaba sus ojos taladrándole el poco valor que podría tener.

Su cara severa, de repente se transformó riendo estrepitosamente, exclamando.

—Lo lograras mi buena amiga, mira, ten temple, tienes las habilidades ahí escondidas en algún lado, solo hace falta que las saques de donde sea que estén, basta que te quites ese miedo estúpido de encima y lo demás aflorara solo, no te preocupes, cuando pruebes el dulce sabor de la vigorizante inmortalidad ya no podrás parar, es como esas drogas que usan los estúpidos humanos, por eso son una especie baja— Volvió a reír arqueándose mientras le ponía una mano en el hombro y la otro en su estómago, rápidamente recobro la compostura agregando— Tomate tu café, aquí siempre es bueno y es lo único que podemos disfrutar además de la sangre, te diré algo, me has caído muy bien, si dentro de un tiempo volvemos a encontrarnos y vales la pena te presentare ante mi cofradía, eso si para entonces aun no estás en una, claro está, pero si no es así, entonces cuenta con ello, si vales la pena recuérdalo, en ella encontraras una casa y una familia, si sabes ganártelo, ahora debo irme, me despido, y bienvenida a las tinieblas mi buena amiga— termino mientras le sonreía y le guiñaba el ojo, levantandose.

—Entiendo Dex, créeme estoy interesada y daré mi mejor esfuerzo por salir adelante en todo esto—indico sin esconder algo de nerviosismo.

—Bien, eso espero, que esto sea un hasta luego, pronto nos veremos las caras, siempre ando por ahí y tengo un fuerte olfato, cuando desee verte solo seguiré tu hedor.

—Oye no digas eso, no huelo mal.

—Ya no estas vivas mi querida Fynn, acostúmbrate a ello, ahora solo gozas de hedor, lo demás ya murió— Dijo Dex dándole la espalda y desapareciendo en la noche.

En un instante quedo sola, asustada ahí sentada en medio de ese montón de sillas vacías, su nueva condición era como yo le había dicho Dex, una maldición que empezaba a sufrir en ese momento, sin saber en qué más pensar se levantó pago su café y salió del establecimiento, caminando avenida arriba sin rumbo fijo, nada podía ser más estresante que la terrible sensación mescla de miedo e inseguridad que la dominaba sin que ella pudiera hacer nada. Debía olvidarse de su familia, o podía ponerles en peligro y jamás le diría que ahora se había transformada en una abominación, eso solo los llenaría de dolor, afortunadamente sus padres habían muerto hace algunos años en un accidente así que era una preocupación menos, no tenían que pasar por la dolorosa pena de ver a sus hija convertida en un monstruo, ahora su hermano era otra cosa, sabía que la iba a buscar y no pararía, quien además era una persona muy explosiva, debía idear un plan para alejare, irse de la ciudad era lo más prudente, pero debía esperar por Dex, así que reflexionando sobre ello lo hizo a un lado para luego ocuparse de eso.

No podía creer que debía ir a casa de Elizabeth, al amanecer no debía estar en la calle o el sol la quemaría reduciéndola a polvo y había escuchado que el dolor era indescriptible y Dios sabe que no deseaba en lo más mínimo terminar de esa espantosa forma, así que no le quedaba otra opción, se encamino a casa de Elizabeth, que no quedaba muy lejos desde donde estaba, probaría correr un poco, ahora que tenía esta nueva y repulsiva condición, con la que podría recorrer una gran distancia a una velocidad sobre humana, debía probar, dejar ese miedo visceral a aquello que le espantaba y dar ese paso al vacío, el primero para empezar a aceptar su nueva condición animal.

Pero ¿Qué pasaría si su hambre la ciega y ataca a Elizabeth cuando la vea? No podía permitir eso, no pasaría, seguirá tomando litros de café, para engañar su sed, se veía así misma bebiendo sangre y le asqueaba, le revolvía el estómago verse inmersa en eso como un primitivo animal de caza.

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