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EL ESPACIO DEL HOLOCAUSTO by Scarlet C.

 

“El naipe…
La noche deshilachada
el destrozo investigando
y entre tú yo,
el silencio.”

 

 A mi nieta…

Cuando leas esto ya no estaré. No será la típica conversación donde yo digo y tú preguntas ¿Injusto? Sí… pero únicamente puedo ofrecerte este monólogo, quizás algún día entiendas que los seres de mi generación somos muy complicados para la tuya. Estaré a muchos metros bajo tierra cuando esta carta llegue a tus manos y aunque te resulte ingrato mi proceder, es indispensable para mí exponer la versión de lo ocurrido y el por qué jamás estuve en tu vida.

¡Qué viejo tan egoísta! pensó Atman — ¡Ah!  Inspiró tan profundamente que el pecho se le hundió. Se levantó y cambió de música, necesitaba algún tipo de compañía para seguir leyendo. En realidad, el asunto no era la soledad sino la clase de séquito que la perseguía horrorizando la membrana de sus ojos a fuerza de oxidadas excusas.

Bajó la mirada y la fijó nuevamente en el fatídico papel.

¡Es tan difícil explicar por qué nunca estuve para ti! Te dejé con mi único hijo y la salvaje de tu madre, perdona, es que no pude aceptarlo aunque quiero que sepas que estaba muy orgulloso de ti ¡Eres brillante! Virtud nuestra sin duda pero ten presente también y esto es muy importante, en ti coinciden tanto la inteligencia de mi hijo como la brutalidad de esa india madre tuya ¡Solo un antropólogo demente se casa con el objeto de estudio! ¿No era lo coherente, estudiar su primitivo comportamiento y ya? ¿Hacer una investigación con ella? Pero no, tu padre siempre fue un inadaptado, no solo se limitó a analizar esa asquerosa casta, además se casó con una integrante ¡Qué bárbaro! Tan genial y desquiciado.

Atman sintió una psicosis momentánea apoderarse de ella, comenzó a dar alaridos en plena madrugada — ¡Eres un maldito! — gritaba gesticulando hacia las sombras que modulaban a sus dedos en las esquinas ¿Qué malsana tentación la obligaba a sumergirse en el fango del pasado? Se calmó un poco y luego, continuó.  La luna se colaba entre las rendijas de las persianas dibujando una cruz en la pared, se levantó otra vez a cambiar la música, no atinaba con ninguna, nada anulaba el poder que ejercía un cadáver encendiéndole la  ira ¿Por qué se torturaba releyéndolo una y otra vez? La culpa, es una tira larga y densa.

… Un hedonista, se llenaba la boca con aquello de: “Proletarios del mundo ¡Uníos!” ¿Un comunista en mi familia? ¡Imposible! El hombre nuevo… una absoluta atrocidad para describir el fin de la humanidad. Le retiré el dinero a ver si entraba en razón pero se enfureció, abandonó los estudios de Ingeniería que le pagaba en Estados Unidos, se fue por Etnología, dedicándose a vivir en comunas como un criminal regalando flores a los soldados, luchando contra la Guerra de Vietnam ¡La mejor de todas! ¿No se trataba de crear otro mundo?  ¿Se puede conseguir eso sembrando ideologías igualitarias? No existe la igualdad porque, precisamente, la desigualdad es el equilibrio.  Para completar el cuadro, su novia pertenecía a los Shuswap quienes en su intento por definir lo que en esa época se denominó “El Cuarto mundo” en cuanto al alejamiento y pérdida de la identidad frente <decían> a la supuesta incapacidad de insertarse correctamente en otra cultura distanciándose de la originaria, bueno ¡Una locura! ¿No deberían estar agradecidos aceptando la auténtica civilización que les ha regalado el marco de pertenecer, con decoro, a la sociedad occidental? Hubiese preferido que se casara con esa, al menos era blanca.

