Amanezco en el sofá abrazado al ordenador. Debí quedarme dormido mientras trataba de escribir o contemplaba los progresos de un compañero de instituto que lo está petando en Instagram recreando rostros de filósofos mediante la caballera de su sobaco. «Espabila, Rafalete. ¡Mira qué hora es!», grita mi compañera a la que cada vez me cuesta más distinguir con mi madre. Tengo diez minutos para vestirme, desayunar, cambiar el pañal de E, vestirla y llevarla a la guardería, en un orden que no tiene porqué ser el que siga el resto del mundo.
Durante el trayecto con la pequeña E me abordan flashes de la última noche: intentaba esbozar un relato que había pasado de genial a mediocre al ponerme a descifrarlo, desarmado una vez más por la realidad y el agotamiento. Recuerdo que el protagonista era un padre de familia con ínfulas de escritor cuyas responsabilidades familiares y laborales le apartaban de su vocación. Una vez aparcada la pequeña E, me dirijo al trabajo. Aparte de calentar la silla compruebo que no hay más que hacer, con lo cual me centro en escribir. A los cinco minutos aparece la jefa. Quiere que le ayude a mover la silla para encontrar la posición perfecta para echarse la siesta en su despacho. Celebro que voy adquiriendo un cierto estatus en la empresa, pues ya no me llama para sacar a pasear a su cría de caimán. Después de dos horas de un esfuerzo titánico conseguimos el objetivo y mi jefa me pide que le sople en la frente para relajarse. Al quedarse dormida me dirijo al wáter con intención de continuar con la redacción de mi relato. No obstante, otros compañeros que también se las dan de escritor acaparan los aseos desde primera hora. Mastico las tuercas de la instalación de gas para aparentar que trabajo hasta la hora convenida por mi contrato de aprendiz.
Vuelvo a casa. Caliento en el microondas un táper de judías, sostengo la conversación con mi pareja y finjo una sonrisa para que nos convenzamos de que somos una verdadera familia feliz. Tengo media hora libre mientras E y su madre sestean. Por fin podré escribir y demostrar que soy uno de los grandes literatos de este país. Bueno, uno de los grandes de mi pueblo. Bueno, uno de los grandes de mi casa. El caso es que entro en Facebook y leo una publicación de Sergio del Molino, absoluta inspiración en los gajes de la creación y del narcisismo. Resulta que el escritor ha dedicado un extenso post para reprender a un usuario anónimo que con cierta sorna le había recordado sus raíces capitalinas. Aparte de perdonarle la vida, en esa jornada del Molino ya había leído dos libros, visto una película, escrito dos artículos de opinión, un ensayo y había desollado un mamut con sus propias manos. Antes de envidiarle con todas mis fuerzas, la madre de E me recuerda que he de llevarla a la piscina.
Quizá durante la hora de natación para bebés pueda macerar la historia en mi cerebro. Sin embargo, en la piscina un padre me pega la chapa sobre pedagogía. «Al chiquillo no le dejamos que use pantallas, ni televisiones, ni le ponemos música moderna», afirma mientras me ruborizo por ver que junto a la pequeña E películas de Cantinflas, documentales sobre Umbral o videoclips de Arde Bogotá. Cuando empiezo a redactar en mi cerebro el padre insiste en darme la vara. No le juzgo, es probable que yo sea el único adulto al que tiene oportunidad de convencerle de que es un padre estupendo. «Llos sábados nos vamos a echar el día en el Toys R Us. Joaquinillo se lo pasa genial, ¿verdad campeón? Al final te da un poco de palo ir ahí de gratis y le compramos uno o dos juguetes. Tampoco hay que pasarse, que luego se malcrían», prosigue y yo amablemente dejo de escucharle.
Salimos de la piscina y enfilo a toda pastilla el camino hacia casa. La pequeña E se duerme y reparo en que antes de la cena puedo ponerme media hora a escribir. Suficiente para finiquitar la historia. Asumo entonces que quizá no valga ni para el Certamen de Relato Breve de Villatocino, pero lo mismo podría colocarlo en Facebook y granjearme cuatro o cinco me gustas y los comentarios de mi tía abuela Hortensia y de una cuenta b. No obstante, cuando deambulo por la esquina de casa un anciano se tropieza con la acera y cae de boca a unos centímetros de nuestra posición. Se duele de la rodilla y un moratón reluce en su frente. «Ya me gustaría atenderle, señor, que más quisiera, pero soy escritor y he de escribir» estoy a punto de gritarle cuando este aúlla desesperado «Ayuda. Ambulancia.» Procuro calmarlo mientras marco el 112. Empiezan a aparecer curiosos y miembros de su clan familiar. Su hijo, un yonki que traspasa la cincuentena y luce un traje de blanco reluciente, me pide con una amenaza muy educada que me haga cargo de su padre, que él tiene que hacer unos mandaos muy urgentes. «Dios se lo pague», dice. Finalmente acude la ambulancia, traslada al nonagenario herido y la pequeña E y yo entramos en casa.
Hacemos la cena, metemos a E en la cama y de repente aparece un botín de dos horas preciosas para sacar a relucir mi ingenio. No obstante, la tele me descubre que juega el Barça. Cuartos de final de la Champions League. Mi historia puede esperar ante una ocasión histórica de volver a resurgir de nuestras cenizas. O mejor, puedo escribir a la vez que veo la televisión tal y como haría Hemingway o Juan Pablo Villalobos. La madre de E regresa de la cama y comienza a darme palique. «Pues, resulta que me han echado del trabajo», «Qué bien, cariño», respondo mientras celebro el gol del empate del Barça. «Verás, lo mismo me has notado ausente porque me he estado tirando a Juan», «Sin duda un buen trabajo, cariño», contesto emocionado al celebrar el gol de la victoria. La aparición de un bebé puede destruir a una pareja, pero nosotros estamos muy unidos. El secreto es una buena comunicación, ser un poco comprensivo y armarse de paciencia.
Por fin mi pareja decide irse a dormir. Ahora solo he de recoger la mesa, fregar, tender, bajar los diez sacos de basura que atrancan la cocina, ponerme la camisa de escritor, servirme un vaso de leche con miel y, si acaso, escribir. A eso de las dos de la mañana consigo tumbarme en el sofá y volver a aquel texto que en algún momento me pareció genial. Releo la última frase: «El relato por barrer y la casa por escribir», no es brillante, pero a estas horas me contento con poca cosa. Añado «Sergio del Molino, te odio.» A los cinco minutos, abrazado a mi ordenador, caigo rendido.
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