Relato publicado en el libros Así os ponemos los cuernos las mujeres»
Primera parte
Hasta esa mañana no había reparado en él. Había estado adscrito a la cafetería igual que la barra de madera lustrosa, la máquina del café o el expendedor de cerveza. Si en alguna ocasión no hubiera ocupado su lugar habitual habría pensado que faltaba algo sin saber precisar el qué. La persona que se sentaba en la mesa del rincón era un habitual de las nueve, como yo misma, una adicta al café concentrado de máquina que busca en ese primer chute de cafeína el estímulo para comenzar el día.
Cuando Raquel era pequeña la dejaba en el colegio y entraba en cualquier cafetería de regreso a casa antes enfrascarme en las valoraciones y correcciones de los manuscritos que puntualmente me envía la editorial para la que trabajo. Y ahora que mi hija está en esa edad en la que la mano de mamá se nota sudada y pegajosa, cuando una madre sólo es imprescindible para ir de compras, salgo de casa al mismo tiempo que ellos: la niña al instituto, Pedro, mi marido a la correduría y yo a mi cita diaria con el café.
Desde que descubrí “Magazín-Café”, pese a que me queda a unos quince minutos de mi barrio, doy por bien empleado el tiempo que invierto en llegar con tal de disfrutar el aroma de café que se respira en el local. Nada más traspasar la puerta, mis papilas olfativas, glotonas, despiertan de golpe, activan la circulación y mis neuronas esperan ansiosas el placer de la cafeína.
A las nueve de la mañana no hay demasiados clientes. En esa hora insulsa entre los que entran a trabajar a las ocho y los que salen a almorzar hacia las diez sólo unos pocos habituales nos repartimos entre las mesas y la barra. Yo soy de mesa y periódico, incapaz de tomarme el primer café del día de pie, deprisa y corriendo
No ocupo dos días seguidos el mismo lugar, me gusta cambiar; quizás por ese motivo nunca me fijé en la persona que se sentaba en una de las mesas del fondo, junto a la ventana de cristales biselados.
Esa mañana entré repitiendo mi ritual diario: abro la puerta, la sujeto con la mano derecha, hago una inspiración profunda, lleno mis pulmones de la atmósfera caliente y cargada, la retengo unos instantes y la exhalo poco a poco. Suelto la puerta y en dos zancadas estoy en el mostrador. A los pocos minutos saboreo el café humeante mientras ojeo la prensa.
Iba a dar el tercer sorbo de café cuando me sentí observada. Levanté la cabeza y me encontré con unos ojos ambarinos, algo saltones, que me miraban con fijeza. Instintivamente aparté la vista y volví al periódico. Enrojecí. Odio ese resto de timidez que a mis años todavía me hace sonrojar al advertir la mirada de un desconocido.
Tomé la taza y me la llevé a los labios. El café estaba frío pero aún así apuré lo que quedaba examinando con disimulo al ocupante de la mesa del rincón. En ese momento él se levantó y pidió a Luís, el camarero, la cuenta. Mientras sacaba de uno de sus bolsillos algunas monedas volvió a mirarme. ¡Mierda!, me pilló, y de nuevo me puse como la grana sintiéndome ridícula. Me atrincheré entre las noticias internacionales pero mi curiosidad se alió con los músculos del cuello que tiraban hacia arriba obligándome a levantar la cabeza en ese efecto imán que se produce cuando alguien te mira. Hice un esfuerzo ímprobo por mantener mi cabeza inclinada sobre un nuevo enfrentamiento en Gaza, cuando le escuché dar las gracias a Luís y caminar hacia mi mesa que le quedaba de paso. “Adiós, buenos días”, me dijo una voz agradable al llegar a mi altura. No me di por aludida aparentando que la lectura del diario acaparaba toda mi atención. Antes de liberar mi cuello y dejar que mi cabeza se moviera con naturalidad, esperé el tiempo suficiente para asegurarme de que había salido de la cafetería. Volví de nuevo al periódico pero ya me fue imposible concentrarme. Ojeé el resto de los titulares, aboné la consumición y regresé a casa por el camino más largo.
