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La mordedura by Jorge Aldegunde

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Recordó aquel libro de relatos de Akronius Lichten —Crónica de los años perdidos, se llamaba—Lecturas de joven imberbe, de cuando aún conservaba la vista. Cuando la vida, densa y profunda, ofrecía oportunidades a precio de saldo. En uno de ellos, casi poético, el protagonista —una suerte de vikingo adusto y montaraz— emergía en medio de un frondoso laberinto. Se afanaba en buscar la salida y, cuando por fin la hallaba, sucumbía preso de una inesperada somnolencia que lo retenía y lo obligaba a postrarse sobre la húmeda hierba, cayendo profundamente dormido. Cuando despertaba no había ni rastro de la escapatoria y, así, quedaba condenado a repetir una y mil veces su esquiva suerte hasta que, ya anciano y con las fuerzas exangües, la misma muerte acudía a liberarlo de su tormento.

Desde que egresaron del desierto, en el que únicamente crecían las dunas, y se adentraron en la sabana, Dos se sentía igual de desdichado que el guerrero del relato. Construía falsas ilusiones en las que cada etapa era la última. Pero la realidad era terca, obstinada y lo sorprendía con una nueva y mayor exigencia. La transición entre los paisajes (y los climas) fue rápida, brutal. Tanto como la muerte de los vigías: número Cuatro y número Ocho; aquellos malditos escorpiones eran tan minúsculos como letales. Todo había sucedido en cuestión de minutos: al divisar la vegetación habían bajado la guardia y los artrópodos, genéticamente optimizados para el mal —como no pocas especies—, habían trepado por las botas y encontrado un resquicio de piel por el que inyectar su veneno. Dos los había escuchado gritar, primero con sorpresa; después con la voz ronca y asustada de quien sabe que morirá ahogado. Cinco, que era médico, poco había podido hacer por sus vidas. Consultó con Siete y este, tras comprobar el aspecto negruzco del exoesqueleto y el rojo brillante del aguijón, negó con la cabeza y chasqueó la lengua.

—Están jodidos —dijo el biólogo—. Solo podemos administrarles líquido para pasar el trance.

—Pues recibirán su parte; nada más. Estamos escasos de agua potable —recordó Diez, desbordante de pragmatismo.

Al fin los enterraron. Escogieron un lugar, en plena tierra de nadie, donde la incidencia de cíborgs era —por experiencia— escasa. Desde hacía dos noches, cuando las vieron en plena travesía por la aridez del erial, no habían divisado más aeronaves. Asher permaneció al lado de Dos, mientras Nueve cavaba en el áspero terreno.

—Buen chico —murmuró Dos, mientras acariciaba su pelaje. Sabía que era un cruce entre pastor belga y un can de otra especie, de envergadura algo menor. Hubiera dado un potosí porque sus maltrechos ojos le permitieran distinguir su espeso y brillante pelo negro. Pero, como todo lo demás, solo podía imaginarlo.

Uno lideraba la marcha, flanqueado por Nueve y Diez. Tres seguía a pocos pasos, sin bajar la guardia. Dos ponderaba la lógica de que en el liderazgo del grupo se hubieran impuesto los soldados. Los especialistas resultaban útiles en momentos puntuales, pero la mayor parte del tiempo presentaban un perfil bajo, como si pidieran perdón por existir. Él mismo era una anomalía: un invidente con su perro guía que, de acuerdo con las instrucciones de la misión, se revelaría útil solo si llegaban al final. En algún lugar de su cabeza radicaba la semilla, una especie de virus preparado para infectar la inteligencia central, depredadora y omnisciente, de los malditos bots. Ni él sabía dónde estaba su implante; ya cruzaría ese puente. En el ínterin, las noches que conseguía pegar ojo estaba atento a la respiración de Asher, no fuera que alguno perdiese la calma y le quisiera dar matarile.

Atravesaron una región desprovista de árboles, si bien los pastos lucían exuberantes. Hacia el norte se dibujaba la forma de un volcán, con nieve permanente en sus laderas y un cráter silencioso, apenas humeante. Mantuvieron rumbo al oeste. Hasta donde alcanzaba la vista, el paisaje verdeamarillento se prolongaba. Ocasionalmente cruzaban algún que otro pantano seco, donde abrevarían las bestias en época de lluvia.

Menguaba el día; Seis y Siete daban muestras de cansancio. Acarreaban, justo era decirlo, más peso que los demás en sus fardos de los que, por otro lado, no se desprendían un solo minuto.

–Pronto no tendremos luz para seguir –objetó el científico–. Debemos encontrar un lugar donde acampar.

–Sin Cuatro y Ocho tendremos que repartirnos entre todos el reconocimiento del entorno –apostilló el ingeniero. Seis acumulaba un valioso conocimiento de las tácticas del enemigo. Incluyendo sus escasos puntos débiles.

Uno se detuvo a mirarlos, casi condescendiente. Nueve se relajó y Diez les dedicó una mirada furibunda, reprobadora y llena de desprecio; como si fueran lastre. Tres sacó los prismáticos y oteó, paciente.

