Me siento a mi propia vera
De tanto tragar filos mis voces son apenas
silbidos inaudibles
proclamas de tardes y de vientos.
Las piedras me han servido de confidentes
Ignoro con cuál fin, pero velo.
No nombro infiernos ni convoco umbras:
los anticipo.
No deseo más que una mujer,
una lo suficientemente ciega
como para atreverse a permear sobre mí
sus perfumes,
una que olvide mi rostro, mi cuerpo y sus espinas,
una que no tase más que mi incienso
y me escrute sólo con la punta de los dedos.
Arsenal o cerebro, no sé:
hace tiempo que me deshice de eso.
Me flagelo si maldigo
o si blasfemo contra el silencio.
Repto; mezclo telarañas y moho,
examino cifras, restauro granos de arena
y me ufano únicamente de ser
orfebre de ningún escándalo.
Eso es todo;
en realidad ya no me queda mucho qué decir:
mudo tras las avalanchas,
caracol adrede,
soy abundante sólo en ecos.
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