miércoles, junio 24 2026

POR UN PLATO DE LENTEJAS by MARÍA JOSÉ NEIRA

A Eva tampoco le gustaba el puré de lentejas, lo odiaba desde pequeña. El olor a legumbres cocinadas sin sustancia alguna le resultaba nauseabundo, se introducía por su nariz, bajando hasta el estómago, y le daba arcadas.

-Haz el favor de comer el puré que preparó tu abuela, Sara. ¿Ves? no tiene bichos, ni plantas de colores. Anda, vete comiendo la carne poco a poco y una cucharadita de puré en medio.

-¡No quiero la carne, me hace bolas!- protestó la niña.

-¡Pero es que es un filete, no carne guisada, que no hay quien te la haga comer! A esta niña le ven más los ojos que el papo. Va a acabar conmigo. ¡Que te comas el filete de una vez, o el puré, o la servilleta, pero come algo!

La niña escupió el contenido de la boca sobre el mantel.

-¡La madre que te parió! -Eva empezó a zarandear a su hija y la niña rompió a llorar. -¡Marrana! ¡Eso no se hace!

La abuela cogió un trapo del fregadero y limpió el vómito de Sara, mientras la niña lloriqueaba.

-Ya está otra vez con el chantaje emocional  -lamentó Eva-. Si es que no hay manera con la criatura. Habrá salido al imbécil de su padre.

-No seas así con la niña, Eva. No te acuerdas de cuando tú no querías comer. Vaya años nos hiciste pasar. Y no hables mal de Roberto delante de tu hija, no deja de ser su padre.

-¡Anda, la hostia! A lo mejor es culpa mía y resulta que la niña lo ha heredado de mí. Mira, mamá, el problema de Sara es que le consentís todo, no la tenía que haber dejado tanto con vosotros.

-¡Desagradecida, que eres una desagradecida! ¡Si no fuera por nosotros, a estas horas estaríais viviendo bajo un puente! -gimoteó la madre.

En ese momento se abrió la puerta de la cocina y apareció su marido, alertado por las voces. Su presencia imponente hizo que las mujeres se callaran.

-A ver ¿qué es lo que está pasando aquí? –preguntó.

-Pues nada, Jaime, que la niña no quiere comer y Eva se está poniendo nerviosa. Y como no sabe imponerse, pues le grita y, claro, la cría llora.

-A ver, Eva, te he dicho muchas veces que no sabes. No la fuerces, o dale otra cosa -sugirió el padre.

Jaime se acercó a la cazuela que estaba en la encimera y levantó la tapa. El vapor empañó los cristales de la alacena y los azulejos, inundando la cocina de un aroma exquisito a verdura cocida con chorizo.

-Igual quiere un poco de esto –bromeó el padre-. Y con un vaso de vino tinto.

-¡De eso nada! Estoy acostumbrándola a comer de todo, menos grasas y estas cosas tan fuertes que prepara mamá. Claro, no me extrañaría que le permitierais cualquier capricho cuando viene. Sí, sí, vuestra generación hacía cualquier cosa con tal de no oír berridos ni aguantar rabietas.

-¡Tú qué sabes, cabeza loca! ¿Nos vas a dar lecciones, tú? Que te marchaste de casa con ese Roberto de los cojones y mira cómo te pagó. Siempre te has empeñado en hacer lo que te dio la gana. Pues ahora apechugas y crías a tu hija y si no, no haberte follado a ese guaperas subnormal.

-Jaime, por favor, no hables así delante de la niña. Ya ha oído bastante-suplicó la mujer.

Eva se levantó, tiró la servilleta y pegó un puñetazo encima de la mesa. Después cogió a Sara y la llevó fuera de la cocina, ante la mirada atónita de sus padres. Tres minutos después volvió a entrar y cerró de un portazo que hizo temblar los platos de cerámica de Talavera de la pared. Uno de ellos se cayó y se hizo añicos.

-¡Ay, mira lo que has hecho! ¡Desgraciada! Ese plato era un regalo de tu abuelo ¡Es que te mato! -gritó su madre.

-Ya la has oído. A ver cómo lo arreglas ahora. Es que, de verdad, no sé para qué vienes, si lo único que te interesa de nosotros es que te cuidemos a Sara. Haberla mandado con tu amiga o en el bus, como otras veces.

Eva empezó a congestionarse intentando no llorar. Había guardado demasiado y sintió que iba a explotar si no hablaba.

-Sí papá, tienes razón,  yo ya he oído bastante, pero ahora os toca a vosotros ¿Qué pasa, papá? ¿Qué te has vuelto un blandengue y ya no quieres castigar a Sara como nos hacías a Elena y a mí? A tu manera, claro. Pegar, lo que se dice pegar, nos pegabas poco. No, tú eras más refinado. Aún me acuerdo de aquella vez que me sacaste con el plato al patio porque no me quería comer el puré. Hacía un frío que pelaba, pero no me dejaste entrar hasta que el plato se quedó vacío.

-¡Mentirosa! –chilló la madre- ¡No te consiento que digas eso de tu padre, que siempre os ha tenido en palmitas!

-¡Tú cállate, mamá, que era tu especialidad y lo sigue siendo, callarte para que nadie se enterara de lo que pasaba bajo las cuatro paredes que llamabais hogar!

El padre seguía sin articular palabra, cabizbajo y apretando los puños por debajo de la mesa. Hizo un ademán de decir algo, pero Eva lo cortó de cuajo.

-Todavía no he terminado-prosiguió-. Tampoco se me olvida cuando obligaste a Elena a bajar a un recado en calcetines, sólo porque te contestó que no le daba la gana de ir. No podías soportar que nos enfrentáramos a tu autoridad y eras tan cruel que yo, personalmente, hubiera preferido que me dejaras la mano estampada en la mejilla. Fuiste un auténtico cabrón, pero ahora ya no eres nada más que un viejo.

Eva se marchó dando otro portazo y volvió con la niña. Sus padres habían empezado a comer y miraron a su hija con expresión interrogante.

-Sara y yo nos vamos al bar de Paco a comer unas hamburguesas con patatas fritas y aros de cebolla, a ver si reventamos y después volvemos para hacer la maleta. Mañana por la mañana cogemos el primer bus que salga para León.

 

 


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