–A menos de un par de millas tendremos el cobijo de algunos árboles. No deberíamos quedarnos aquí, en plena intemperie. Seríamos carne de cañón para esas ratas plateadas.

Su voz rasgaba. Llevaba el pelo al cero y tenía una mirada capaz de dinamitar puentes de hormigón. Y casi siempre tenía razón, cosa que Diez odiaba –y no era lo único–. Lo que peor llevaba era que Uno tenía confianza ciega en ella; era la segunda de abordo. Hablaba poco, pero decía bien. Diez suponía que, además de su destreza para manejar situaciones extremas, tenía otras habilidades más mundanas. Verbigracia: algunas noches ambos desaparecían para volver al cabo de un par de horas, con semblantes dizque más relajados; juntos, pero ya no revueltos. Al poco, Uno se echaba un cigarro, clandestino y asaz revelador. Un clásico de manual.

El último trecho se hizo eterno. Les llamó la atención los pocos animales salvajes que se dejaban ver. Divisaron cebras y gacelas, que se mantenían a prudente distancia. Pero no hallaron ni rastro de los depredadores, los grandes carnívoros. Por fin alcanzaron la región arbolada, en la que la llanura comenzaba a descender levemente. El sol comenzaba a ponerse.

–Será aquí –dijo Uno–. Que Tres, Nueve y Diez se organicen para explorar y vigilen. Debemos asegurar la zona. Esta noche no podremos hacer fuego.

Permanecieron cobijados por la vegetación y cenaron frugalmente. Cinco, Seis y Siete conversaban en voz queda, sobre sus asuntos. Tres repasaba el armamento –un subfusil de asalto– y Uno tenía la mirada perdida hacia el oeste, donde morían los últimos jirones de luz. A pocos metros Asher permanecía atento, recostado junto a Dos; las orejas en tensión.

Nueve y Diez se habían repartido el perímetro y hacían guardia, cruzándose.

–Hay que joderse. Pateando hierba como putos centinelas.

–Ve acostumbrándote –repuso Nueve.

De entre los sonidos de la noche filtraron uno, amortiguado y apagado, que provenía de unos metros al este. En esa dirección la noche era completamente negra. La luna nueva tampoco ayudaba. Nueve adoptó la posición de combate y encendió el visor de su fusil, que proyectaba un potente pero estrecho haz de luz. Caminó despacio y repasó el terreno. Descubrió que estaba aplastado; las huellas remedaban pisadas planas, casi de gigante.

–Pero, qué coj…

Fue solo un golpe, seguido de un crujido –sus costillas, al partirse–. Nueve no tuvo tiempo de decir más. Diez, a pocos pasos, apuró su instinto y apuntó, no quería disparar a bulto. Por detrás, a traición, notó cómo lo agarraban y levantaban un par de metros.

-¡EMBOSCADA…! –gritó con todas sus fuerzas. Una fría mano le cerró la boca. El olor a metal le devolvió, por un breve instante, la lucidez. Clac. Fue el sonido del cuello al romperse. El engendro, un bot de infantería G-506 dejó caer su cuerpo para pasar a otro objetivo vivo.

Tras la alerta de Diez, Uno y Tres reaccionaron como resortes. Se pusieron espalda contra espalda, girando sobre sí mismos mientras iluminaban el espacio a su alrededor. El médico, el ingeniero y el científico apuntalaban la escena, pistolas en mano. Asher no paraba de ladrar y Dos, confundido, trataba de aplacarlo.

A pocos metros de altura, desde el cielo, dos enormes focos de luz aparecieron sorpresivamente. Siguió el petardeo de cañones de ametralladora que, desde las aeronaves que daban cobertura al ataque, comenzaron a disparar. Cinco, Seis y Siete cayeron, cosidos a balazos entre apagados quejidos, sin apenas opción a defenderse. El médico intentó atender al ingeniero, que se desangraba por la femoral. El biólogo había recibido el impacto de una bala explosiva cerca del cuello. El proyectil, que detonaba su carga al impactar en el blanco, había separado parcialmente su cabeza del resto del cuerpo, que todavía se sacudía, en puro espasmo. Cinco intentó arrastrarse; fue entonces consciente del poco tiempo que le quedaba: había recibido un impacto en el abdomen y bastante tenía con aguantarse las tripas. Chilló, desesperado, maldiciendo su suerte.

Uno y Tres apagaron sus visores, conscientes de que la oscuridad era su única opción. Dos, que imaginaba la escena, tiró de la correa de Asher.

–¡Calla chico! Llévame lejos de aquí –susurro al animal.

Tres y Uno iniciaron una maniobra de distracción, rodando por el terreno y buscando el amparo de arbustos cercanos. Al tiempo, abrieron fuego contra las aeronaves, terminando con los reflectores. Intentaron reagruparse. Los drones seguían disparando, ahora sin tino, tratando de allanar el terreno a los robots que, desde fuera, intentaban dar con los fugitivos.

–Entréguense y no sufrirán más daño –escupió una voz demasiado humana desde algún punto de la penumbra.