¡Caía la bruma! y como el tango sus ojos no se cerraron. La verdad está adentro… pero ¿Alguien quiere verla? No es un lago quieto donde se posan las estrellas ¿Cómo lo dejan a uno tanto tiempo en el fondo? ¿Justamente cuándo se es tan pequeño? Después esperan milagros… En la mesa las acciones delimitando la fachada que se juzga, la discriminación que se señala ¿Cuándo fue? Hubo un momento crucial que fracturó el existir, un pegote oleoso cubrió los ojos de frialdad matando al halo de la inocencia.

En esa misma caja donde guardaba sus remembranzas, yacía aquel naipe… Una tarde de invierno, su padre se lo regaló cuando apenas tenía siete, formaba parte de la sorpresa navideña, lo pegó en la portada de “Alicia en el país de las maravillas” ¡Qué grande! Ella sentada sobre la alfombra con las piernas cruzadas mientras su padre Dios narraba la fantástica escena de una niña cayendo por un agujero para descubrir un lar lleno de alucinantes eventos. Tomó al naipe y le clavó los ojos con ansias desmedidas mientras que su mente se iba al universo paralelo de la desolación.

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¡El conejo! Recordó a su padre cambiando la voz mientras leía y miraba al reloj, caracterizando a la perfección a un personaje desesperado ante transito del tiempo — “¡Dios mío, voy a llegar tarde!”. Era tan realista y divertido que hasta parecía formar parte viva del relato, como si el mismo Carroll lo hubiese inventado ¡Cuándo deseó ser Alicia escuchándolo! Deambular rodeada de resplandecientes ilusiones tras la estela surrealista de aquella historia, experimentar otro tipo de velocidad distinta al acoso de una infancia tan solitaria. Ese cuento le cambió la perspectiva, apostó por la fábula de un hueco lleno de naipes reveladores, un mundo sin dolor activado por coloridas aventuras. Desde ese día solo soñaba con vivir en el Edén, disociación psicológica que hacía posible sobrevivir al holocausto del espacio y los mil recovecos.

Su familia era la consecuencia de un experimento genético que había salido muy mal, el oscuro ambiente de su hogar parecía haber sido escrito por Horacio Quiroga,  animado por la faz desfigurada de un Picasso al abrigo roto de Kahlo pero en su mente, la evasión creaba realidades hermosas, corría jugando a ser feliz, creciendo y encogiéndose como Alicia. Las pocas veces que vio a su abuelo fue insultando a su madre quien jamás abrió la boca con otro motivo que no fuese el de alimentarse. Nunca asimiló qué sentido tenía su existencia tan lejos de su mundo.

¡La penúltima hora antes de las tres! Se preparó otro vodka y le agregó tres Oxis ¡El sopor del conejo sin el tic tac! Cautivo en sus manos deshumanizadas, la metamorfosis del ventanal trasmutando a libélula, su abuelo colgado en el cadalso del techo.

Luces criminales quebraban la ventana robándole la necesitada ceguera, impunes, se plasmaban sobre la sinuosa hilera de espejos, devolviéndole su imagen tal castigo. La única oscuridad a la que podía aferrarse la llevaba dentro ¡Bajó los párpados y se fue! Abrazó al naipe sobre el corazón y se tumbó en el suelo levitando al compás arrítmico de sus pulsaciones. Una especie de síndrome le hizo abrir los ojos y voltear nuevamente hacia el cristal.

¡Malditos espejos! ¿Quién los habrá inventado? Solo reflejan ficciones de luz dando la vuelta, jamás sabremos lo que otros captan al mirarnos.

Su mente no cesaba de buscar alguna justificación en el postergado amanecer ¡Ya no podía con el siniestro manuscrito!, pero, ¡era tan adictivo! Se metió el naipe en la boca, lo masticó lentamente ¡Se lo fue tragando sorbo a sorbo! Mientras disfrutaba deslizándolo en el abismo de su garganta.

Scarlet C.

 

 

 

 

 

 

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