Hacía una mañana muy agradable. El mes de junio se presentó con temperaturas de agosto y a esa hora las calles recién regadas invitaban a pasear y a disfrutar de esa frescura matutina sin contaminar. Contemplando la sombra que se acomodaba a mis pasos me preguntaba cómo era posible que a mis cuarenta y seis años me ruborizara como una quinceañera por la mirada de un hombre. Bueno, como una quinceañera de mis tiempos que las de ahora no se habrían cortado ni un pelo. —Ese hombre tenía una mirada caliente—me dije como disculpa. —Caliente de cálida, no de morbosa—, apostillé. Dejé de pensar en ello para centrarme en organizar el trabajo que me esperaba al llegar a casa. Tenía que dar el último repaso a las correcciones de dos novelas y mandarlas esa misma tarde. El editor me apremiaba, los autores esperaban impacientes las galeradas. Suelo cumplir con exactitud los plazos que me marcan pero en las últimas semanas me había retrasado en las entregas. Estaba llegando más trabajo del habitual y, a veces, es complicado compaginar la profesión y el hogar cuando nadie te echa una mano y tienes un marido que piensa que el repartir tareas consiste en sacar la basura por las noches, bajar la tapa del water y orinar sin salpicar.
Ese día ni Raquel ni Pedro comían en casa así que tras un frugal almuerzo me acomodé en el sofá, frente a la televisión, para disfrutar de mi media hora de siesta diaria. Soy tan adicta a esos treinta minutos de modorra como a la cafeína. Necesito ese paréntesis para afrontar el resto de la jornada. Pronto me dejé atrapar por un dulce sopor ajena a la borrasca que entraba por el cuadrante norte peninsular.
Estaba en esa apacible duermevela cuando de nuevo me sentí observada. Incómoda, abrí los ojos y tuve que cerciorarme de que en el salón no había nadie más que yo. Me acometió el mismo sentido del ridículo que por la mañana y me levanté acuciada por la imperiosa necesidad de ver qué aspecto tenía. El espejo de cuerpo entero de mi dormitorio me devolvió una imagen que podía ser el antídoto contra la lujuria. ¡Puag, qué pintas! La coleta que sujetaba mi media melena se retorcía hacia un lado y la cara lavada, sin gota de maquillaje, acentuaba aún más las ojeras violáceas que rodeaban mis ojos. Ni siquiera el azul intenso de mi mirada lograba dar un poco de vidilla a mi rostro, y… ¿el resto?… una camiseta de Pedro y unos pantalones amplios de algodón ocultaban cualquier insinuación de un cuerpo de mujer.
—Isabel, querida, estás como para seducir— dije en voz alta a la que me miraba de frente. Me eché un último vistazo, puse en su sitio la coleta y regresé al ordenador.
No, no estaba para seducir y la verdad es que desde hacía tiempo no me preocupaba mi físico. El trabajar en casa es lo que tiene, te acostumbras a no arreglarte, buscas la comodidad, y al poco te has convertido en una maruja.
En los primeros años de matrimonio me esforcé en mantener mi atractivo hasta que me dí cuenta que tenía la fortuna de tener un marido que siempre me encontraba fantástica, de tal manera, que ni siquiera le hacía falta mirarme
— Cariño, ¿te gusta mi camiseta nueva, me queda bien?— le preguntaba insinuante para que se fijara en el generoso y atrevido escote de la prenda..
—Si cariño, estás muy guapa— contestaba sin mirarme, mientras yo seguía sacando pecho hasta que me dolía la espalda.
—Corazón, ¿qué te parece mi nuevo corte de pelo?
— ¿Eh?, ¡Ah!, Sí, es perfecto— comentaba, sin detenerse en mí más de media fracción de segundo.
Me di por derrotada una noche en la que después de pasearme con un insinuante camisón de encaje transparente que me había costado un riñón, no había logrado que Pedro apartara la vista del partido de fútbol que daban por la televisión ni una sola vez. Tuvimos una bronca monumental. Pedro se defendía de mis reproches alegando que siempre me encontraba guapísima, sexy y seductora sin necesidad de más adornos, y que la edad de esas tonterías ya había pasado. Desde ese mismo momento dejé de esforzarme.
¿Cuándo se habría marchitado mi encanto? Volví a sentir sobre mí el calor de la mirada del hombre del café. Esa noche tuve una pesadilla; soñé que mis dos “yo”, una sexy y atractiva y otra desgreñada, se tiraban de los pelos.
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