Uno se arrastró en silencio. Cuando creyó estar lo suficientemente cerca, se apoyó sobre sus rodillas y disparó una ráfaga continuada. El visor mostró a un cíborg –un C-12, extremadamente ligero–, al tiempo que la lluvia de balas, a bocajarro, lo derribaba. De algún lugar de la oscuridad salieron dos más. Con asombrosa rapidez, rodearon a Uno y abrieron fuego. Intentó escabullirse, pero fue alcanzado en una pierna y un brazo. Profirió, mientras se arrastraba, un quejido sordo que terminó de revelar su posición. Cuando iba a ser abatido Tres apareció, enloquecida, agotando la munición sobre el enemigo. Gritó desesperada, mientras se abrazaba a Uno que, acribillado, se preparaba para morir. Aeronaves y robots se sincronizaron para despedazar a sus enemigos. La noche se iluminó, casi un espectáculo pirotécnico, mientras Tres resistía, heroica, dispuesta a vender cara la piel. A morir matando.

Dos se dejaba guiar. Asher volvía la cabeza, dispuesto a pelear, cada vez que el estruendo de cañones y fusiles atronaba. Más aun cuando los compañeros gritaban o se quejaban. Dos, empero, lo reconducía. Al cabo de unos minutos reinaba un silencio de muerte y desolación. Dos no pudo ver nada –limitado por su ceguera–; solo pensaba en apurar sus opciones dejándose guiar por el instinto del animal.

–Buen chico. Sigue, sigue así. Sácanos de aquí –lo alentaba.

La pendiente del terreno se tornaba más acusada. Merced a su fino oído, Dos percibió un rumor: un río. Asher apretó el paso. Al llegar a la orilla, el perro sació su sed. Dos aprovechó para empaparse la cara y refrescar el gaznate. Sabía que el peligro acechaba, pero no podían desenvolverse mucho tiempo más sin agua. Sus pertenencias habían quedado atrás y volver no era una opción.

Caminaron siguiendo el curso del río cuya dirección predominante era el oeste. Asher había devenido en aplicado sabueso: olisqueaba y descubría un rastro imaginario que nunca se separaba más de dos o tres metros del cauce. Dos apreciaba las distancias, por pura aproximación y combinatoria de sentidos, que había aprendido a dominar para compensar su ceguera. Con todo, no hay sistema libre de fallas: no se percató de que Asher se detenía y terminó tropezando con el lomo del animal, al tiempo que, sin querer, pisaba sus cuartos traseros. Asher se quejó con un aullido lastimero.

–¡Silencio….joderrrr! –Dos se desesperó; masculló mil infamias, maldijo su torpeza y mala sombra, mientras trataba de ahogar los quejidos del can. Pero no iba a ser suficiente.

Siguieron varios chasquidos, al otro lado del río. Asher captó las poderosas luces de los drones que, deprisa, se les acercaban. Trotó hacia ellas a toda velocidad, aullando como un lobo, alejándose de Dos. Desde la orilla opuesta invisibles cañones de ametralladora abrían fuego sobre la estela del animal. Dos lo llamó, una y otra vez, pero Asher sufría su propia ceguera –con su instinto por castigo–. Al cabo, aquellas balas explosivas lo alcanzaron. Los gemidos del animal herido se elevaron por encima de las detonaciones; resonaron en la cabeza de Dos.

-¡ASHHHH…!

Desesperado, cubrió sus oídos con las manos y se alejó corriendo del río. Mientras notaba el golpe de adrenalina, pensó en lo irónico que sería si el único que se salvase de la cacería fuese ciego por obligación y sordo por devoción. Tropezó con un arbusto y se quedó tendido y en silencio.

–Entréguense y no sufrirán más daño –repitió la voz.

Una última ráfaga cortó el aire, sobre el que quedó, suspendido, un aullido largo y prolongado, que acabó perdiéndose en el tiempo.

Dos apretó las mandíbulas; se echó las manos a la venda que, por estética, cubría sus ojos y se la quitó. Despacio, abrió los ojos y miró al cielo. Al principio, pensó que los millones de puntos blancos no eran más que el reflejo de la tensión de los párpados, eternamente cerrados. Luego percibió el anárquico juego de intensidades cambiantes. Al fin, Dos volvió a contemplar las estrellas.

También los vio a ellos, brillos metálicos: máquinas de un futuro demasiado presente, diseñadas para sesgar vidas. Uno de los cíborgs estaba rematando a Asher, que ya apenas se movía. Dos suspiró, lúcido, sereno. Y entonces corrió. No para escapar del peligro, sino para confrontarlo. Y sus pies se volvieron, a cada zancada, más ligeros. Veinte metros. Quince. Sentía que volaba. Abordó al cíborg de un salto, y trató de reducirlo con puñetazos y patadas. Por un momento, se miraron frente a frente. Dos captó algo extraño en aquellos ojos. Confusión; acaso miedo. Y, por puro instinto, sonrió mientras mordía con todas sus fuerzas, hundiendo sus colmillos en los engranajes de aquella bestia articulada.

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