Archipielago

MOON OVER HAMBURG STREET by by Brian Martin-Onraët

Cuando lo conocí, tenía cerca de 80 años. Caminaba por la calle de Hamburgo, en la Zona Rosa. Eran las tres de la tarde, un domingo de Octubre, hace muchos años. Se habían acabado las lluvias, y yo disfrutaba el sol, y esa luz tan especial de Octubre en México.

Estaba sentado en el Angus, en una de las mesas que tienen en la calle de Copenhague, bajo el toldillo rojo; había escogido un sitio donde me alcanzaba el sol, y miraba las fachadas antiguas, de piedra gris, con sus ventanas adornadas. Ahí en la terraza, me sentía como en una calle del viejo París, o en Madrid, muy lejos de México.

            Cuando lo vi, se acentuó la impresión extraña. Tocaba un viejo aire alemán. Se veía digno, viejito, alemán. Quién sabe por qué camino había llegado a México.

            Tenía un color bronceado, curtido, llevaba como una especie de delantal de cuero rojo.

Era, creo, de los últimos órganos que andaban en la ciudad de México. Todavía tenía grabada la dirección del fabricante, en letras doradas: Schauenhauer Allée 73 – Berlín.

            Lo manejaba un señor tan viejito como él. ¿Lo habría heredado de su papá? ¿De su abuelo? ¿Habría nacido con él? No lo sé.

            El órgano volvió a tocar. Cerré los ojos y la música me llevó sueños de Europa, donde cantaban los otros órganos ya desaparecidos allá: noches de Diciembre, oscuras, con las luces de los almacenes decorados para la Navidad, la gente caminando rápido en el frío y la lluvia o la nieve, haciendo sus últimas compras, sin escuchar la música.

            Aquí el órgano no tenía tanto frío, pero tampoco la gente lo escuchaba.

            Le di algunos pesos al acompañante del órgano, luego se fueron los dos a otra calle: Londres, Florencia, un viaje instantáneo a través de mi vieja Europa.

            El mesero, cuando le pregunté, me dijo que el órgano era el último, que el organista se llamaba Joaquín, era muy grande, y ya casi no podía cargar el órgano, pero llevaban 60 años juntos; eran viejos amigos, Joaquín y el órgano.

            Volví a ver al órgano y a Joaquín una sola vez, por ahí de Diciembre, en la calle de Londres. Joaquín se veía pálido, y el órgano sonaba triste. Quise hablar con Joaquín para saber más de su historia y del órgano, pero, como siempre, no tenía tiempo. Otro día…

            Un año después, estaba nuevamente en el Angus, un domingo en la misma mesa, con el mismo mesero, le pregunté qué había pasado con Joaquín y el órgano.

–           ¿“Joaquín? Ay señor, se murió en Diciembre. Se resfrió tocando el órgano en la calle, y a su edad… En dos días se lo llevó una pulmonía. Ni sus hijos fueron a verlo.

―¿Y qué pasó con el órgano? – Pregunté.

―¿Sabe que es curioso? Desapareció. Los hijos querían venderlo, pero no lo encontraron. Lástima, era el último órgano de México…”

El mesero se volteó para ver si alguien lo escuchaba y me dijo en voz baja:

―“¿Pero sabe que hay algo más? ¿Ya no hay organistas en México, no?

―Sí – contesté – hace tiempo que no he visto, perdón, oído uno.

―Bueno, a mí me han comentado que una noche de Febrero, cuando había mucho aire, alguien escuchó el Órgano, con el mismo toque de Joaquín, allá, en la calle de Hamburgo, y cuando fueron a ver, no había nadie más que la luna”.

© BMO y Equinoxio Link al blog: https://equinoxio21.wordpress.com/

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