La señora sintió la frenada desde el interior de su casa. Se dirigió hacia la salida y abrió la puerta.
Al mirar al exterior, su curiosidad se tornó en angustia.
En el medio de la calle, tirado en grotesca e inerte posición, se encontraba Hugo…¡su Hugo!
Un auto se había detenido unos metros más adelante.
Corrió desesperada hacia el lugar. Al acercarse, notó que un hilillo de sangre manaba de la boca del caído, incrementando el dramatismo de la escena.
Se arrodilló al costado de aquél e intentó reanimarlo, mientras su sollozo se trocaba en llanto.
—¡¡¡Hugo…Hugo!!! —gritaba, mientras se aferraba a aquel cuerpo muerto, en un inútil esfuerzo por recuperarlo.
—Fue…un accidente…—se justificó el automovilista, que había bajado de su vehículo para acercarse al lugar—. Él cruzó apurado y sin mirar, y yo no pude evitar embestirlo…¡Le juro que fue un accidente!…Yo venía despacio y…
—¡Son mentiras! —gritó un barrendero que se encontraba ejerciendo su tarea en las inmediaciones—Yo vi todo. ¡Él aceleró a propósito!
Esos tipos, como tienen auto, se creen los dueños del mundo. No respetan a nada ni a nadie.
¡Nos desprecian a nosotros, los pobres! ¡Habría que matarlos a todos!
—Hugo…Hugo —repetía la señora.
—¡No fue así —se defendió el conductor, con creciente nerviosismo —Si apuré un poco se debió a que los semáforos estaban por cambiar…
—¡Mentiras! —repitió el barrendero—. ¡Hay que matarlos a todos! —clamó con una obsesión que mediaba entre el rencor y la locura.
Junto a los gritos de los dos hombres y la «música» de fondo del llanto de la señora, se escuchó otra voz.
Un vecino se había acercado sin ser advertido, y explicó:
—Yo también vi el accidente. Se notó que el conductor no quiso atropellarlo, pues intentó realizar una maniobra para esquivarlo que, lamentablemente, resultó infructuosa.
Pero fue negligente al acelerar para ganar unos segundos con el cambio de luces.
En resumidas cuentas, un accidente que podría haberse evitado siguiendo el sentido común.
Pero como dicen, lamentablemente, el sentido común es el menos común de los sentidos.
—¿Me va a salir de testigo para la denuncia? —le preguntó la mujer a este último, mirándolo a los ojos, sin dejar de llorar y limpiándose las lágrimas con la mano derecha.
—¿Qué denuncia? —contestó el aludido con otra pregunta. Tampoco vamos a exagerar, señora.
Al fin y al cabo, se trata solamente de un gato.
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